Capítulo 9 — Los nombres enterrados #3
Isara apretó la mandíbula.
Celia sabía que estaba enferma antes de decírselo. Había preparado las cajas, la cita y aquellas instrucciones mientras seguía fingiendo que su mayor preocupación era quién regaría las plantas de la cocina.
—¿Te habló de mí? —preguntó.
—No utilizó tu nombre.
—¿Qué dijo?
—Que una de las niñas había vivido con ella y que las demás la odiarían antes de conocer la razón.
Salma apartó la vista.
Leire no mostró ninguna reacción.
—¿Te pidió que me protegieras? —dijo Isara.
—Me pidió que no te ayudara a creer que eras Mara.
Isara miró la placa.
—¿Por qué?
—Porque sabía que encontrarías el vestido.
Aquello la hizo retroceder.
—¿Te habló del vestido?
—Dijo que había dejado una prenda equivocada junto a una identidad correcta.
—¿Qué significa?
—No quiso explicarlo.
—Todo lo que cuentas termina en que Celia no quiso explicarlo.
Por primera vez, Nélida elevó la voz.
—Porque eso hacía. Te daba una verdad pequeña para impedirte alcanzar la grande.
El eco se perdió entre las lápidas.
Isara sintió rabia, pero no contra Nélida.
Aquella descripción pertenecía a su madre. A la mujer que respondía «llovía» cuando le preguntaban dónde había nacido y «alguien que no se quedó» cuando pedían un padre.
Verdades pequeñas.
Muros construidos con frases ciertas.
Cora se agachó junto a la sexta piedra.
—¿Hay algo más enterrado?
Nélida negó.
—No que yo sepa. Las placas con los seis nombres estaban sobre las piedras. Celia las retiró y las destruyó en 1991. La de Mara es la única pieza que yo enterré aquí.
Isara se arrodilló ante la sexta piedra.
En el borde inferior encontró una pequeña marca grabada. No era una letra, sino dos líneas cruzadas y un punto en cada cuadrante. La misma clase de símbolo sencillo que alguien podía trazar para recordar una posición.
Miró las otras piedras.
Cada una tenía una marca diferente.
—Las piedras no conservan identidades —dijo—. Conservan otra clasificación.
Leire se agachó a su lado.
—La nota de Salma mostraba seis puntos y señalaba el último —añadió—. Quien la escribió conocía la posición, aunque los nombres ya no estuvieran.
Isara tocó la marca sin mover la piedra.
—¿Celia hizo estos símbolos?
—Sí —respondió Nélida.
—¿Qué significan?
—Rutas.
—¿Cómo lo sabes?
—Me las explicó en 2004, cuando enterramos la placa de Mara. No las recuerdo de niña.
—¿Rutas hacia dónde?
—Hacia las salidas previstas para cada niña.
Nélida señaló la primera marca.
—Carretera.
La segunda.
—Hospital.
La tercera.
—Convento.
La cuarta.
—Casa particular.
La quinta.
—Estación.
Por último, la sexta.
—Celia.
Isara miró la cruz dividida en cuatro partes.
—La niña destinada a esta salida iba a vivir con ella.
—Sí.
—Mara.
—Al principio.
El viento agitó la manga de la chaqueta gris.
—Después otra —dijo Isara.
Nélida asintió.
No dijo cuál.
Quizá no lo sabía.
Quizá estaba cumpliendo todavía una promesa.
Leire se puso en pie.
—Necesitamos documentar las seis marcas y pedir los expedientes de concesión.
—El cementerio tiene cámaras en la entrada y el encargado llegará al mediodía —respondió Nélida—. No mováis las piedras sin autorización.
Salma miró el reloj.
Eran las once y cincuenta y ocho.
—La reunión es pasado mañana —recordó Cora.
—Por eso alguien quería que encontráramos la placa de Mara antes —dijo Isara—. La suficiente para hacerme confundir su identidad prevista con la mía.
Miró la piedra señalada como Celia .
El engaño no consistía en falsificar la placa. Era auténtica.
Consistía en desenterrar una verdad y dejarla donde produciría la conclusión equivocada.
Exactamente como hacía Celia.
—Fotografiaremos las marcas y el terreno —decidió—. Después pediremos la documentación sin alterar nada más.
Leire asintió lentamente.
Cora parecía menos convencida, pero sacó una cámara pequeña de la mochila.
—No tiene conexión —dijo antes de que preguntaran—. Solo tarjeta.
Fotografiaron las seis piedras, las marcas y el terreno. Nélida sostuvo una regla junto a cada símbolo para conservar la escala. Salma documentó el lugar exacto donde había encontrado la placa.
Mientras trabajaban, Isara observó a Nélida.
No se parecía de forma evidente a ninguna niña de la fotografía. Su trenza recordaba a la primera, pero el cabello podía elegirse. La manera de fruncir los labios se parecía a la pequeña de la cinta. Los parecidos aparecían cuando se buscaban y desaparecían al apartar la vista.
—¿Cuál eras tú? —preguntó.
Nélida continuó sujetando la regla.
—No lo sé.
—Has dicho que sabes dónde estabas aquella noche.
—Sé que estaba en la habitación. No qué nombre llevaba al entrar.
—¿Nélida tampoco era tuyo?
—Fue el que Celia escribió en la autorización.
—¿Pertenecía a otra niña muerta?
—Probablemente.
—¿Nunca lo investigaste?
Nélida retiró la regla.
