Capítulo 11 — La niña que ya había muerto
La pensión no tenía teléfono en las habitaciones.
Cora bajó al bar y pidió utilizar el aparato de la caja. Regresó dos minutos después con un inalámbrico gris que conservaba una tira de cinta adhesiva alrededor de la batería.
—El dueño quiere que no salgamos del edificio con esto.
—Qué hombre tan desconfiado —dijo Salma.
Cora dejó el teléfono sobre la mesa sin responder.
Ninguna quiso utilizar su propio móvil. Aunque permanecieran apagados, los cinco aparatos se habían convertido en puertas mal cerradas.
Isara sabía que era una forma poco racional de pensarlo, pero también sabía que alguien había entrado en la cuenta de Cora, había conocido sus contactos y había utilizado aquella información para parecer más próximo de lo que quizá estaba.
No necesitaban imaginar a una persona capaz de verlo todo.
Bastaba con alguien que hubiera mirado una vez desde el lugar adecuado.
Leire pidió al dueño de la pensión que buscara en el ordenador de la caja el número público del colegio donde trabajaba Duna. Lo copió a mano y regresó con el inalámbrico.
—Llamaré yo —dijo Cora.
—No —respondió Isara.
Cora levantó la vista.
—El mensaje era para mí.
—Y tú llevas un mes decidiendo qué información compartes.
—También acabo de entregaros la fotografía.
—Después de que apareciera la tapa de tu cámara en el cementerio.
Salma alargó la mano hacia el teléfono.
—Llamo yo y terminamos antes.
Leire se lo quitó.
—Duna no confía en ninguna de nosotras. Si oye una voz inesperada, puede colgar.
—Entonces llama Isara —dijo Nélida.
Las otras la miraron.
—Ya habló con ella anoche —añadió—. Y fue la primera a la que contó que recordaba Fuente Fría.
Isara tomó el aparato.
No le gustó que Nélida supiera qué voz inspiraría menos temor a cada una. Tampoco podía negar que tenía razón.
Marcó el número.
Una voz administrativa respondió con el nombre del centro. Isara pidió hablar con Duna Rivas y dijo que se trataba de un asunto familiar urgente. La palabra familiar hizo que Cora apartara la mirada.
La mujer de recepción pidió un nombre y un número de contacto. Isara dio el de la pensión. Después comenzó la espera.
Durante casi tres minutos solo escucharon una melodía electrónica interrumpida por pequeños golpes.
Cora permanecía junto a la ventana. Salma se había sentado en el suelo, con la espalda contra la pared.
Leire repasaba en su libreta los datos del archivo.
Nélida seguía de pie junto a la puerta, como si no hubiera decidido si aquello era una reunión o una emboscada.
Duna contestó sin saludar.
—¿Isara?
—Sí.
—¿Dónde estás?
Isara miró a las otras cuatro.
—En Valdecierzo.
Al otro lado se oyó una respiración contenida.
—Te pedí que no entrarais.
—No hemos entrado en Fuente Fría.
—Todavía.
—Hemos ido al archivo y al cementerio.
—¿Quiénes?
—Leire, Salma, Cora, Nélida y yo.
Duna tardó en responder.
—¿Nélida está contigo?
Nélida levantó ligeramente la cabeza, pero no se acercó.
—Sí.
—Pon el altavoz.
Isara activó la función y dejó el teléfono en el centro de la mesa.
—Estamos las cinco —dijo.
—No toquéis la fotografía —respondió Duna.
Cora soltó una exhalación impaciente.
—Llegas tarde.
—¿La habéis encontrado?
—Encontré una copia hace un mes.
—¿Completa?
—Eso creía.
—Cora —intervino Isara—. Déjala hablar.
La periodista se cruzó de brazos.
Duna hablaba más bajo que en el mensaje. Detrás de ella se oían puertas, voces infantiles y el timbre breve de un teléfono.
—Cuando vi la imagen que me enviaste —dijo—, no recordé a la niña. Recordé que faltaba.
—No faltaba —respondió Leire—. Alguien la añadió después.
Hubo un silencio.
—¿Cómo lo sabes?
Isara explicó la diferencia de papel, la unión de dos negativos y la coincidencia entre la figura del vestíbulo y la niña fotografiada junto a Celia frente al muro encalado. Intentó limitarse a los hechos, pero cada frase sonaba más extraña al pronunciarla en voz alta.
Una fotografía completa fabricada quince años después.
Una niña recortada de los brazos de su madre y colocada detrás de una puerta.
Siete rostros reunidos en un momento que nunca había existido.
Duna la escuchó sin interrumpir.
—Eso es lo que recordé —dijo al final—. No la fotografió con nosotras.
—Ya lo sabemos —respondió Cora—. La añadió después.
—No. Quiero decir que la niña intentó ponerse en la fila.
Isara miró la pantalla del ordenador apagado.
—¿El día de la fotografía?
—Sí. O el día que yo recuerdo como el de la fotografía.
Leire apoyó el lápiz.
—Necesitamos que distingas entre lo que viste y lo que has completado después.
—Lo sé.
Duna no pareció ofendida. Aquello hizo que Isara confiara más en el recuerdo y, al mismo tiempo, temiera hacerlo.
—Recuerdo las batas —continuó—. A una de nosotras le quedaba demasiado grande. Celia estaba delante con la cámara y nos pedía que no cerráramos los ojos. La niña salió por la puerta principal y se puso a mi lado.
—¿A tu lado? —preguntó Cora.
—Creo que sí. Yo llevaba una cinta en el pelo. Ella me la tocó y dijo que también quería una.
