Capítulo 13 — Las cuentas de Mara
Duna no abrazó a ninguna.
Dejó la maleta junto a la barra del bar y se acercó despacio, como si necesitara comprobar que los rostros adultos correspondían a las voces que había oído durante los últimos dos días.
A Salma la reconoció primero.
—Te tocabas ahí cuando tenías miedo —dijo.
Señaló la base del cuello, sin rozarla.
Salma llevó la mano al mismo lugar, sobre el comienzo de la cicatriz.
—Lo sigo haciendo.
—Sí.
Duna no necesitó añadir nada más.
Después miró a Leire.
—La trenza te llegaba más abajo de la cintura.
—La niña de la fotografía llevaba una.
—Tú te la mordías cuando estabas enfadada.
Leire abrió la boca, pero no respondió.
Isara vio que apretaba los molares.
Duna se volvió hacia Nélida.
Durante varios segundos ninguna habló.
—Pensaba que habías muerto —dijo finalmente.
—Yo pensaba que tú no recordabas nada.
—Era más fácil decirlo.
Nélida asintió.
No hubo reproche. Solo el reconocimiento de dos formas distintas de haber callado.
Cora permanecía un poco apartada.
Duna la miró en último lugar.
—A ti no te recuerdo.
Cora sostuvo su mirada.
—Eso no demuestra que no estuviera.
—No.
—¿Recuerdas a una niña llamada Cora?
—Recuerdo el nombre en las listas y en las canciones. No una cara.
—Podría ser la mía.
—Podría.
La prudencia de Duna no calmó a Cora. Isara vio cómo sus dedos buscaban una grabadora que ya no llevaba encima.
El dueño de la pensión abrió de nuevo la puerta después de comprobar quiénes eran. Se quejó de que Cora hubiera utilizado el teléfono del bar sin pedir permiso y de los coches mal estacionados. Leire pagó por una segunda habitación antes de que la discusión creciera.
Subieron las seis.
La habitación nueva era algo mayor que la de Cora, pero no estaba preparada para tantas personas.
Había dos camas individuales, una mesa redonda y cuatro sillas distintas.
Nélida se quedó junto a la ventana. Salma ocupó el alféizar.
Leire cerró la puerta y comprobó el pasillo antes de girar la llave.
El sonido hizo que Duna levantara la cabeza.
—No cierres.
Leire dejó la llave puesta.
—Estamos en una pensión.
—No importa.
—Duna —dijo Isara—, podemos dejarla abierta.
Leire la miró, pero obedeció. Abrió la puerta unos centímetros y colocó una silla para impedir que se cerrara sola.
Duna respiró mejor.
Nadie comentó el gesto.
Isara se sentó en una de las camas. La rodilla palpitaba bajo el vendaje. Salma le había dicho que no había lesión profunda, pero el cuerpo parecía dispuesto a recordarle cada paso del bosque.
—Contadme lo del fuego —pidió Duna.
Lo hicieron por turnos.
Leire expuso los tiempos, el acceso lateral y la intervención de la policía. Salma describió el humo y la posible inhalación de Nélida. Cora habló de la persecución y del coche gris. Isara añadió la mano manchada sin convertirla en una identificación. Nélida contó la voz detrás del laboratorio.
Duna escuchó con las manos unidas sobre el regazo.
—¿Dijo algo más que tu nombre? —preguntó a Nélida.
—No.
—¿Era una mujer?
—Creo que sí.
—¿Mayor?
—No podría saberlo.
Duna miró la fotografía del personal que Leire había colocado sobre la mesa.
—Violeta tenía una voz grave.
—¿La mujer de la mancha se llamaba Violeta? —preguntó Cora.
—Así la llamaba Ofelia.
—El nombre pertenecía a una mujer muerta.
—Eso no lo sabía.
—¿Podría seguir viva? —preguntó Salma.
Duna observó el rostro joven de la fotografía.
—Rondaría los setenta años.
—La persona del bosque se movía bien —dijo Cora.
—Una mujer de setenta puede correr.
—Después de respirar humo y cargar una bolsa.
—También podía ser otra persona con la misma mancha —respondió Isara.
Cora se volvió hacia ella.
—¿Cuántas personas con una mancha en la mano necesitas antes de aceptar que puede ser la misma?
—Dos imágenes separadas por treinta y siete años y ninguna cara reconocible no forman una identidad.
—Forman una pista.
—Sí. No una conclusión.
Duna miró de una a otra.
—¿Siempre habláis así?
—Desde que nos conocemos —dijo Salma.
—Nos conocemos desde ayer —respondió Leire.
—Exactamente.
La tensión disminuyó apenas.
Isara abrió la chaqueta. El calor de la habitación empezaba a resultar incómodo, pero no se la quitó. El vestido de Mara permanecía en el maletero del coche de Leire.
Duna la miró.
No hizo ninguna señal visible. Solo rozó con dos dedos el dobladillo de su propia chaqueta.
Isara entendió la referencia y apartó la vista.
Había mentido al grupo para conservar aquella información.
Durante las últimas horas se había repetido que necesitaba revisar el vestido antes de compartirlo.
Que no podía permitir que cinco mujeres con intereses distintos intervinieran sobre una prenda frágil.
Que Celia había dejado el vestido en su casa y, por tanto, era su responsabilidad.
Todas las razones podían ser ciertas.
También lo era otra: quería encontrar algo que le perteneciera solo a ella.
Una prueba capaz de decirle quién había sido antes de que las demás pudieran disputarla.
Eso era exactamente lo que Celia había hecho durante años.
Había administrado verdades pequeñas porque creía que nadie sabría utilizarlas correctamente.
Isara se levantó.
—El vestido está en el coche.
