Capítulo 10 — La séptima cara #2
Salma miró primero la pantalla y después a ella.
—Se parece a ti.
La semejanza era suficiente para inquietar y demasiado incompleta para identificar. La niña tenía las cejas rectas, la nariz corta y una barbilla ligeramente desviada hacia la derecha. En el borde superior de la oreja izquierda, una interrupción oscura podía parecer una pequeña hendidura.
Cora se recogió el cabello.
Su oreja sí presentaba una irregularidad real en aquella zona.
—¿Es una cicatriz? —preguntó Isara.
—No. Nací así. O eso me dijo ella.
Isara volvió a la fotografía junto al muro. Allí, precisamente, el borde de la oreja desaparecía bajo la mancha química. La hendidura solo aparecía en la composición retocada.
—No sabemos si esa marca pertenecía a la niña o si la añadieron al reconstruir el contorno —dijo—. Por tanto, no demuestra identidad ni parentesco.
—Una oreja parecida tampoco bastaría —añadió Leire.
—No estoy diciendo que lo haga.
—Llevas un mes actuando como si pudiera hacerlo.
Cora cerró parcialmente la pantalla.
—Llevo un mes intentando demostrar que no.
—¿A quién se la enseñaste? —preguntó Isara.
—A una antropóloga forense. Le envié dos recortes sin nombres ni contexto.
—¿Qué dijo?
—Que no podía identificar a una mujer adulta a partir de una imagen infantil. Señaló coincidencias, pero también diferencias en la separación de los ojos y la mandíbula.
Nélida se acercó por fin a la mesa.
Miró a la niña detrás del cristal durante mucho tiempo.
—¿La reconoces? —preguntó Isara.
—Reconozco cómo esperaba detrás de las puertas.
—¿Quién era?
—No lo sé.
Leire apoyó el lápiz.
—La llamaríais de alguna manera.
—La niña de Celia.
—¿Nunca Lía?
Nélida frunció el ceño.
—No recuerdo que respondiera a ningún nombre delante de nosotras.
Cora levantó la cabeza.
—¿Por qué?
—No estaba registrada como interna. Cuando entraba en el edificio, decían que era una visita.
—Pero estaba allí la noche del incendio —dijo Salma.
—Sí.
—¿Dormía en otra habitación?
—A veces con Celia, junto al laboratorio. Otras desaparecía varios días.
—¿Adónde iba? —preguntó Isara.
—No lo sé. Cuando regresaba, traía ropa distinta y no quería hablar.
La respuesta no aclaraba si era una hija protegida, una niña utilizada por el sistema de identidades o ambas cosas.
—Ahora abre la ampliación completa —dijo Isara.
Cora abrió otra fotografía digital. Mostraba una copia en papel de mayor tamaño, apoyada dentro del compartimento falso del armario. La imagen tenía bordes irregulares y una mancha de humedad en la esquina inferior. En el reverso no había nombres, solo varias líneas trazadas a lápiz.
—¿Fotografiaste la parte trasera? —preguntó Isara.
—Sí.
El siguiente archivo mostraba un sello ovalado casi borrado y una sucesión de números.
Isara amplió el borde inferior.
—Esto no es papel de 1989.
Cora se volvió hacia ella.
—¿Estás segura?
—Es papel plastificado. Las copias de nuestras cajas tienen soporte de fibra y una emulsión antigua. Esta ampliación es posterior.
—¿Cuánto?
—No puedo fecharla con exactitud desde una fotografía digital. Pero el código del reverso pertenece a un lote fabricado después de 1999.
Leire miró a Cora.
—Encontraste una reproducción.
—Encontré la fotografía completa.
—Encontraste una copia hecha al menos diez años después del incendio.
Cora abrió la boca, pero Isara levantó una mano.
—Eso no significa que la imagen sea falsa. Podrían haber ampliado un negativo antiguo.
—¿Y por qué esconderla en el laboratorio abandonado? —preguntó Salma.
—Porque allí estaba el negativo. O porque Celia regresó.
Nélida miró la pantalla.
—Regresó.
Todas se volvieron hacia ella.
—En 2004 —continuó—. El mismo día que me dio la placa de Mara. Me pidió que la esperara en el coche mientras entraba en Fuente Fría.
—¿Cuánto tiempo estuvo dentro? —preguntó Cora.
—Casi dos horas.
—¿Salió con algo?
—Una carpeta y una bolsa de fotografía negra.
Isara pensó en las consultas de Celia al archivo, en la hoja con las dos apariciones de Isara, en la placa de Mara enterrada aquel año y en los materiales fotográficos recuperados del laboratorio.
En 2004 su madre no se limitó a recordar el incendio.
Había vuelto a reconstruirlo.
—La impresión puede ser de entonces —dijo.
—¿Para qué hacer una copia completa quince años después? —preguntó Salma.
—Para identificar a las niñas —respondió Cora.
—O para cambiar quién parecía estar allí —dijo Leire.
Isara amplió el fotograma hasta que el grano se convirtió en una trama de puntos grises.
Al principio buscó daños: arañazos, zonas retocadas, pérdida de emulsión.
Después observó la dirección de la luz. Las seis niñas de la escalinata proyectaban sombras leves hacia la izquierda.
La séptima, detrás del cristal, recibía una claridad más plana que eliminaba casi por completo el relieve de su rostro.
Podía deberse al vidrio.
O a que no pertenecía a la misma exposición.
—Abre el archivo sin recortar de la ampliación —pidió.
Cora mostró la imagen completa.
