Las niñas de la habitación seis Capítulo 11 — La niña que ya había muerto #2
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Capítulo 11 — La niña que ya había muerto #2

Leire buscó la imagen del grupo de trabajadores y la colocó sobre la mesa.

No podían enseñársela por teléfono sin utilizar una conexión, pero fueron describiendo a las mujeres una a una. Duna no reconoció ningún nombre. Cuando Isara llegó a una auxiliar situada detrás de Ofelia, Nélida tocó el borde de la fotografía.

La mujer tenía la mano izquierda parcialmente escondida bajo el antebrazo derecho.

—Esa —dijo Nélida.

—No puedes ver la mancha —respondió Leire.

—Recuerdo cómo escondía la mano.

En el reverso figuraba un nombre escrito a lápiz:

Violeta Montalbán.

Isara lo repitió en voz baja. No aparecía en ninguno de los documentos que habían consultado hasta entonces.

—Puede ser su nombre —dijo Leire—. O el que utilizaba en Fuente Fría.

—¿La reconocéis? —preguntó Isara.

Duna tardó unos segundos.

—Así la llamaba Ofelia.

Nélida siguió mirando la mano escondida.

—No sé si era su nombre verdadero.

Salma se inclinó sobre la mesa.

—Igual que nosotras.

Cora tomó la fotografía del personal.

—¿Quién escribió los nombres detrás?

—No lo sabemos —dijo Leire—. Procede de un expediente de la fundación.

—Puede que ninguno sea verdadero.

—O solo algunos.

Isara observó a la auxiliar. Era joven, quizá de treinta años. No miraba a la cámara. Su rostro aparecía ligeramente girado hacia Celia.

La postura de ambas sugería que estaban pendientes de algo fuera del encuadre.

—Duna —dijo—. ¿La mujer de la mancha estaba la noche del incendio?

—Sí. Llegó al corredor cuando la niña de fuera no podía abrir.

Nélida negó.

—La puerta la abrió la niña.

—Terminó abriéndola —respondió Duna—. Primero giró el picaporte y no pudo. El pasador estaba echado desde nuestro lado.

—El cerrojo exterior estaba en la salida auxiliar —dijo Leire—. La puerta principal tenía pasador interior.

—Hablo de la puerta del corredor.

Salma se tocó la cicatriz.

—¿Quién echó el pasador?

—Una de nosotras. Celia nos había dicho que lo pusiéramos cuando saliera y que no abriéramos hasta que volviera.

—¿Antes o después de la grabación? —preguntó Leire.

—No puedo ordenarlo. Recuerdo la cámara, a la niña detrás de la puerta y después la alarma.

La angustia apareció por primera vez en su voz.

—La niña intentó entrar. La mujer de la mancha llegó por el corredor, gritó que retiráramos el pasador y golpeó la madera para que la oyéramos. Una de nosotras lo descorrió.

—¿Cuál? —preguntó Salma.

—No lo sé.

—Tú estabas allí.

—Había humo. Todas gritábamos.

La voz de Duna se quebró.

Isara se acercó al teléfono, aunque aquello no pudiera disminuir la distancia.

—No tienes que recordar ahora quién fue.

—Recuerdo que la puerta se abrió unos centímetros. Entró humo y una de nosotras volvió a empujarla. La niña metió el brazo antes de que se cerrara y consiguió abrir otra vez.

La nota recibida por Salma decía:

Mi hija abrió la puerta. Una de vosotras volvió a cerrarla.

Hasta entonces habían imaginado una puerta cerrada con niñas dentro por crueldad, miedo o traición.

Quizá habían obedecido primero a Celia y reaccionado después como niñas aterradas.

—¿Por qué la empujamos? —preguntó Salma.

—Porque creíamos que el humo venía con ella. Celia nos había enseñado que, si había fuego, debíamos cerrar las puertas.

—¿Entró la niña? —preguntó Cora.

—Sí.

—¿Estaba herida?

—Tenía la palma raspada y una línea roja junto a la muñeca. Creo que la puerta la rozó cuando metió el brazo.

Isara recordó que la fotografía compuesta mostraba a la séptima niña con la mano sobre el picaporte. Habían interpretado el gesto como dominio, llave o culpa.

Celia podía haber utilizado aquel fragmento para recordar a una niña que había intentado abrir una puerta que las demás mantenían cerrada.

—¿Qué hizo después? —preguntó.

—Nos llevó hacia la escalera de servicio.

—Nélida recuerda que Celia estaba en la salida —dijo Salma.

—Yo también creo haberla visto abajo, pero pudo ser después —respondió Duna—. La niña fue quien nos hizo salir de la habitación.

Nélida cerró los ojos.

—La mano pequeña en el pomo —murmuró.

—Sí.

—Pensé que cerraba la puerta.

Duna tardó en responder.

—La abrió. Después, cuando todas estuvimos fuera, alguien volvió a cerrarla para contener el humo. Durante años creí que había sido ella, pero no vi quién lo hizo.

La nota de Celia volvía a cambiar de significado.

Su hija había intentado abrir la puerta. Una de las niñas la empujó de nuevo antes de permitirle entrar. Después, cuando ya no quedaba nadie dentro, alguien volvió a cerrarla para contener el fuego.

Acciones distintas reducidas a dos frases capaces de convertir un rescate en una acusación.