Isara buscó la imagen de las seis niñas en su memoria. La pequeña de la cinta ocupaba el segundo lugar por la izquierda. La mujer adulta Duna se parecía a ella, aunque ahora sabía lo fácil que era construir un parecido a partir de la expectativa.
—¿Qué hizo Celia? —preguntó.
—Bajó la cámara.
La voz de Duna perdió claridad durante un segundo. Alguien abrió una puerta cerca de ella y preguntó si necesitaba algo. Duna respondió que saldría enseguida. Después se oyó un clic y el ruido infantil quedó más lejos.
—Celia se acercó y la llevó otra vez al vestíbulo —continuó—. La niña se enfadó. Le dio una patada a la puerta.
Nélida cerró los dedos alrededor de la llave del laboratorio.
—Lo hacía cuando no quería llorar —dijo.
Duna guardó silencio.
—¿Tú también lo recuerdas?
—Recuerdo los golpes en la madera. No la fotografía.
—¿Qué le dijo Celia? —preguntó Isara.
Duna respiró lentamente antes de responder.
—«Tú no puedes salir con ellas».
—¿Por qué? —dijo Salma.
—La niña preguntó lo mismo.
Duna volvió a callar.
Isara vio a Celia inclinándose ante una pequeña. No sabía si la imagen procedía de un recuerdo propio, de la fotografía junto al muro o de cientos de momentos posteriores en los que su madre se había agachado para abrocharle un zapato.
—Duna —dijo—. ¿Qué respondió?
—«Porque para ellos tú ya estás muerta».
La habitación pareció reducirse alrededor del teléfono.
Cora fue la primera en moverse. Se sentó en la cama y apoyó las manos sobre las rodillas.
—¿Estás segura de las palabras?
—De esas, sí.
—¿Quiénes eran «ellos»? —preguntó Leire.
—No lo sé.
—¿Ofelia? ¿La fundación? ¿Una familia?
—No lo sé.
—¿La niña dijo algo más?
Duna respondió en un susurro.
—Dijo: «Pero tú sabes que estoy viva».
Isara sintió que la chaqueta de Celia pesaba sobre sus hombros.
—¿Y Celia?
—Le contestó: «Yo sí».
Nadie formuló la conclusión.
No era necesario.
Si el recuerdo era exacto, la hija de Celia ya constaba como muerta antes del incendio.
Eso explicaría que no figurara entre las internas: para los documentos, no podía estar en ningún lugar.
Celia quizá no la había apartado de la fotografía solo por ser su hija, sino porque la imagen podía demostrar que una niña oficialmente muerta seguía viva.
Leire abrió su carpeta con rapidez.
—¿En qué año nació la hija de Celia?
—No lo sabemos —respondió Isara.
—La fotografía junto al muro parece posterior a 1988 y la niña tiene aproximadamente nuestra edad —dijo Leire—. Necesitamos buscar cualquier defunción o identidad vinculada a Celia entre 1981 y 1984. Sin asumir que figure como Lía.
—Creo que Lía era el nombre que Celia utilizaba cuando no había otras cuidadoras cerca —dijo Duna—. Pero no sé cuánto pertenece al recuerdo y cuánto he completado después de oír la cinta.
Isara miró la copia de su partida dentro del bolso.
Su nacimiento había sido inscrito en 1992 con una fecha de 1984 y mediante testimonios falsos. El nombre Isara podía no haber pertenecido nunca a la hija de Celia. Podía ser una identidad documental que ya figuraba como muerta y que alguien había reutilizado para sacar o registrar a otra niña.
—Mi inscripción quizá no construyó a Isara desde cero —dijo—. Pudo reutilizar una identidad que ya no debía corresponder a ninguna niña viva.
—Y asignártela a ti —respondió Leire.
—Eso todavía es una hipótesis —dijo Isara.
No la convertía en hija de Celia. Tampoco demostraba a quién había pertenecido el nombre antes. Solo abría la posibilidad de que hubiera vivido dentro de una identidad administrativamente disponible.
Nélida se apartó de la puerta y se acercó al teléfono.
—¿Recuerdas qué llevaba puesto?
—Un cárdigan —respondió Duna—. No una bata.
—¿Color?
—Oscuro. Tal vez azul.
—¿Y la pulsera?
Duna tardó en contestar.
—La llevaba siempre.
—¿Qué ponía?
—No lo sé. Las cuentas giraban.
Isara pensó en la pulsera encontrada en la caja de la cocina: seis cuentas blancas, cinco letras formando ISARA y una cuenta en blanco. Podía ser una copia reciente, una reconstrucción o el objeto original manipulado.
—¿La niña se llamaba Isara? —preguntó Cora.
—Nunca la oí responder a ese nombre.
—Pero era la hija de Celia.
—Eso decían las cuidadoras cuando ella no estaba delante.
—¿Cómo la llamabais vosotras? —dijo Salma.
Duna dejó escapar el aire.
—La de fuera.
La letra escrita detrás de la fotografía compuesta.
F.
Fuera del registro.
Fuera de la habitación.
Fuera de la fotografía.
Isara sintió que la palabra llevaba años rodeando a aquella niña sin llegar a nombrarla.
—¿No tenía ningún nombre para vosotras? —preguntó.
—A veces Celia la llamaba «pequeña». Ofelia decía «esa niña». La mujer de la mancha utilizaba un nombre breve. Podía ser Lía, pero no sé si lo recuerdo o si estoy completándolo con la cinta.
—¿La mujer de la mancha? —preguntó Leire.
—Sí.
Duna ya había mencionado durante su primera llamada a una mujer con una mancha en la mano y una campana que no sonaba como las campanas.
—¿Aparece en la fotografía del personal? —preguntó Isara.