Capítulo 9 — Los nombres enterrados #2
—Que ninguno de los nombres de mis documentos era el primero.
—¿Te dijo tu nombre original?
—Dijo que no estaba segura.
Salma soltó una exhalación de incredulidad.
—Celia preparó identidades para todas. Claro que lo sabía.
—Preparó salidas —corrigió Nélida—. Algunas identidades se decidieron después.
Isara recordó la cinta empalmada.
Dos voces diferentes podían decir «Mara» e «Isara» porque los nombres no habían sido asignados de una vez. Podían haberse movido de una niña a otra conforme cambiaba el plan.
—¿Qué son estas piedras? —preguntó Leire.
Nélida miró los seis rectángulos.
—Los nombres que tuvieron que morir.
El viento movió los cipreses. El sonido llegó hasta ellas como un roce de ropa.
—¿Hay cuerpos debajo? —preguntó Salma.
—No.
—¿Estás segura?
—Vi los documentos de concesión. Son memoriales sin restos.
Leire se agachó junto a la primera piedra.
—No hay inscripciones.
—Las había.
—¿Quién las retiró?
—Celia.
Nélida dejó el cubo en el suelo.
—En 1990 solicitó seis espacios con nombres distintos. No eran tumbas oficiales. Pagó para colocar placas conmemorativas privadas. Un año después quitó los nombres y plantó el romero.
—¿Por qué? —preguntó Cora.
—Porque alguien empezó a preguntar por qué una mujer sin familiares enterrados aquí visitaba seis lápidas infantiles.
—¿Qué nombres había? —dijo Isara.
Nélida señaló las piedras una por una.
—Duna. Leire. Salma. Nélida. Cora.
Se detuvo ante la sexta.
—Isara.
Isara notó que la llave presionaba contra su costado.
—No Mara.
—No.
—¿Dónde estaba su nombre?
Nélida miró la mochila de Salma.
—Debajo de Isara.
Salma sacó la bolsa transparente.
—¿Tú enterraste la placa?
—Sí.
—¿Cuándo?
—En 2004.
—¿Por orden de Celia?
—Por petición de Celia.
—¿Qué diferencia hay?
—Que podía negarme.
Salma sostuvo la bolsa entre ambas.
—No lo hiciste.
—No.
—¿Por qué?
Nélida miró la pieza de metal.
—Porque era de Mara.
Isara sintió que el resto del cementerio se alejaba.
—¿Cómo lo sabes?
—La vi en el hospital, después de que una enfermera le colocara la pulsera.
Salma se acercó.
—Entonces no la llevaba al salir de Fuente Fría.
—No. Mara llegó sin identificación. La placa se añadió durante el ingreso.
—¿Iba contigo en la furgoneta?
Nélida asintió.
Nadie habló.
Isara vio el vestido claro sobre la cama de Celia. La etiqueta descosida. La palabra roja oculta bajo el nombre.
FALLECIDA.
—Duna cree recordar que murió antes del fuego —dijo.
—Duna recuerda que Mara desapareció de la habitación antes del incendio. No es lo mismo.
—¿Cuándo salió?
—Aquella tarde. Estaba enferma.
—¿La llevaron a la enfermería?
—La habitación era la antigua enfermería.
—Entonces ¿adónde?
—Al laboratorio de abajo.
Cora frunció el ceño.
—¿Por qué llevarían a una niña enferma a un laboratorio fotográfico?
—No la llevaron por estar enferma.
Nélida volvió a coger el cubo, pero ya no quedaba agua.
—Celia quería fotografiarla.
—¿Para un expediente? —preguntó Leire.
—Para una identidad.
Isara recordó las fotografías manipuladas y los álbumes que, según la idea inicial de la reunión, esperaban dentro del internado. Celia no solo documentaba a las niñas. Fabricaba la continuidad visual de sus vidas.
—¿Mara regresó a la habitación? —preguntó.
—Sí. Antes de que empezara el humo.