—¿Por qué Celia empalmó la grabación? —preguntó Cora.

—No lo sé —dijo Duna—. Pero aquella noche nos hizo repetir nombres antes y después de salir. No fue una sola vez.

Isara sintió que una pieza se colocaba sin resolver la imagen completa.

Las distintas voces, los fondos sonoros y los cortes podían pertenecer a momentos separados del mismo plan. Celia no había grabado una escena. Había reunido respuestas para asignar identidades cuando ya no sabía qué niña saldría por cada ruta.

—Duna —dijo Leire—, necesitamos que vengas a Valdecierzo.

—Ya he pedido que me sustituyan esta tarde.

—¿Cuándo llegarás?

—Entre las cuatro y las cinco, si no hay tráfico.

Cora miró hacia la ladera.

—Son casi las doce y media.

—No entréis antes.

—El laboratorio puede estar vacío cuando llegues.

—Cora, precisamente tú sabes que alguien quiere que vayáis.

—También sé que alguien está retirando pruebas.

—Una prueba colocada para que la encuentres no es una prueba. Acabas de demostrarlo tú misma.

Cora apretó los labios.

Isara se sorprendió al escuchar en Duna una firmeza distinta de su voz habitual. No era la mujer insegura que pedía perdón antes de recordar. Era una maestra acostumbrada a detener una clase entera sin levantar el tono.

—Te esperaremos —dijo Isara.

Salma la miró.

—No hemos votado.

—Tampoco necesitamos votar cada vez que elegimos no obedecer a quien nos está guiando.

—Esperar también puede ser lo que quiere.

—Entonces, por primera vez, tendrá que conformarse con que no sepamos qué quiere.

Duna prometió llamar desde la carretera. Antes de colgar, pidió hablar a solas con Isara.

Las otras cuatro oyeron la petición. Ninguna se movió.

Isara desactivó el altavoz y llevó el teléfono hasta la ventana.

—Sigo aquí.

Duna tardó unos segundos.

—No les has contado lo del vestido completo.

Isara miró a las demás. No podían oír la voz, pero observaban su cara.

—Saben que era de Mara y que Celia lo guardó.

—No saben lo que había bajo el dobladillo.

Isara sintió un vacío en el estómago.

—No había nada bajo el dobladillo.

—Entonces no lo has abierto.

—Solo descosí la etiqueta.

Duna respiró al otro lado.

—Cuando éramos pequeñas, escondíamos cosas en los bajos de la ropa. Mara guardaba allí una cuenta de cada pulsera que le quitaban. Decía que así nadie podría cambiarle el nombre entero.

Isara pensó en el vestido doblado dentro de la bolsa de tela.

—¿Por qué no me lo dijiste anoche?

—No lo recordaba hasta que has hablado de la pulsera.

—¿Qué voy a encontrar?

—No lo sé. Pero si el vestido siguió siendo suyo hasta aquella noche, debería haber algo cosido en el dobladillo interior.

—El vestido está en el coche de Leire.

—No lo abras todavía. Espera a que llegue y documentad primero la costura.

Isara miró a Cora, Salma, Nélida y Leire.

—¿Por qué?

—Porque Mara no escondía las cuentas para recordar su nombre.

—¿Entonces para qué?

—Para recordar quién se lo había quitado. Si aparece un nombre, no debemos convertirlo en una acusación antes de saber quién abrió y volvió a coser el dobladillo.

La línea quedó en silencio.

—¿Duna?

—Tengo que volver. Nos vemos esta tarde.

Colgó.

Isara mantuvo el teléfono junto al oído unos segundos más.

Cuando regresó a la mesa, Leire extendió la mano.

—¿Qué quería?

Isara dejó el aparato sobre su palma.

—Decirme que llegará a media tarde.

La mentira salió con una facilidad que la inquietó.

Cora la observó, pero no la contradijo.

Nélida se acercó de nuevo a la ventana.

—Hay algo en la ladera.

Todas miraron.

Al principio Isara solo vio el internado entre los árboles. La niebla se había retirado casi por completo y dejaba expuesta la fachada superior, las chimeneas y el hundimiento del tejado.

Después distinguió una columna delgada que ascendía detrás del ala este.

No era niebla.

Era humo.

Nélida abrió la cortina por completo.

La columna se oscureció mientras la observaban. Salía de la parte baja del edificio, cerca del punto donde el plano situaba el laboratorio fotográfico.

—Llama a emergencias —dijo Leire.

Cora tomó el inalámbrico, pero Isara ya se dirigía hacia la puerta.

—Hemos dicho que esperaríamos —recordó Salma.

—A Duna —respondió Isara—. No al fuego.

Bajaron las escaleras mientras Cora daba la dirección al servicio de emergencias. Al pasar junto a la barra, dejó el inalámbrico delante del dueño de la pensión sin interrumpir la llamada hasta el último segundo.

En la calle, el humo ya era visible por encima de los tejados del pueblo.

Leire abrió el coche. Salma y Nélida subieron detrás. Cora corrió hacia el suyo.

Isara se quedó un segundo junto a la puerta del acompañante.

Habían elegido no entrar en Fuente Fría.

Alguien, desde dentro o desde mucho antes, acababa de elegir que ya no quedara nada a lo que pudieran entrar.