Las niñas de la habitación seis Capítulo 10 — La séptima cara
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Capítulo 10 — La séptima cara

Nadie necesitó preguntar por qué Cora no había mostrado antes la fotografía.

La pregunta estaba en la forma en que Leire cerró la libreta, en la mano de Salma sobre la mochila y en el modo en que Nélida permaneció junto al romero, sin recoger las tijeras que había dejado caer.

Isara fue la única que la formuló en voz alta.

—Enséñala.

Cora miró hacia la entrada del cementerio.

—Aquí no.

—Llevas un mes ocultándola —dijo Leire—. No estás en posición de elegir el lugar.

—Precisamente porque llevo un mes protegiéndola, no voy a desplegarla sobre una piedra mojada.

—¿La tienes contigo? —preguntó Salma.

—Tengo una impresión de trabajo y los archivos originales de mis tomas.

—¿Y los materiales que encontraste?

—Los devolví al compartimento antes de salir.

Nélida recogió las tijeras del suelo. Antes de incorporarse, enderezó la sexta planta de romero y presionó la tierra con la palma.

—No sacó lo que encontró del laboratorio.

Cora la miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque la luz que vi anoche estaba allí.

—Eso no demuestra que los materiales sigan dentro.

—Demuestra que alguien regresó a buscar algo.

Leire se colocó entre las dos.

—Vamos a empezar de nuevo. Cora entró en Fuente Fría hace un mes, encontró una imagen que no mencionó a ninguna de nosotras y perdió una tapa de objetivo que hoy aparece enterrada junto a la placa de Mara. Quiero la explicación completa antes de que alguien decida acercarse al edificio.

Cora se cruzó de brazos.

—No cabemos las cinco en una explicación que pueda darse de pie en un cementerio.

—Prueba.

—Recibí un sobre el cuatro de octubre.

Isara calculó la fecha. Casi un mes antes de la muerte de Celia.

—¿Quién lo envió?

—No tenía remitente. Dentro había una copia del plano de Fuente Fría, una fotografía de la puerta lateral y una frase: «Busca donde Celia revelaba los nombres».

—¿Por qué no lo has contado? —preguntó Isara.

—Porque entonces no conocía vuestros nombres. Solo sabía que Celia Luján aparecía en mi partida de nacimiento y que había trabajado en el internado.

—Ya investigabas a las otras —dijo Leire.

—Había encontrado inscripciones relacionadas, no a vosotras. El sobre fue lo que me condujo al laboratorio.

Salma señaló la llave guardada en el abrigo de Nélida.

—¿También te enviaron una llave?

—No. La puerta lateral estaba abierta.

Nélida negó lentamente.

—Esa puerta llevaba años cerrada con una cadena.

—Cuando llegué, la cadena estaba cortada y colocada sobre el suelo para que pareciera entera desde la carretera.

—Alguien preparó la entrada —dijo Isara.

—Sí.

—Y entraste sola.

—Sí.

—Sin avisar a la policía.

Cora miró a Leire.

—No sabía que tendría que defender mi prudencia ante cuatro mujeres que acaban de planear entrar pasado mañana con llaves anónimas.

—No hemos planeado entrar —respondió Leire.

Salma y Nélida la miraron.

—Todavía —añadió.

Cora continuó.

—El laboratorio estaba casi vacío. Habían retirado las ampliadoras, los productos y la mayoría de los muebles. Quedaba un armario metálico pegado a la pared. Detrás encontré una tabla falsa.

—¿Cómo supiste que era falsa? —preguntó Isara.

—Una esquina no tenía polvo.

—¿Y dentro estaba la fotografía?

—Había un sobre grande, dos hojas de contactos y una ampliación.

Isara sintió que su atención se estrechaba.

—¿Hojas de contactos originales?

—No lo sé. Las fotografié sin tocarlas.

—¿Con guantes?

—No esperaba que me examinaras.

—No te examino. Necesito saber qué información puede haberse alterado.

Cora bajó la voz.

—La ampliación mostraba a las seis niñas frente al internado. Sin rostros raspados y sin el recorte que tienen nuestras copias. A la derecha se veía completa la puerta de entrada. Detrás del cristal había otra niña.

—La que encontramos en el reflejo —dijo Salma.

—No era un reflejo. Estaba dentro del vestíbulo.

—Eso ya lo sabemos —respondió Leire—. ¿Qué añade tu fotografía?

Cora miró a Isara.

—Su cara.

El viento empujó el olor del romero hacia ellas.

Isara no sintió la necesidad de preguntar a quién se parecía. La forma en que Cora evitaba mirar a las demás ya contenía una respuesta.

—Vamos a verla —dijo.

Recogieron las bolsas, el cubo y las herramientas. Nélida cubrió con tierra el borde que Salma había removido y colocó la sexta piedra en la misma posición que mostraban las fotografías. Ninguna propuso mover las otras piedras.

Al atravesar el cementerio, Isara miró hacia el panteón común.

Los crisantemos que Nélida había dejado aquella mañana se movían bajo el viento. Ya no parecían un mensaje dirigido a ellas, sino flores colocadas ante un memorial construido sobre una mentira.

Cora se alojaba en una pensión frente al río, sobre un bar que todavía servía desayunos. Devolvieron los teléfonos antes de salir del cementerio, pero acordaron no encenderlos. Leire guardó la funda metálica en su bolso y condujo detrás del coche de Cora.

Nélida viajó con ellas.

