Las niñas de la habitación seis Capítulo 10 — La séptima cara #3
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Capítulo 10 — La séptima cara #3

—Pero lo has contado después de que viéramos que la niña se parece a mí.

—Lo he contado porque acabamos de demostrar que la fotografía fue construida para provocar precisamente esa conclusión.

Isara comprendió la precisión de Nélida.

La imagen podía haber utilizado el rostro de la verdadera hija de Celia. Pero su colocación junto al grupo, su parecido con Cora y el momento en que había sido escondida podían formar parte de un mensaje diseñado quince años después del incendio.

Celia no solo había participado en la fabricación de identidades en 1989.

En 2004 seguía decidiendo qué debía creer cada una cuando encontrara las pruebas.

—La fotografía completa es otra fotografía mutilada —dijo.

Cora la miró.

—No falta ninguna cara.

—Falta el contexto. Es peor.

Leire abrió la imagen del reverso y amplió las líneas de lápiz.

—¿Qué son estas marcas?

Isara se acercó.

Había siete trazos verticales. Bajo seis de ellos aparecían números del uno al seis. El séptimo llevaba una letra.

F .

—¿Familia? —preguntó Salma.

—Fuera —dijo Nélida.

—¿Lo sabes o lo supones?

—Celia me lo explicó en 2004, cuando hablamos de las rutas. En sus esquemas, «F» significaba fuera del registro.

Leire anotó la distribución.

—Seis numeradas y una fuera.

—La hija de Celia —dijo Cora.

—O la imagen que Celia quería colocar fuera —respondió Isara.

Amplió las líneas. La número seis estaba tachada y escrita de nuevo junto a la letra F. Entre ambas había una flecha.

—Aquí cambió algo.

Leire giró el ordenador hacia sí.

—La sexta pasó a ocupar el lugar de la que estaba fuera.

—O la identidad de la de fuera pasó a la sexta —dijo Isara.

La cinta regresó a su memoria.

Ahora dime cómo te llamarás cuando salgamos de aquí.

Isara.

La tabla indicaba que Isara Luján había sido la identidad prevista para Mara. En otro fragmento, imposible de fechar respecto al primero, una voz infantil distinta pronunciaba «Isara».

La flecha podía representar el traslado de aquella identidad, aunque todavía no demostraba a qué niña se asignó.

—La fotografía quizá no se hizo para reunir a siete niñas —dijo—. Puede que intentara representar una sustitución.

Salma señaló el rostro de Cora y después el de la séptima.

—¿Y por qué utilizar una cara que se parece a ella?

—Porque puede ser su cara —respondió Leire—. Que la escena sea falsa no significa que la niña lo sea.

Cora se sentó de nuevo.

—Quiero una prueba genética.

Nadie pareció sorprendido.

—¿Con quién? —preguntó Isara.

Cora la miró.

La respuesta era evidente.

Con Celia.

Isara pensó en el cuerpo enterrado tres días antes. En el cabello blanco que había rescatado del cuello de una chaqueta. En el cepillo del baño, las medicinas, las tazas todavía guardadas en la cocina.

Objetos cotidianos convertidos una vez más en pruebas.

—Podemos obtener una muestra de la casa —dijo Leire—. Pero una comparación privada no demostrará legalmente una filiación si la cadena de custodia es dudosa.

—No necesito un tribunal para saber si era mi madre.

—Necesitas estar segura de que la muestra es suya.

Isara se tocó la manga de la chaqueta.

En la tela podía quedar cabello, piel, cualquier resto de Celia.

Sintió rechazo antes que esperanza.

No quería convertir a su madre en material biológico delante de aquellas mujeres. Tampoco quería negarles una verdad que Celia había retenido durante toda su vida.

—No utilizaremos la chaqueta —dijo.

Cora tensó la mandíbula.

—Hay más muestras en la casa.

—La policía sigue examinando la entrada.

—Podemos esperar.

—No hasta después de Fuente Fría —dijo Salma—. Quien haya preparado esto quiere que lleguemos sin saber cuál es su hija.

Nélida miró la imagen compuesta.

—Quizá quiere que creamos que una prueba genética resolverá el resto.

—Resolvería una parte —respondió Cora.

—Y dividiría al grupo en hija y no hijas antes de que entremos.

Leire cerró el archivo.

—Eso ya está ocurriendo.

Isara observó a las cuatro mujeres.

Cora podía ser la hija de Celia. También Nélida, a quien había protegido y visitado durante años.

Duna tenía la fecha de nacimiento más antigua y recuerdos que las demás no compartían.

Leire había dedicado cuatro años a perseguir documentos como si llevara toda la vida entrenándose para encontrar una verdad escondida.

Salma conservaba en el cuerpo la salida del incendio.

Y ella había vivido con Celia.

Cada una tenía una razón para parecer la elegida.

Quizá esa era la última forma de control de su madre: repartir suficientes señales para que todas pudieran reclamarla y ninguna pudiera confiar en el amor recibido.

—No haremos la prueba todavía —dijo.

Cora se levantó.

—No puedes decidirlo.

—Puedo decidir qué muestras salen de la casa de Celia.

—No era solo tu madre.

La frase llegó antes de que Cora pudiera contenerla.

Isara notó el golpe, pero no apartó la mirada.

—Todavía no sabes si era la tuya.

—Tú tampoco.

—Yo sé quién me crio.

—Con el nombre de otra.

Salma se interpuso.

—Basta.

—No —dijo Cora—. Llevamos dos días protegiendo su duelo como si fuera más legítimo que el nuestro.

—Celia acaba de morir —respondió Salma.

—Para ella. Para nosotras lleva muerta treinta y siete años.

Nélida se puso en pie.

—No para todas.

Cora la miró con una mezcla de rabia y comprensión.

—Tú también la tuviste.

—A ratos.

—Suficientes para ocultarnos lo que sabía.

—Suficientes para saber que nunca lo contaba todo.

Leire cerró el ordenador.

—Esto es exactamente lo que buscaba la cámara del apartamento.

Nadie respondió.

La hija de Celia ya estaba dentro.

No importaba cuál. La posibilidad bastaba para dividirlas entre quienes habían recibido una parte de ella y quienes solo conservaban un nombre falso.

Isara respiró despacio.

—La prueba puede esperar veinticuatro horas.

—¿Por qué veinticuatro? —preguntó Cora.