Las niñas de la habitación seis Capítulo 13 — Las cuentas de Mara #2
35%

Capítulo 13 — Las cuentas de Mara #2

Las puntas chocaron con algo duro.

Duna contuvo la respiración.

Isara sujetó el objeto y tiró despacio.

Apareció una cuenta blanca del tamaño de una lenteja.

Tenía una letra negra.

O

La dejó sobre una hoja de papel.

Volvió al dobladillo.

La segunda cuenta estaba más lejos.

F

Cora se inclinó.

—¿Forman un nombre?

—Todavía no lo sabemos —respondió Isara.

Extrajo la tercera.

E

Nélida se sentó en el borde de la otra cama.

Duna ya no miraba las cuentas. Miraba el vestido.

La cuarta llevaba una L .

La quinta, una I .

Antes de buscar la última, Isara se detuvo.

No necesitaba extraerla para saber qué letra esperaban.

Aun así, introdujo las pinzas.

La cuenta se había quedado atrapada junto a la costura original. Tuvo que ampliar el hueco una puntada más. Cuando finalmente salió, rodó sobre el papel y se detuvo contra la uña de Leire.

A

Las seis cuentas formaban una palabra.

OFELIA

Nadie habló.

El nombre de la directora ocupaba apenas seis centímetros de papel, pero alteraba el peso de todas las pruebas anteriores.

—Mara las eligió —dijo Duna—. Una de cada pulsera.

—¿Cómo podía conseguir exactamente esas letras? —preguntó Leire.

—Tuvo muchos nombres.

—¿Seis pulseras distintas?

—Más.

—Entonces pudo escogerlas para formar cualquier palabra.

—No cualquier palabra —respondió Nélida—. La de quien se las ponía.

Cora fotografió las cuentas con la cámara compacta, sin detener la grabación general y después de pedir permiso a Isara.

—¿Ofelia cambiaba los nombres personalmente?

Duna asintió.

—Nos sentaba en la enfermería. Quitaba una pulsera, leía una ficha y colocaba otra. Decía que debíamos aprender a responder antes de conocer a las familias.

Salma se frotó los brazos.

—¿Como un ensayo?

—Sí.

—¿Celia estaba presente?

Duna miró el vestido.

—A veces.

—¿Participaba?

—Tomaba fotografías.

La respuesta no la absolvía.

Isara recordó a Celia detrás de una cámara, pidiendo que las niñas repitieran nombres. Podía haber documentado el delito. También podía haber facilitado las identidades. Quizá ambas cosas eran ciertas en momentos distintos.

—Mara guardó el nombre de Ofelia —dijo—. No el suyo.

—Porque el suyo cambiaba —respondió Duna—. Ofelia era lo único que permanecía.

Leire se acercó a la hoja.

—Necesitamos entregar esto a la policía.

Cora levantó la cabeza.

—¿Para qué? Ofelia murió en 2008.

—Las cuentas pueden demostrar que el cambio de identidades era anterior al incendio.

—No demuestran cuándo se cosieron ni quién las eligió.

—Pero son una prueba material vinculada al vestido.

Isara miró las letras.

Podía guardarlas. Llevarlas a su estudio. Examinar la tinta, el plástico y las fibras del dobladillo. Podía intentar encontrar primero una respuesta que la favoreciera.

Celia habría hecho eso.

Habría retenido una verdad pequeña hasta decidir quién estaba preparado para recibirla.

—Las documentaremos y las entregaremos —dijo.

Cora la observó.

—¿Hoy?

—Hoy.

—La policía puede separarlas del vestido.

—Pediremos que conste dónde estaban y que las embalen por separado. Leire puede acompañarnos.

—Puedo —dijo la abogada.

Duna tocó la tela junto a la costura abierta.

—Hay algo más.

Isara volvió a mirar el dobladillo.

—No noto más cuentas.

—No una cuenta.

Duna señaló una zona algo más rígida, cerca de la esquina. Isara la había atribuido a la acumulación de tela. Introdujo las pinzas de nuevo y encontró un fragmento doblado.

No era papel.

Era una tira de negativo fotográfico, protegida dentro de una funda fina de celofán.

Cora acercó la lámpara.

—No la saques deprisa.

Isara ensanchó el hueco sin cortar la costura original. Extrajo la funda poco a poco. El negativo contenía un único fotograma.

A simple vista solo se distinguían zonas claras y oscuras.

—Necesitamos una pantalla de luz —dijo Cora.

Leire encendió el teléfono en modo avión y abrió una imagen blanca guardada en el dispositivo. Aumentó el brillo y colocó sobre la pantalla la funda que protegía el negativo.

