Las niñas de la habitación seis Capítulo 12 — El segundo fuego #2
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Capítulo 12 — El segundo fuego #2

Uno de los sanitarios desplazados con los bomberos le midió la saturación y la auscultó allí mismo. No detectó signos inmediatos de intoxicación, pero le indicó que avisara si aparecían mareo, dolor de cabeza o dificultad para respirar.

Leire terminó la llamada y se acercó.

—¿Entraste?

—Dos pasos.

—Habíamos acordado que nadie entraría.

—Escuché a alguien golpeando una puerta interior.

—La persona salió por la lateral —dijo Cora.

—No era la misma.

El silencio se impuso incluso sobre las órdenes de los bomberos.

—¿Qué viste? —preguntó Isara.

Nélida se frotó el antebrazo.

—Nada. El humo era demasiado denso. Oí tres golpes detrás de la pared del laboratorio. Después una voz.

—¿Qué dijo?

—Mi nombre.

Leire miró hacia la puerta abierta.

Dos bomberos entraron agachados, con máscaras y equipos de respiración. Otro extendía una manguera desde el vehículo.

—Podría haber sido la persona que salió —dijo.

—La voz venía de dentro cuando esa persona ya estaba fuera.

—No puedes saberlo.

—La oí después de que empezaran a correr.

Cora miró el edificio.

—Hay alguien más.

Leire informó al jefe del equipo. El hombre hizo una pregunta breve a Nélida y transmitió la información por radio. Nadie les permitió acercarse de nuevo.

El agua empezó a golpear el interior con un ruido profundo. El humo cambió de color. Primero se volvió más oscuro, después casi blanco, mezclado con vapor.

Dos coches de la Guardia Civil llegaron por el camino principal.

Los agentes separaron a las mujeres antes de pedirles que relataran lo ocurrido.

Isara vio cómo Cora gesticulaba señalando el bosque y cómo Leire intentaba entregar una descripción ordenada.

Salma hablaba poco. Nélida mantenía la mirada en la puerta lateral.

A Isara la interrogó una agente joven llamada Soria.

—¿Por qué estaban aquí?

—Vimos el humo desde el pueblo.

—¿Venían siguiendo a alguien?

—No.

—¿Habían estado antes en el edificio?

Isara miró a Cora, a varios metros de distancia.

—Una de nosotras sí.

La agente siguió su mirada.

—¿Quién?

—Cora Beltrán. Hace un mes.

—¿Con permiso del propietario?

—No lo sé.

No quiso mentir por ella. Tampoco explicar una historia completa antes de saber qué partes podían demostrarse.

—¿Usted tenía intención de entrar hoy?

—No antes de ver el fuego.

—¿Después sí?

Isara recordó la tos, el humo y la silueta en la puerta.

—Pensé que había alguien atrapado.

—¿Entró?

—No.

—¿Persiguió a una persona por el bosque?

—Sí.

—Eso no es precisamente mantenerse a salvo.

—No.

La agente anotó algo.

—Descríbala.

Isara habló de la capucha, las gafas, la bolsa y la mano izquierda. Evitó mencionar a Violeta Montalbán como si fuera una identificación. Solo dijo que la mancha podía ser de nacimiento, una cicatriz, suciedad o un guante roto.

—¿Altura?

—Algo más baja que yo. O encorvada por el humo.

—¿Hombre o mujer?

—No puedo asegurarlo.

—¿Edad?

—Tampoco.

—¿La reconocería?

Isara pensó en la parte de la mejilla vista durante menos de un segundo.

—No.

La agente cerró la libreta.

—Es la primera respuesta prudente que me da.

Un bombero salió del edificio. No llevaba a nadie.

Otro apareció detrás y negó con la cabeza al jefe del equipo.

No habían encontrado una segunda persona.

Nélida se levantó.

—Había alguien.

El jefe se acercó.

—Hemos revisado el laboratorio, el corredor y la escalera inmediata. No hay nadie en esa zona. Una pared interior ha cedido y todavía no podemos acceder a un compartimento trasero.

—La voz venía de allí —dijo Nélida.

—Puede haber oído a sus compañeras, a los bomberos que llegaban o el aire desplazándose por los conductos.

—Dijo mi nombre.

El hombre no la contradijo. Tampoco le dio la razón.

—Cuando podamos entrar con seguridad, revisaremos el resto.

La agente Soria se acercó al jefe.

—¿Origen?

—Demasiado pronto. El fuego está concentrado en el laboratorio y parece haber empezado en un recipiente metálico. No se ha propagado a la estructura principal.

Cora dio un paso hacia ellos.

—¿Un recipiente?

—Una bandeja o una papelera grande. Había material fotográfico y papeles. El calor ha afectado al armario de la pared norte.

—¿Queda algo dentro?

—No puede acercarse.

—Solo pregunto si el compartimento sigue allí.

El bombero la miró con extrañeza.

—¿Cómo sabe que había un compartimento?

Cora tardó un segundo.

—Entré hace un mes.

La conversación cambió de dirección de inmediato.

La agente Soria pidió que Cora la acompañara aparte. Leire intentó intervenir como abogada, pero la agente aclaró que de momento solo recogían una manifestación voluntaria. Cora aceptó con una rigidez que parecía desafío.

Isara observó el humo salir cada vez más claro.

El incendio no parecía pensado para consumir Fuente Fría entero.

Había empezado dentro de un recipiente, en el punto exacto donde Cora había encontrado las copias.

Era un fuego dirigido, pequeño en comparación con el edificio y suficiente para destruir papel.

Que el humo las hubiera obligado a acercarse podía formar parte del plan o ser una consecuencia que quien lo prendió aceptó.

Aquella persona conocía el lugar.

Pero también tenía límites. Había necesitado entrar físicamente, abrir la puerta y escapar por un camino preparado. No estaba en todas partes. No veía todos sus movimientos. Había utilizado la información robada a Cora y la estructura del internado para parecer más poderosa.

Aquella certeza no tranquilizó a Isara.

Convirtió una presencia abstracta en una persona que podía cometer errores.

Y una persona que cometía errores también podía sentir miedo.

—La bolsa se rasgó —dijo Leire a su lado.

Isara miró la tira de tela que la abogada sostenía entre dos dedos. La había arrancado al intentar sujetar al desconocido.

Era negra por fuera y azul oscuro por dentro. En el extremo quedaba parte de una costura hecha con hilo blanco.

—No la toques más —dijo Isara.

—Ya la he tocado.

—Dásela a la agente.

Leire no se movió.

—Podría contener fibras o piel.

—Precisamente.

—También podría desaparecer dentro de un expediente.

Isara la miró.

—No podemos pedir que los documentos oficiales nos protejan y ocultar la única prueba física que hemos conseguido.

Leire sostuvo la tira unos segundos más. Después llamó a la agente Soria y explicó de dónde procedía. La guardaron en una bolsa de papel y anotaron que Leire la había manipulado.

—¿Ves? —dijo Salma, que se había acercado—. A veces se puede confiar en un procedimiento.

—He dicho que se la entregaría. No que confíe.

Los bomberos tardaron casi una hora en declarar el fuego controlado.

A las dos y cuarto, el humo se había reducido a una neblina pegada a las ventanas. La policía había cortado el sendero lateral y enviado una patrulla a buscar el vehículo gris por la carretera inferior. No tenían una matrícula completa.