—¿Estabas allí cuando dijo su nombre?
—La oí practicar «Mara» aquella tarde. Creo que esa es la voz de la cinta porque tartamudeaba cuando tenía miedo, pero no puedo demostrar cuándo se grabó ese fragmento.
—¿Y la niña que dice «Isara»?
—Era otra voz.
Leire dio un paso hacia ella.
—¿De quién?
—No lo recuerdo.
Cora parecía contener el impulso de correr a buscar su ordenador.
—¿Sabes por qué está empalmada?
—En 2004, Celia me dijo que había reunido ensayos de momentos distintos y que los nombres cambiaron cuando cambiaron las salidas. No me explicó el orden exacto ni cuándo hizo el montaje.
Isara sintió que la frase se unía a todo lo anterior.
La cama preparada para Mara.
La tabla que la vinculaba a Isara Luján.
Una voz distinta pronunciando después aquel nombre.
La identidad prevista para Mara había terminado asignada a otra niña.
—Mara no llegó a utilizar la identidad —dijo Isara.
—No.
—¿Porque murió?
Nélida cerró los dedos alrededor del asa del cubo.
—Salimos por la escalera de servicio. Había mucho humo. Alguien nos metió en la furgoneta antes de que llegaran los bomberos. Éramos tres niñas dentro.
—¿Quiénes? —preguntó Salma.
—Mara, yo y otra.
—¿Cuál?
—No podía verle la cara. Tenía la cabeza cubierta con una manta.
—¿Estaba herida?
—No lo sé.
—¿Quién os metió?
Nélida miró a Isara.
—Durante años creí que Celia. Vi una mujer inclinándose sobre la puerta y oí una voz que reconocí como la suya. Había humo y yo apenas podía mantener los ojos abiertos. Ya no puedo asegurarlo.
El alivio apareció en Isara y se deshizo antes de completarse. Celia podía haberlas ayudado. También podía ser otro recuerdo construido alrededor de ella.
—¿La mujer viajó con vosotras? —preguntó.
—No. Cerró las puertas y dijo al conductor que no se detuviera hasta llegar al hospital.
—¿Era Ángel?
—No. La furgoneta estaba aparcada en Fuente Fría antes de que él llegara. No sé quién conducía.
Leire frunció el ceño.
—Dijiste que Ángel y Nuria enviaron los vehículos.
—Los enviaron después de recibir el aviso. Cuando llegaron, la furgoneta ya se marchaba. Ángel la siguió hasta el hospital. El conductor desapareció antes de que nadie preguntara quién era.
—¿Y Mara? —dijo Isara.
Nélida bajó la vista hacia el romero.
—Respiraba mal. Yo le sujetaba la mano. La tercera niña no se movía, pero estaba consciente. Podía oírla llorar debajo de la manta.
—¿Mara llegó viva al hospital?
—Sí.
—Entonces no murió en el incendio.
—Murió después.
La frase del mensaje encontrado en la cocina regresó con exactitud.
Mara no murió antes del incendio. Murió después de que Celia eligiera a cuál de las seis salvar.
Quizá quien lo había escrito conocía la verdad.
O conocía una parte suficiente para deformarla.
—¿La viste morir? —preguntó Salma.
Nélida asintió.
—En un pasillo. Al llegar, una enfermera le ajustó esa placa en la muñeca. Nos dejaron sobre dos camillas mientras atendían a los heridos más graves. Mara dejó de apretarme la mano y trataron de reanimarla.
Señaló la bolsa.
—¿Por qué no aparecía su ingreso en la documentación que vimos? —preguntó Leire.
—No lo sé. Vi a Celia en el pasillo antes de que me administraran algo para dormir, pero no sé qué hizo ni qué quedó registrado. Cuando desperté, Mara ya no estaba y la tercera niña tampoco.
Isara miró las seis piedras sin nombre.
—¿Cómo recuperaste la placa?
—No la recuperé yo. Celia me la dio en 2004.
—Quince años después.