Duna alzó la cabeza.
Leire frunció el ceño.
—Ya lo sabemos.
—No sabéis todo.
El silencio fue inmediato.
Cora cruzó los brazos.
—¿Qué has ocultado?
Isara miró a Duna.
—Díselo tú.
Duna no pareció sorprendida.
—Mara escondía cuentas dentro de los dobladillos de la ropa.
Nélida se separó de la ventana.
—Las cuentas blancas.
—Sí.
—Pensé que se las tragaba.
Salma hizo una mueca.
—¿Se tragaba cuentas?
—Ofelia le revisaba los bolsillos —explicó Nélida—. Mara decía que era el único lugar donde no podía quitárselas.
Duna negó.
—Lo decía para que Ofelia buscara donde no estaban.
—¿Por qué las guardaba? —preguntó Leire.
Duna miró a Isara.
—Para recordar quién le había quitado cada nombre.
Cora se levantó.
—Vamos a buscar el vestido.
—Primero acordamos cómo abrirlo —dijo Isara.
—Descosiendo.
—La tela tiene casi cuarenta años. Puede romperse, y no sabemos dónde están las cuentas.
—Tú eres restauradora.
—De fotografías, no de tejidos. Y, si lo abrimos, tendremos que declarar exactamente cómo lo hemos hecho.
Leire levantó la cabeza.
—Podemos entregarlo sin tocar.
Isara miró a Duna y después la bolsa vacía junto a la cama.
—Primero documentaremos el estado completo y mantendremos una grabación continua. No fingiremos después que la cadena de custodia empezó antes que nosotras.
Salma cogió su abrigo.
—En el pueblo habrá una mercería.
—No necesitamos una costurera —respondió Isara—. Necesitamos luz, pinzas y cortar el mínimo hilo posible.
Leire sacó la llave del coche.
—Traeré la bolsa. Nadie sale del edificio.
—No vas sola —dijo Salma.
Las dos bajaron.
Cora se acercó a Isara.
—¿Cuándo lo supiste?
—Duna me lo dijo antes del incendio.
—Y no dijiste nada.
—No.
—¿Por qué?
Isara podría haber repetido sus razones. En lugar de eso, respondió:
—Porque quería abrirlo sola.
Cora pareció desconcertada por la sinceridad.
—Al menos lo admites.
—No lo convierte en correcto.
—No.
Duna se sentó a su lado.
—Mara tampoco enseñaba las cuentas.
—Yo no soy Mara.
—No he dicho que lo seas.
—Pero Celia me dio su vestido.
—Puede que quisiera que encontraras lo que Mara escondió.
—O que creyera que nunca lo encontraría.
—Las dos cosas se parecen mucho cuando alguien está muerto.
Isara miró la chaqueta gris.
Celia había dejado la caja en un armario con la llave puesta. Había ocultado la marca de fallecida bajo una costura que Isara podía reconocer como reciente. Había conservado el vestido sabiendo que su hija trabajaba con objetos dañados y no aceptaba una superficie sin examinarla.
Quizá no había escondido las pruebas para que permanecieran ocultas.
Quizá había construido una forma de obligarla a descubrirlas.
Leire y Salma regresaron con la bolsa de tela. Leire la dejó sobre la cama sin abrir.
—He comprobado el coche —dijo—. No había nadie cerca ni señales de que lo hubieran forzado.
—¿La policía sigue fuera? —preguntó Cora.
—Hay una patrulla en la plaza.
—¿Por nosotras?
—Por el incendio. No todo gira a nuestro alrededor.
Nélida miró la bolsa.
—Ábrela.
Isara sacó el vestido.
La luz de la tarde entraba de lado por la ventana. Bajo aquella claridad, la tela parecía más amarilla que en casa de Celia. La etiqueta del cuello seguía levantada y la palabra FALLECIDA continuaba visible debajo.
Duna se acercó, pero no tocó la prenda.
—Es el mismo.
—¿Lo recuerdas? —preguntó Cora.
—Recuerdo la reparación del hombro. Vi a Celia coserla con hilo más oscuro.
Isara ya había observado aquella línea en la fotografía.
Extendió el vestido sobre una toalla limpia que Salma había pedido en recepción. Cora fijó la cámara compacta sobre una pila de libros y comenzó una grabación continua que incluía la prenda, las manos y la hora mostrada por el reloj de Leire. Después Isara examinó el dobladillo interior.
La costura inferior no era uniforme. En casi todo el contorno, las puntadas pequeñas y regulares habían envejecido hasta adquirir el color de la tela. Cerca de la costura lateral izquierda aparecía un tramo de unos doce centímetros hecho con hilo gris.
El mismo tipo de hilo que Celia había utilizado para volver a coser la etiqueta.
—Lo abrió —dijo Isara.
—¿Cuándo? —preguntó Leire.
—No puedo saberlo. El hilo es posterior al original, pero puede tener veinte o treinta años.
—¿Volvió a guardar las cuentas? —dijo Nélida.
Isara palpó la tela con la yema de los dedos.
No notó formas duras.
Cora soltó el aire.
—Las sacó.
—Todavía no lo sabemos.
Isara pidió unas tijeras pequeñas y unas pinzas. Salma sacó ambas del botiquín, todavía cerradas en sus envoltorios, y Leire orientó la lámpara de la mesa. Duna sostuvo el borde sin tensarlo.
Isara cortó una sola puntada.
Después otra.
El hilo gris se retiró con facilidad, como si no hubiera soportado demasiados lavados. Abrió un hueco de tres centímetros entre la tela exterior y el dobladillo.
Introdujo unas pinzas.
Al principio solo extrajo polvo y una fibra oscura. Volvió a introducirlas hacia la izquierda.