Ocupó el asiento trasero junto a Salma. No hablaron durante el descenso. A Isara le sorprendió que las dos parecieran cómodas en el silencio, como si reconocieran en la otra una manera parecida de proteger los recuerdos.

La habitación de Cora era estrecha y daba a la fachada posterior.

Había una cama individual, una mesa de madera y un armario sin puertas.

Sobre una silla descansaban dos chaquetas y un cable alargador enrollado con precisión.

Ningún objeto parecía personal salvo una libreta de tapas rojas y una fotografía de una mujer mayor apoyada contra la pared.

—¿Tu madre? —preguntó Isara.

Cora dejó la mochila sobre la cama.

—La mujer que me crio.

No explicó si seguía viva.

Cerró la cortina. Después sacó del fondo de una maleta un ordenador que mantenía sin conexión desde la intrusión.

Leire se acercó.

—Dijiste que alguien utilizó tu número. ¿Importaste aquí las fotografías del laboratorio?

—En otro ordenador. Utilicé un lector de tarjetas que encontré junto al escáner del laboratorio. Pensé que formaba parte del equipo abandonado y me lo llevé.

—¿Conectaste ese lector al ordenador?

—Sí.

—¿El ordenador tenía acceso a internet?

—Sí.

—¿Tenías abierta la aplicación de mensajería?

Cora no respondió inmediatamente.

—En el navegador.

Leire extendió la mano.

—Dame el teléfono.

—Está apagado.

—Cuando lo enciendas, quiero revisar las sesiones vinculadas.

—Ya las cerré.

—Después del primer mensaje a Isara. Quien accedió pudo copiar antes tus contactos, archivos y credenciales.

Cora se sentó en el borde de la cama.

—Lo sé.

Era la primera vez que reconocía un error sin intentar transformarlo en una decisión.

Isara recordó las fotografías recibidas desde el número de Cora, las direcciones enviadas a Salma y la cámara sobre la puerta de Leire.

Quizá quien las vigilaba no conocía todos sus movimientos.

Quizá había entrado por una sola grieta y desde allí había observado lo suficiente para parecer omnipresente.

—El acceso empezó después de que conectaras ese lector —dijo Isara.

Cora asintió.

—Dos días después encontré una sesión abierta desde un dispositivo que no reconocía. Cambié las contraseñas desde el mismo portátil, pero ya habían descargado parte de mi correo y una carpeta sincronizada.

—¿La fotografía estaba allí? —preguntó Salma.

—Sí.

—Entonces quien te vigila sabe que la encontraste.

—Y sabe qué vi.

Nélida permanecía junto a la puerta.

—Por eso la tapa apareció en el cementerio. No querían acusarte de haber enterrado la placa. Querían obligarte a hablar de la fotografía.

Cora la observó.

—Ha funcionado.

—Solo porque la ocultaste.

Leire abrió el ordenador sin encender la conexión inalámbrica. Cora introdujo una contraseña y buscó una carpeta cifrada.

—Hice tres copias —explicó—. Una está aquí, otra en una tarjeta que no he conectado desde entonces y la tercera en una caja de seguridad.

Salma se apoyó contra la pared.

—Para ser alguien que entró sola en un edificio quemado, desarrollaste prudencia con rapidez.

Cora no respondió.

Abrió el primer archivo.

La pantalla mostró una hoja de contactos fotografiada sobre un tablero ennegrecido.

Había doce fotogramas pequeños, todos pertenecientes a la escalinata del internado.

En algunos aparecían niñas cruzando delante de la cámara; otros estaban vacíos o mal encuadrados.

Solo uno mostraba al grupo colocado en fila.

Isara acercó una silla.

—Amplíalo sin aplicar mejora automática.

Cora obedeció.

Las seis niñas ocuparon la pantalla. La de la trenza. La de la cinta. La pequeña del cabello corto. Otras tres en batas claras. Ningún rostro había sido raspado.

A la derecha, el encuadre continuaba más allá del borde de las copias enviadas. Se veía la puerta completa, parte del vestíbulo y una niña detrás del cristal.

No aparecía como un reflejo.

Miraba hacia la cámara, con el cabello sujeto por dos horquillas y un cárdigan ajeno al uniforme. Una pulsera de cuentas claras rodeaba su muñeca. La mano derecha descansaba sobre el picaporte interior.

—Esa es la séptima cara —dijo Cora.

Isara evitó completar el parecido que la periodista esperaba que vieran.

—Enséñame todos los archivos del compartimento. No solo la ampliación.

Cora abrió una segunda carpeta. Además de las hojas y de la copia grande, había fotografiado una imagen pequeña, muy deteriorada: Celia aparecía agachada junto a una niña de unos cinco años, delante de un muro encalado.

La cara de la pequeña estaba parcialmente velada por una mancha química; el contorno superior de la oreja quedaba perdido bajo el deterioro, pero se distinguían el nacimiento del cabello, las dos horquillas y el pliegue del cárdigan.

La mano descansaba sobre el brazo de Celia, con el meñique separado de los otros dedos.

No era el bebé de la fotografía fechada en 1984. Aquella escena correspondía a varios años después y no llevaba fecha visible.

—¿También estaba escondida? —preguntó Isara.

—Dentro del mismo sobre.

—¿Fotografiaste el reverso?

—Sí. No tenía nombres. Solo una fecha incompleta que terminaba en 1989.

Cora volvió al retrato del vestíbulo y amplió el rostro.