Isara examinó el marco de la puerta, el borde del cristal y la zona donde la silueta de la niña se unía con la oscuridad del vestíbulo.
Había una línea vertical más nítida que las demás.
No formaba parte de la carpintería.
—¿Tienes una pantalla con más resolución?
—Esta es la mejor que traje.
—Amplía el contraste, pero no enfoques.
Cora ajustó los niveles manualmente.
La línea apareció con mayor claridad. A un lado, el grano fotográfico era grueso e irregular. Al otro, más fino.
—Son dos negativos —dijo Isara.
Nadie respondió.
Leire acercó la cara a la pantalla.
—¿Un montaje?
—Probablemente una impresión por combinación. Se proyectaron dos negativos sobre el mismo papel o se creó un negativo intermedio.
—¿La niña fue añadida? —preguntó Salma.
—El vestíbulo completo fue añadido. Mira el grano. Cambia justo en el marco de la puerta.
Cora negó.
—La hoja de contactos también la muestra.
—Enséñame el contacto original.
Volvieron al primer archivo. Isara amplió el fotograma pequeño. La línea seguía allí, aunque resultaba más difícil de ver.
—La hoja de contactos también es una reproducción —dijo—. Fotografiaste hojas impresas en papel, no las tiras de negativos.
Cora buscó la imagen del reverso.
El mismo código de fabricación aparecía en una esquina.
—Las dos se imprimieron después de 1999 —concluyó Isara—. Esta no es la hoja que pudo salir del laboratorio en 1989. Alguien reconstruyó al menos ese fotograma y después volvió a presentarlo como parte de la serie.
Sacó de la funda su propia copia mutilada y comparó el borde de la puerta, una grieta del segundo escalón y la interrupción del grano. Coincidían.
—Nuestras copias también proceden de esta reconstrucción. El papel puede ser antiguo, pero la imagen se imprimió después. Y el calor de los bordes no demuestra que estuviera en el incendio de 1989.
Cora se apartó del ordenador.
La decepción transformó su cara de una forma que Isara no había visto antes. No parecía una periodista a la que acababan de invalidar una prueba. Parecía una hija a la que le devolvían una duda que había intentado cerrar.
—No prueba que seas tú —dijo Isara con suavidad.
—Tampoco prueba que no lo sea.
—No.
Leire señaló el rostro de la séptima niña.
—¿De dónde salió ese fragmento?
Isara abrió la fotografía pequeña del muro encalado y la colocó junto a la imagen completa. Ajustó ambas al mismo tamaño.
El nacimiento del cabello, las horquillas y el pliegue del cárdigan coincidían. También la posición de la mano, el meñique separado y la mancha química que interrumpía el hombro.
—De aquí —dijo—. No se limitaron a utilizar a la misma niña. Utilizaron el mismo fragmento.
Cora volvió a acercarse.
Isara señaló el borde del hombro. En las dos imágenes, una mancha química interrumpía la tela en el mismo punto; detrás del cristal la habían disimulado oscureciendo el vestíbulo.
—Recortaron a la niña de esta fotografía con Celia y la colocaron detrás de la puerta.
Nélida palideció.
—Entonces nunca estuvo allí cuando se hizo la fotografía del grupo.
—La imagen no lo demuestra —respondió Isara—. Puede haber estado en el edificio. Pero esta escena concreta fue construida.
—¿Por Celia? —preguntó Salma.
Isara miró el papel moderno, las líneas de corte y la reproducción escondida en el laboratorio al que Celia había regresado en 2004.
—Todo apunta a que sí.
Cora cerró el archivo y volvió a abrirlo, como si esperara que la composición cambiara.
—¿Por qué añadir a su propia hija a una fotografía de las internas?
—Para que pareciera una de ellas —dijo Leire.
—No lleva uniforme.
—Precisamente. Está separada por el cristal, pero incluida en el encuadre. Es una forma de decir que pertenecía al grupo sin afirmar que dormía en la habitación.
Salma negó.
—O una forma de recordarla junto a las demás después de perderla.
Nélida se sentó en la única esquina libre de la cama.
—Celia no había perdido a su hija en 2004.
Isara se volvió hacia ella.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque hablaba de ella en presente.
—Podía referirse a mí.
—No.
La respuesta llegó sin vacilación.
Isara sintió que algo se endurecía bajo el esternón.
—¿Por qué no?
Nélida bajó la vista hacia la chaqueta gris.
—Porque distinguía entre la niña que había criado y su hija.
La habitación quedó en silencio.
Leire fue la primera en reaccionar.
—¿Qué palabras utilizó?
—Dijo: «La que he criado todavía no sabe qué nombre perdió». Después: «Mi hija sigue viva, pero no puede volver mientras alguien siga buscando su nombre».
Isara apoyó una mano en la mesa.
Celia había hablado de dos mujeres adultas.
Una era la niña que había criado: Isara.
La otra, su hija.
—¿Cuándo te lo dijo? —preguntó.
—En 2004.
—Yo tenía veinte años.
—Sí.
—¿Y su hija?
—También debía de ser adulta.
Cora se levantó tan deprisa que golpeó la cama con la rodilla.
—¿Te dio algún nombre?
—No.
—¿La describió?
—Dijo que, si alguna vez quería encontrarla, tendría que hacerlo haciendo preguntas y no siguiendo fotografías.
La mirada de Salma se desplazó hacia Cora.
Leire ya la observaba.
—Eso no significa periodista —dijo Cora.
—No —respondió Nélida—. Tampoco he dicho que se refiriera a ti.