Las niñas de la habitación seis Capítulo 10 — La séptima cara #4
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Capítulo 10 — La séptima cara #4

—Porque antes quiero ver el lugar donde se fabricó esta fotografía.

Leire negó.

—No iremos al internado sin Duna.

—Tampoco entraremos en la habitación seis.

—Eso dijimos ayer.

—El laboratorio tiene otra entrada y Nélida tiene la llave.

Nélida sacó la llave de latón y la sostuvo entre los dedos.

—No sabemos si funciona.

—Lo comprobaremos desde fuera —dijo Isara—. Si la puerta está abierta o hay alguien dentro, llamaremos a la policía.

Salma soltó una risa sin humor.

—Y si está cerrada y la llave funciona, entraremos.

Isara no fingió lo contrario.

—Sí.

Cora volvió a mirar la pantalla apagada.

—El armario estaba detrás de la pared norte. El sobre puede seguir allí.

—¿No lo sacaste? —preguntó Leire.

—Escuché pasos en la escalera. Fotografié lo que pude, devolví la ampliación y salí por una ventana baja.

—¿Viste a la persona que entró?

—No.

—¿Por qué no llamaste a la policía después?

—Porque, cuando llegué al coche, encontré una fotografía en el parabrisas.

Leire cerró los ojos un instante.

—Otra fotografía que no mencionaste.

—Me mostraba entrando por la puerta lateral. En el reverso decía: «La séptima no necesita permiso».

—¿La conservas? —preguntó Leire.

—Sí. La guardé con el sobre anónimo en la caja de seguridad. No quería llevar los dos originales encima después de descubrir el acceso a mi ordenador.

Isara no sintió miedo. Sintió irritación.

Cada frase anónima estaba construida para permitir varias interpretaciones. Podía acusar a Cora de ser la hija de Celia, justificar su entrada o advertirle de que alguien conocía su identidad.

No proporcionaba información.

Solo dirigía decisiones.

—No volveremos a obedecer frases sin firma —dijo.

Cora la miró.

—El sobre que recibiste tampoco tenía firma.

—La letra era de Celia.

—Eso no significa que ella lo enviara.

Isara pensó en la advertencia encontrada en la caja, en las notas distintas para cada mujer y en la facilidad con que alguien había imitado los métodos de su madre.

—No —admitió—. Solo significa que alguien quería que creyera que seguía obedeciéndola.

Leire volvió a abrir el ordenador y copió los archivos a dos tarjetas nuevas. Entregó una a Isara y otra a Salma.

—Cora conserva sin modificar los archivos originales de sus tomas. Nosotras, copias. Ningún dispositivo se conecta a internet.

—¿Y tú? —preguntó Cora.

—Yo he visto cómo se falsifican tres copias de un mismo documento hasta que nadie recuerda cuál fue la primera.

No tomó ninguna.

Nélida se acercó a la ventana. Desde allí se veía el río y, por encima de los tejados, la carretera que ascendía hacia Fuente Fría.

La niebla había empezado a retirarse de la ladera.

Entre los árboles apareció por primera vez la parte superior del internado.

Un tejado hundido.

Dos chimeneas.

La torre pequeña de la antigua capilla.

Isara se acercó.

No reconoció el edificio.

Pero su cuerpo reaccionó antes de que pudiera decidir si aquello significaba algo. Se le tensaron los hombros y cerró la mano derecha, como si ocultara una llave dentro del puño.

Nélida observó el gesto.

No lo señaló.

—La puerta lateral queda detrás —dijo—. Desde la carretera no se ve.

—¿Cuánto tardamos? —preguntó Salma.

—Quince minutos en coche. Diez más andando.

Leire miró la hora.

—Duna no sabe que estamos aquí.

Cora sacó el teléfono de la funda, comprobó que el wifi seguía desactivado y lo encendió. Permitió la conexión móvil solo el tiempo imprescindible. Al recuperar cobertura, la operadora mostró tres avisos de llamadas no atendidas de Duna y un mensaje de voz enviado hacía diecisiete minutos.

—Descarga solo ese archivo —dijo Leire—. Después vuelve al modo avión.

Cora obedeció y reprodujo el mensaje sin abrir ninguna otra conversación.

La voz de Duna llenó la habitación.

Hablaba deprisa y en susurros, como si hubiese salido un momento de clase para llamar.

—Cora, he recordado algo sobre la niña que estaba detrás del cristal. No entréis en Fuente Fría sin hablar conmigo. No sé quién era, pero sé por qué Celia no podía fotografiarla junto a las demás. Llámame cuando puedas.

El mensaje terminó.

Antes de volver al modo avión, Cora intentó devolver la llamada.

Duna no contestó. Entonces desactivó de nuevo la conexión móvil.

—Estará en el colegio —dijo Isara.

Salma señaló la ventana.

—El laboratorio está a quince minutos.

Isara miró el edificio que empezaba a emerger de la niebla.

El sobre podía seguir allí. También la ampliación, las hojas reconstruidas y la persona que había regresado a encender una luz la noche anterior.

Pero la fotografía completa acababa de demostrar que Fuente Fría no contenía necesariamente la verdad.

Contenía el lugar donde alguien la había montado.

—Primero hablaremos con Duna —dijo.

Nélida guardó la llave de latón.

Ninguna señaló que, mientras se alejaban del edificio, una persona podía entrar en él y llevarse lo que quedara.

Por primera vez desde que salieron de San Tirso, eligieron no acercarse al internado.

No porque hubieran dejado de querer entrar.

Sino porque acababan de comprender que quien las esperaba allí llevaba años decidiendo qué rostro verían al abrir cada puerta.