—Dijo que la habían separado de la pulsera cortada después de la muerte de Mara y que ella la había recuperado años después del expediente hospitalario. No me explicó quién la conservó antes ni cómo consiguió retirarla.
—¿Qué más tenía? —preguntó Cora.
—No me lo enseñó.
—¿Por qué te entregó la placa?
—Porque yo era la única que podía confirmar que Mara había salido viva de Fuente Fría.
Leire señaló la sexta piedra.
—Y te pidió que la enterraras bajo el memorial que había llevado el nombre Isara.
—Sí. La inscripción ya se había retirado, pero la marca de la ruta seguía allí.
—¿Te explicó por qué?
Nélida miró a Isara.
—Dijo que aquel era el lugar de la niña que debía haber recibido ese nombre.
Isara sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.
—Mara iba a convertirse en Isara Luján.
—Sí.
—Pero murió.
—Sí.
—Entonces el nombre pasó a otra niña.
Nélida no respondió.
La cinta ya sugería lo mismo: la voz que pronunciaba «Isara» no era la de Mara.
No quiero ese nombre.
Es el único que puede salvarte.
Isara.
Isara cerró los ojos.
Durante dos días había mirado el vestido de Mara como si fuera una puerta hacia sí misma. Había permitido que una etiqueta cosida y una fotografía sin rostro llenaran el espacio vacío de su infancia.
Ahora aquel camino terminaba en un pasillo de hospital.
Mara había muerto.
La mujer que llevaba su vestido no era ella.
O, al menos, no podía ser la niña que había dejado de respirar junto a Nélida.
—Tú sabías que no soy Mara —dijo.
—Sabía que Mara murió.
—Me viste en la fotografía de Cora. Sabías que Celia me había criado.
—No sabía qué niña eras antes.
—¿Y ahora?
Nélida observó su rostro con una intensidad tranquila.
—Ahora tampoco.
La respuesta dolió más de lo que Isara esperaba.
Salma señaló la placa.
—¿Por qué dejaste que la encontrara?
—No lo hice.
—Mi nota marcaba este lugar.
—Yo no escribí tu nota.
—Pero sabías que la placa estaba aquí.
—Vine a comprobar si seguía enterrada.
—¿Cuándo?
—Ayer por la mañana.
—Yo llegué por la tarde.
—Entonces alguien te condujo hasta ella después de asegurarse de que yo me marchara.
Leire examinó el terreno.
—¿La piedra ya estaba movida?
—No.
—¿Había señales de que alguien hubiera cavado?
—No.
Cora se giró hacia el camino central.
—Quien preparó las notas conocía el lugar exacto y vuestros horarios.
—O siguió a Nélida —dijo Salma.
Nélida no pareció ofenderse.
—Es posible.
—¿Dónde te alojas? —preguntó Leire.
—En mi casa rural.
—Está a más de una hora.
—Cincuenta y tres minutos.
—¿Viniste solo para revisar una placa enterrada desde 2004?
Nélida dejó las tijeras sobre la sexta piedra.
—Vine porque Celia murió.
Isara levantó la cabeza.
—¿Qué relación tiene su muerte con esto?
—Me pidió que regresara a la fila norte después de su funeral.
—¿Cuándo?
—La última vez que nos vimos.
—¿Cuándo fue?
—En noviembre del año pasado.
Isara sintió una punzada de traición absurda. En noviembre del año anterior había cenado con Celia dos veces, la había acompañado a una revisión médica y le había preguntado por qué parecía tan cansada. Su madre no mencionó un viaje a Valdecierzo.
—¿Venía todos los años para verte? —preguntó.
—No siempre hablábamos. Algunas veces dejaba seis piedras blancas junto al romero y se marchaba.
—Berta dijo que venía cada noviembre.
—Sí.
—¿Por qué?
Nélida miró las plantas.
—Para recordar los nombres que había enterrado.
—¿Y el año pasado qué te dijo?
—Que ya no podría volver.