La imagen apareció invertida.

Mostraba a una niña de perfil, sentada delante de una pared clara. Llevaba el vestido que tenían sobre la cama y una pulsera en la muñeca.

Frente a ella, una mujer sostenía una pizarra pequeña con un nombre escrito en tiza.

ISARA LUJÁN

La cara de la mujer quedaba fuera del encuadre.

Solo se veía su mano izquierda sujetando la pizarra.

Una mancha oscura cubría el dorso desde la muñeca hasta el dedo índice.

—Es compatible con la mano que recuerdo de Violeta —dijo Duna—. No permite identificarla.

Isara observó el rostro de la niña.

No estaba raspado.

No era la séptima niña añadida detrás del cristal.

Tampoco se parecía a Cora.

La mandíbula era corta. Los ojos, grandes y muy separados. El cabello estaba cortado a la altura de las orejas.

Isara conocía aquella cara.

La había visto durante dos días en la fotografía de las seis internas.

Era la niña que llevaba la cinta clara en el pelo.

La que todos habían empezado a asociar con Duna.

Las miradas se desplazaron lentamente hacia ella.

Duna no se movió.

—Esa no soy yo —dijo.

—Lleva la cinta —respondió Leire.

—Teníamos varias iguales.

—Se parece a ti.

—También dijiste que la niña de la trenza se parecía a ti.

Leire guardó silencio.

Isara acercó el negativo a la luz.

La fotografía no demostraba que Duna fuera Mara ni que hubiera recibido el nombre Isara. Solo mostraba a una niña con el vestido de Mara, una pulsera y una pizarra. La ropa podía compartirse. Las pulseras se cambiaban. El parecido podía engañar.

Pero había un detalle que no dependía del rostro.

En el lado derecho de la imagen, junto a la silla, aparecía una mano infantil agarrando el borde del vestido desde fuera del encuadre.

Había otra niña presente.

La niña fotografiada no estaba sola con la mujer de la mancha.

—Amplía esta zona —dijo Isara.

Cora tomó varias imágenes de aproximación con la función macro de la cámara y amplió la zona en la propia pantalla del aparato.

En la muñeca de la segunda niña había una pulsera de cuentas blancas.

Solo se veían cuatro letras.

D U N A

La Duna adulta retrocedió hasta chocar con la mesa.

—No.

Nélida se levantó.

—Tú estabas allí.

—No lo recuerdo.

—Llevabas esa pulsera.

—Cualquiera podía llevarla.

—Sí —dijo Isara—. Esa es la cuestión.

Duna la miró.

Isara señaló a la niña sentada con la pizarra ISARA LUJÁN y después la mano de otra pequeña cuya pulsera decía DUNA .

—Había dos niñas durante la preparación de la identidad. Una vestía la ropa de Mara. La otra llevaba el nombre Duna. No sabemos cuál de ellas conservó después ninguna de esas cosas.

Cora volvió a observar el fotograma.

—¿Quién tomó la fotografía?

La mujer de la mancha estaba delante de la cámara, sosteniendo la pizarra. La imagen debía haberla tomado otra persona.

Celia.

La conclusión recorrió el grupo sin que nadie la pronunciara.

Isara dio la vuelta a la funda de celofán.

Había una frase escrita con letra diminuta en uno de los bordes. No era la de Celia. Los trazos eran infantiles e irregulares.

Cora acercó la lámpara.

Isara leyó:

LA DE LA CINTA NO SOY YO.

Duna se llevó una mano a la boca.

—Mara lo escribió —dijo.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Leire.

Duna no apartó los ojos de la frase.

—Porque yo le enseñé a escribir la y de «soy» al revés.

La letra no estaba al revés.

Duna pareció advertirlo al mismo tiempo que las demás.

Bajó la mano.

—Entonces tampoco lo escribió Mara.

La habitación quedó en silencio.

El negativo, las cuentas y el vestido no aclaraban qué niña había sido cada una.

Demostraban algo más incómodo.

Antes del incendio, las propias niñas ya habían aprendido a alterar la relación entre ropa, pulseras, fotografías y nombres para defenderse de quienes intentaban separarlas.

Celia y Ofelia no eran las únicas que habían intervenido sobre aquellas correspondencias.

Las niñas también habían aprendido a desordenarlas.

Isara miró a las cinco mujeres reunidas alrededor de la cama.

Cualquiera de ellas podía estar diciendo la verdad al afirmar que no recordaba su primer nombre.

Cualquiera podía haber aprendido a mentir antes de saber escribir correctamente.

Y una de las seis llevaba treinta y siete años viviendo fuera de la habitación sin que las demás supieran reconocerla.