—Encontré la partida de una sobrina de Ángel fallecida en 1981, con cuatro meses. Del expediente tomaron el parentesco y el apellido. El nombre Nélida se añadió después.
Leire dejó de fotografiar.
—Construyeron una identidad que pareciera pertenecer ya a la familia.
—Sí.
—¿Ángel y Nuria lo sabían?
—Ángel sí. Nuria prefirió no preguntar.
Isara miró la quinta piedra, la que Nélida había identificado como estación.
Cada nueva identidad necesitaba una historia suficiente para sobrevivir a una comprobación superficial. Un familiar muerto. Una inscripción tardía. Una declaración firmada por alguien que ya no podía contradecirla.
No eran nombres elegidos al azar.
Eran huecos disponibles.
Cora guardó la cámara.
—¿Qué había en tu caja?
Nélida la miró.
—Una llave.
—Todas tenemos una.
—La mía no lleva el número seis.
Las otras cuatro quedaron inmóviles.
Nélida introdujo una mano en el bolsillo del abrigo y sacó una llave estrecha de latón. La placa no era ovalada. Tenía forma rectangular y una palabra grabada:
LABORATORIO
Isara recordó el plano.
El laboratorio fotográfico estaba debajo de la habitación seis, junto a la escalera de servicio. Allí había comenzado el fuego. Allí, según Nélida, Celia había preparado la fotografía de Mara para una identidad.
—¿Qué decía tu nota? —preguntó Leire.
—Que esperara en la fila norte hasta que llegara la mujer con la chaqueta de Celia.
Isara sintió las miradas.
—Podía habérsela puesto cualquiera.
—Solo tú la tenías —dijo Nélida.
—¿Cómo podía saber que la llevaría?
—No lo sabía. Por eso he esperado.
—¿Desde qué hora?
—Desde las nueve.
—Podría no haber venido.
—Entonces me habría marchado al anochecer.
La explicación era más inquietante que cualquier certeza profética por su sencillez. Celia no había previsto cada movimiento. Había preparado condiciones y aceptado que algunas podían no cumplirse.
—¿Por qué te dio la llave del laboratorio? —preguntó Cora.
Nélida volvió a guardarla.
—No lo explica.
—Pero sabes lo que hay dentro.
—No he vuelto a entrar desde 1989.
—El edificio está cerrado —dijo Leire.
—La puerta lateral no.
—¿Cómo lo sabes?
—La vi abierta anoche desde la carretera.
Salma miró hacia la ladera cubierta de niebla.
—Alguien ha entrado.
—Sí.
—¿Fuiste tú?
—No.
—¿Viste a alguien?
—Una luz en la primera planta. Después otra en el laboratorio.
Isara sintió la llave del número seis en un bolsillo y la del laboratorio oculta en el abrigo de Nélida.
Dos accesos.
Dos plantas.
Las mismas zonas conectadas por la escalera por la que habían salido tres niñas.
Leire cerró la funda de la cámara.
—No vamos al internado.
—Anoche dijiste que lo veríamos desde fuera —recordó Salma.
—Eso fue antes de saber que alguien está dentro.
—Precisamente por eso debemos comprobarlo.
—No somos investigadoras criminales.
Cora levantó una ceja.
—Habla por ti.
—Tú eres periodista.
—Y tú abogada. Ninguna ha destacado hasta ahora por respetar los límites de su profesión.
La discusión subió de tono, pero Isara apenas la oyó.
Miraba las seis plantas de romero.
La placa de Mara había sido desenterrada y dejada casi en la superficie para inducirla a confundir la identidad prevista para la niña con la suya.
Quien las guiaba conocía los métodos de Celia.
No necesitaba inventar pruebas.
Solo moverlas.
Nélida se acercó a la sexta piedra y enderezó el romero. Al hacerlo, algo metálico brilló entre las raíces.
Isara se agachó.
No era otra placa. Era una anilla pequeña unida a un fragmento de plástico negro.
Leire la detuvo antes de que la tocara.
—Fotografía primero.
Cora sacó la cámara.
El fragmento tenía una superficie curva y una abertura lateral.
Salma lo reconoció.
—Es la tapa de un objetivo.
Isara observó el corte irregular. No se había roto por el paso del tiempo. Alguien lo había pisado o golpeado recientemente.
En el borde interior, escritas con rotulador blanco, aparecían dos iniciales:
C. B.
Todas miraron a Cora.
Ella tardó un segundo en comprender.
Después abrió la mochila y buscó en el bolsillo lateral donde había guardado su cámara.
El objetivo no tenía tapa.
—La perdí hace un mes —dijo.
—¿Dónde? —preguntó Salma.
Cora sostuvo el aparato con ambas manos.
—En Fuente Fría.
El cementerio quedó en silencio.
Leire habló primero.
—Dijiste que no sabías que vendríamos hoy. También dijiste que habías llegado anoche.
—Las dos cosas son ciertas.
—¿Cuándo entraste en el internado?
Cora miró la tapa enterrada junto al lugar donde había aparecido la placa de Mara.
—Hace un mes.
—¿Sola?
—Sí.
—¿Por qué no lo habías contado?
—Porque encontré algo en el laboratorio y, cuando salí, alguien ya sabía que había estado allí.
Isara se puso en pie.
—¿Qué encontraste?
Cora cerró la mochila.
—La fotografía completa.
Nélida dejó caer las tijeras.
Cora miró a Isara.
—La que muestra las siete caras.