Las niñas de la habitación seis Capítulo 12 — El segundo fuego #3
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Capítulo 12 — El segundo fuego #3

Cora regresó después de declarar. Estaba pálida.

—Van a investigar mi entrada anterior.

—Era previsible —dijo Leire.

—También van a quedarse el ordenador.

—Eso es más serio.

—He pedido entregar una copia de los archivos, pero quieren comprobar metadatos, accesos y la intrusión en mi cuenta.

—Tiene sentido —respondió Isara.

Cora la miró.

—Dentro están años de trabajo.

—Y quizá la manera en que encontraron a las demás.

Cora apretó los labios, pero asintió.

La decisión no borraba su miedo. Solo impedía que lo utilizara como excusa.

Nélida continuaba observando la fachada.

—La voz no era una corriente de aire —dijo.

—Puede que hubiera un altavoz —respondió Leire—. Ya utilizaron uno en la cámara.

—No sonaba grabada.

—Las grabaciones también pueden parecer reales.

—Dijo «Nélida» como lo decía Celia.

Isara sintió una incomodidad inmediata.

—¿Cómo lo decía?

Nélida pronunció su propio nombre.

La primera sílaba fue casi normal. En la segunda alargó apenas la vocal, como si el acento estuviera desplazado.

—Ángel y Nuria lo pronunciaban así —dijo—. Celia también, porque fue ella quien les enseñó el nombre.

—¿Alguien más podía saberlo?

—Cualquiera que la hubiera oído hablar conmigo.

—O alguien que tuviera grabaciones —añadió Cora.

La cinta de noviembre.

Los mensajes de voz.

Las conversaciones registradas durante años.

Quien dirigía la reunión no necesitaba imitar a Celia a la perfección. Solo conocer sus pequeñas maneras de hablar.

A las tres menos cuarto, el jefe de bomberos les comunicó que habían podido revisar el hueco situado detrás del armario.

No quedaba papel reconocible. Solo residuos carbonizados, dos fragmentos de película fotográfica adheridos por el calor y la bandeja metálica donde parecía haberse iniciado el fuego. La policía lo había embalado todo por separado.

—¿Puede saberse qué se quemó? —preguntó Cora.

—No aquí —respondió la agente Soria—. El laboratorio determinará si queda material legible y si alguien retiró documentos antes del incendio.

Cora miró hacia la puerta lateral.

—La ampliación y las hojas estaban dentro de un sobre.

—Entonces podrán comparar lo que quede con tus fotografías del compartimento —dijo Isara—. Pero no sabremos hoy qué seguía allí cuando empezó el fuego.

La policía les permitió marcharse a las cuatro menos veinte, con la condición de permanecer localizables. Nélida entregó voluntariamente la llave del laboratorio para que comprobaran si abría la cerradura. La agente la introdujo en otra bolsa y le dio un recibo.

—No tenías que entregarla —dijo Cora cuando se alejaron.

—Sí.

—Celia te la dejó a ti.

—Y alguien ha utilizado esa puerta para quemar pruebas. Ya no es un recuerdo.

Isara pensó en la llave del número seis que todavía llevaba consigo.

Tampoco era un recuerdo.

Era una posibilidad no examinada.

Subieron a los coches. Leire insistió en que Isara fuera detrás para mantener la pierna extendida. Salma limpió la herida con agua y antiséptico de un botiquín que llevaba en la mochila.

—Va a doler.

—Ya duele.

—Entonces no te sorprenderá.

Isara apretó los dientes cuando el líquido tocó la piel.

Nélida se sentó a su lado. Durante el trayecto de regreso no miró el bosque ni el humo que todavía escapaba del internado. Mantuvo las manos sobre las rodillas.

—¿De verdad oíste a Celia? —preguntó Isara.

—No he dicho eso.

—Dijiste que pronunciaron tu nombre como ella.

—Sí.

—¿Crees que sigue viva?

Nélida se volvió hacia ella.

—Fuiste tú quien la vio morir.

—La vi morir en un hospital. No estoy preguntando si fingió su muerte.

—Entonces ¿qué preguntas?

Isara observó la venda provisional sobre su rodilla.

—Si crees que dejó grabado todo esto.

Nélida tardó en responder.

—Creo que Celia preparó una parte. Las cajas, las notas y algunas pruebas. Pero no creo que quisiera que ardiera el laboratorio.

—¿Por qué?

—Porque pasó quince años intentando conservar lo que había allí.

—Tal vez al final decidió destruirlo.

—Entonces lo habría hecho antes de morir. No habría esperado a que estuviéramos mirando.

Isara pensó en la persona que había salido con la bolsa negra.

—Alguien está usando su plan para otro propósito.

—Sí.

—¿Quién?

Nélida miró la chaqueta gris.

—Alguien a quien Celia dejó fuera.

En el aparcamiento de la pensión, Leire sacó el teléfono de la funda metálica y lo encendió.

Al recuperar cobertura, entró una llamada de Duna.

Había llegado al pueblo y esperaba frente al bar.

Cuando Isara bajó del coche, la reconoció antes de que nadie la señalara.

Duna estaba de pie bajo el toldo, con una maleta pequeña y el abrigo cerrado hasta el cuello. Parecía más baja que en las fotografías. Miraba el humo lejano sobre la ladera.

Después volvió la cabeza.

Sus ojos pasaron por Nélida, Salma, Leire y Cora.

Se detuvieron en Isara.

Por primera vez, las seis mujeres convocadas en nombre de Celia estaban en el mismo lugar.

Ninguna se encontraba dentro de la habitación seis.

Aun así, Isara oyó el clic de una cerradura.

No procedía del internado.

Venía de la puerta de la pensión, que el dueño acababa de cerrar detrás de Duna.