Capítulo 12 — El segundo fuego
Leire condujo demasiado deprisa hasta que la carretera empezó a estrecharse.
A la salida del pueblo, el asfalto se convirtió en una cinta húmeda entre pinos. La ladera ocultaba el internado durante las curvas y lo devolvía unos segundos después, cada vez más cerca, con la columna de humo creciendo detrás del ala este.
—Reduce —dijo Salma desde el asiento trasero.
—Ya he llamado a emergencias.
—Precisamente. No les servirá de nada encontrarnos en una cuneta.
Leire aflojó el acelerador sin responder.
Isara llevaba una mano dentro del bolsillo de la chaqueta de Celia. No apretaba la llave. La rodeaba con los dedos para impedir que golpeara contra su cuerpo en cada curva.
Nélida miraba el bosque.
—La entrada principal está medio kilómetro más arriba —dijo—. Después hay una verja.
—¿Cerrada? —preguntó Leire.
—La última vez, sí.
—Anoche viste luz dentro.
—Desde la carretera. No subí.
Cora las seguía en su coche. Aparecía y desaparecía en el retrovisor, demasiado cerca cuando la carretera era recta y casi perdida entre los árboles cuando Leire tomaba una curva.
El humo ya no era una línea. Formaba una masa gris que el viento empujaba sobre el tejado hundido. No había llamas visibles.
—Eso no significa que sea pequeño —dijo Salma, como si hubiera oído el pensamiento de Isara—. En un edificio cerrado, el humo puede matar antes de que veas fuego.
—No vamos a entrar —respondió Leire.
Nadie la contradijo.
La verja apareció tras una curva. Una de las hojas estaba abierta y la otra colgaba torcida de una bisagra. Leire atravesó el acceso y continuó por un camino cubierto de hojas. Las ramas rozaban los laterales del coche.
El internado surgió entero al final de la pendiente.
Isara había visto la fachada en fotografías, pero ninguna imagen contenía su tamaño.
Fuente Fría se extendía frente a ellas como varios edificios unidos a la fuerza: el cuerpo central de tres plantas, la capilla, el ala norte con las ventanas tapiadas y una construcción baja que se adentraba en la ladera.
La piedra estaba ennegrecida alrededor de algunos huecos desde 1989.
En otros crecían helechos y pequeños arbustos.
El humo actual salía de dos ventanas de la planta baja y de una abertura junto a la construcción baja.
—El laboratorio —dijo Cora cuando bajó de su coche.
Había dejado el motor encendido.
—Apágalo —ordenó Leire.
—¿Para qué?
—Para oír.
Cora obedeció.
Durante unos segundos solo escucharon el viento, el chasquido de las ramas y un sonido irregular dentro del edificio.
Metal contra piedra.
Tres golpes.
Una pausa.
Otros dos.
—Hay alguien —dijo Isara.
Salma la sujetó por el antebrazo cuando dio el primer paso.
—También puede ser una viga, una puerta o cualquier cosa dilatándose con el calor.
—Los golpes no son regulares.
—El fuego tampoco.
Nélida señaló el lado derecho del edificio.
—La puerta lateral queda detrás de esa construcción. Hay un sendero que bordea el muro.
—Esperamos a los bomberos —dijo Leire.
Los golpes volvieron a sonar.
Esta vez fueron cuatro, más rápidos.
Cora echó a andar hacia el sendero.
—No voy a entrar. Solo quiero ver la puerta.
—Cora —dijo Isara.
La periodista no se detuvo.
Salma soltó a Isara para alcanzarla. Leire maldijo en voz baja y fue tras ellas. Nélida permaneció un instante junto a los coches, mirando las ventanas superiores.
—¿Vienes? —preguntó Isara.
—Alguien se mueve arriba.
Isara siguió la dirección de su mirada.
No vio a nadie. Solo una cortina negra, o lo que quedaba de ella, inflándose detrás de un cristal roto.
—Puede ser el humo.
—Puede.
Nélida empezó a caminar.
El sendero rodeaba la antigua capilla y descendía hacia la parte trasera. La maleza invadía casi todo el paso. Cora avanzaba delante apartando ramas con los brazos. Salma le gritaba que esperara, pero ninguna corría todavía.
Al girar junto a un contrafuerte, vieron la puerta lateral.
Estaba abierta.
La cadena cortada que Cora había descrito un mes antes seguía en el suelo, colocada en dos tramos que simulaban continuidad desde lejos. El humo escapaba por el hueco superior de la puerta, se pegaba a la pared y ascendía hasta perderse entre los árboles.
Cora se cubrió la boca con la manga.
—La dejé cerrada.
—Dijiste que estaba abierta cuando viniste —respondió Leire.
—La cerré al salir. Coloqué la cadena como estaba.
—¿Por qué?
—Para saber si alguien regresaba.
Salma se acercó solo lo suficiente para mirar el suelo.
—Hay huellas recientes.
La tierra húmeda conservaba varias marcas. Algunas pertenecían a botas grandes. Otras eran más estrechas y se superponían junto a la entrada. No podían saber cuántas personas habían pasado ni en qué dirección.
—Atrás —dijo Salma—. El humo está bajando.
Una bocanada gris salió de la puerta.
Las cinco retrocedieron.
Entonces oyeron una tos dentro.
No un golpe de madera ni el derrumbe de una viga.
Una persona.
—¡Hay alguien ahí! —gritó Isara.
No obtuvo respuesta.
Salma levantó el teléfono, pero seguía apagado. Leire le dio el suyo y marcó emergencias mientras se alejaba unos metros para encontrar cobertura.
—Han dicho que están a cinco minutos —informó—. Nadie entra.
La tos volvió a oírse, más cerca.
Una silueta apareció detrás del humo.
Isara distinguió primero una mano apoyada en el marco. Después un hombro y una cabeza cubierta con una capucha oscura. La persona salió encorvada, con un pañuelo o mascarilla sobre la boca. Llevaba una bolsa negra cruzada sobre el pecho.
Salma avanzó.
—Si has inhalado humo, siéntate.
La silueta levantó la cabeza.
No se veía el rostro. Las gafas transparentes estaban cubiertas de condensación y ceniza.
—¿Estás herido? —preguntó Salma.
La persona se apartó de la pared.
Durante un segundo pareció que iba a obedecer.
Después empujó a Cora y corrió hacia el bosque.
La periodista cayó de rodillas.
Leire intentó sujetar al desconocido por la bolsa. Solo consiguió tirar de una de las correas. El tejido se rasgó con un sonido seco, pero la bolsa no cayó.
—¡Alto! —gritó.
Isara empezó a correr.
No decidió hacerlo. Vio la espalda oscura, la bolsa y una mano que podía haber colocado la cámara, enviado los mensajes o entrado en casa de Celia. Su cuerpo se lanzó detrás antes de que la prudencia encontrara una frase.
El desconocido abandonó el sendero y descendió entre los pinos. Conocía la pendiente. Evitó una zanja cubierta por helechos sin reducir la velocidad.
Isara no la vio.
Hundió un pie en el borde, perdió el equilibrio y cayó sobre una rodilla. La llave le golpeó las costillas. El dolor la dejó sin aire, pero se levantó apoyándose en un tronco.
Cora pasó a su lado.
—¿Puedes seguir?
—Sí.
Era mentira.
Bajaron unos metros más. El desconocido alcanzó un camino de servicio que cruzaba la ladera por debajo del edificio. Allí había un vehículo gris estacionado entre los árboles.
La puerta del conductor estaba abierta.
La persona arrojó la bolsa dentro, subió y arrancó antes de cerrar por completo.
Cora llegó al camino cuando el coche empezaba a moverse. Golpeó el cristal trasero con la palma.
—¡Mírame!
El conductor giró la cabeza solo lo suficiente para comprobar el retrovisor.
Isara vio una mejilla pálida, el borde de las gafas y una mancha oscura que cubría parte de la mano izquierda sobre el volante.
El coche aceleró.
Cora intentó seguirlo durante varios pasos, pero el vehículo tomó una curva y desapareció entre los árboles.
—La matrícula —dijo Isara.
Cora respiraba con dificultad.
—No la he visto entera.
—¿Algún número?
—Cuatro. O una A. No lo sé.
Isara miró el suelo.
Las ruedas habían levantado barro húmedo. Las marcas continuaban por el camino hacia la carretera secundaria. No había ningún objeto caído, ningún papel ni pieza que el desconocido hubiera dejado convenientemente atrás.
Solo una huella profunda de neumático y el olor a combustible.
—La mano —dijo.
Cora se volvió.
—¿Qué?
—Tenía una mancha oscura.
—Llevaba guantes.
—El izquierdo no. O estaba roto.
Cora miró hacia el punto donde el coche había desaparecido.
—Violeta Montalbán.
—No sabemos quién era.
—Duna recordó a la mujer de la mancha.
—Y la fotografía del personal utilizaba el nombre de una mujer muerta. Puede que ni siquiera se llamara Violeta.
—Pero estaba viva en 1989.
—Eso no significa que siga viva treinta y siete años después.
La frase era lógica, pero la imagen que Isara había visto en el retrovisor no correspondía a una anciana frágil. El movimiento había sido rápido. La espalda, firme. Podía tener sesenta años. También cuarenta. La ropa y el humo hacían imposible calcularlo.
Las sirenas comenzaron a oírse en la carretera superior.
—Tenemos que volver —dijo Isara.
Cora no se movió.
—Se ha llevado algo.
—Sí.
—El sobre original. Las hojas. Lo que quedara en el armario.
—No lo sabemos.
—Entró con una bolsa vacía y salió con ella llena.
—Tampoco sabemos eso.
Cora la miró con rabia.
—¿Nunca puedes aceptar una conclusión sin desmontarla?
Isara sintió el dolor de la rodilla al enderezarse.
—Acepté durante cuarenta y dos años que Celia era mi madre porque no desmonté nada.
Cora apartó la vista.
Regresaron por el sendero inferior. Cora ayudó a Isara a subir la zanja sin volver a hablar. Cuando alcanzaron la puerta lateral, el primer vehículo de bomberos ya estaba junto a la capilla.
Salma discutía con un hombre de chaqueta reflectante. Nélida se encontraba sentada en una piedra, tosiendo. Leire hablaba por teléfono con la policía.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Salma al ver la sangre en el pantalón de Isara.
—Nada.
—Siéntate.
—Solo me he caído.
—Isara.
La forma de decir su nombre no permitía discusión.
Se sentó en el borde de un muro. Salma levantó con cuidado la tela del pantalón. La rodilla estaba raspada y comenzaba a hincharse, pero podía flexionarla.
—No parece grave. Luego la limpiamos bien.
—¿Nélida?
—Ha respirado humo después de que os fuerais. Dice que está bien.
Nélida negó desde la piedra.
—Entré dos pasos por la puerta lateral.