Capítulo 9 — Los nombres enterrados
El cementerio de Valdecierzo estaba al otro lado del río, sobre una loma desde la que se veía casi todo el pueblo.
Leire tomó una carretera estrecha que ascendía entre muros de piedra. Cora las seguía a poca distancia en su coche. No había propuesto que compartieran vehículo. Isara agradeció aquella separación provisional.
A medida que ganaban altura, la torre de la iglesia quedó por debajo de la carretera. Más allá de los tejados, la ladera del internado continuaba cubierta por una franja de niebla. El edificio seguía sin verse.
—¿Con qué cavaste ayer? —preguntó Leire.
Salma miraba por la ventanilla trasera.
—Con una pala pequeña que había junto a los contenedores. La devolví después.
—¿Al mismo sitio?
—Sí. Y la placa estaba a dos centímetros de profundidad. No abrí una tumba.
Isara se volvió hacia Salma.
—¿Por qué estabas segura de que debías cavar allí?
—No lo estaba.
—Tu nota llevaba una cruz.
—Una cruz y seis puntos. El último estaba rodeado por un círculo. Detrás del panteón hay seis arbustos plantados en línea. Cavé junto al sexto.
—¿Arbustos de qué?
—No lo sé. Plantas verdes.
Leire miró fugazmente el retrovisor.
—Romero.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo vi en una fotografía aérea.
Salma soltó una risa breve.
—Naturalmente.
Isara introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta y tocó la llave. Desde que habían abandonado el archivo, el metal parecía más pesado.
La habitación seis había sido construida para cinco niñas.
Después alguien había encargado una sexta cama.
En la copia de la tabla, Mara aparecía vinculada a la identidad Isara Luján .
Aquella combinación bastaba para convertir el vestido en una acusación, pero no en una prueba. Isara intentó repetírselo mientras el coche atravesaba la entrada del cementerio.
La verja permanecía abierta. Un cartel pedía mantener cerradas las puertas para evitar la entrada de animales, aunque ninguna de las dos hojas llegaba a tocarse. El camino central estaba cubierto de grava húmeda y bordeado por cipreses.
No había nadie en la garita.
Leire estacionó cerca de una fuente. Cora dejó su coche dos filas más atrás y se acercó con una mochila pequeña. Ya no llevaba la grabadora a la vista.
Salma se fijó en ella.
—¿Dónde está?
—En el coche.
—¿Conectada?
—Sin batería.
—Ayer también dijiste que estaba apagada.
Cora abrió los brazos.
—Puedes registrarme.
—No me des ideas.
Leire cerró el coche.
—Apagad los teléfonos y dejadlos en el maletero. Si alguna cuenta comparte ubicación o algún dispositivo está comprometido, no vamos a llevarlo hasta la fila norte.
—Apagarlo no arregla una cuenta intervenida —dijo Cora.
—No. Pero evita que carguemos con el aparato.
Isara sacó el teléfono, lo apagó y lo dejó en el maletero.
—Todos —dijo.
Salma fue la siguiente. Cora entregó el suyo después de comprobar que la pantalla se había oscurecido por completo. Leire dejó el suyo con los demás y cerró.
—Ahora solo podemos desconfiar de nosotras —dijo Salma.
—Será un descanso —respondió Cora.
El panteón común se encontraba en la parte más antigua del cementerio. No era un edificio, sino una losa vertical de granito encajada en un muro. Sobre ella había una inscripción:
A LAS SEIS MENORES FALLECIDAS EN EL INCENDIO DE FUENTE FRÍA
Debajo figuraba la fecha.
19 DE NOVIEMbrE DE 1989
No aparecía ningún nombre.
Había flores recientes en dos jarrones de metal. Crisantemos blancos, todavía húmedos. Isara se agachó y examinó uno de los tallos.
—No llevan mucho aquí.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Salma.
—El corte sigue pálido. Pero no puedo precisar cuándo los dejaron.
Cora miró alrededor.
—Puede haber sido el personal del cementerio.
—O alguna familia —dijo Leire.
—¿Qué familia? —preguntó Salma—. Ni siquiera hay nombres.
Isara observó la inscripción.
Seis menores.
La fórmula evitaba identificarlas, pero fijaba el número. El monumento no recordaba a unas niñas concretas. Recordaba una versión de los hechos.
—La fila norte está detrás —dijo Salma.
Rodearon el muro.
El terreno descendía ligeramente hacia una valla de hierro cubierta de hiedra. Había tumbas más pequeñas y antiguas, muchas sin flores. Algunas lápidas pertenecían a bebés fallecidos en las décadas de 1950 y 1960. Otras solo mostraban iniciales.
Al final de la fila crecían seis matas de romero, separadas a la misma distancia. Delante de cada una había una piedra rectangular colocada al nivel de la tierra.
No llevaban nombres.
La sexta planta estaba torcida. La tierra que la rodeaba era más oscura y conservaba la forma de un agujero rellenado a mano.
—Ahí —dijo Salma.
Leire se acuclilló sin tocar el suelo.
—Alguien ha vuelto a cavar después de ti.
—Yo dejé la tierra plana.
—Ahora también está plana.
—Pero el romero no estaba inclinado.
Isara se acercó a las piedras. Las cinco primeras estaban cubiertas por una capa irregular de líquenes. La última parecía más limpia en uno de los bordes.
—La han levantado —dijo.
—¿Cuándo? —preguntó Cora.
—No puedo saberlo. Pero el lado izquierdo estaba enterrado y ahora queda expuesto. La parte que no recibió luz tiene otro color.
Salma dejó la mochila en el suelo y sacó la bolsa con la placa.
—La encontré aquí.
No llegó a agacharse.
Una voz habló detrás de ellas.
—No deberías haberla sacado.
Las cuatro se volvieron.
Una mujer se encontraba al comienzo de la fila. Llevaba botas de goma, un pantalón oscuro y un abrigo verde. En una mano sostenía un cubo con agua. En la otra, unas tijeras de podar.
Isara la reconoció por la fotografía de la casa rural.
Nélida Sanz.
Tenía el cabello castaño recogido en una trenza corta y unas facciones serenas que no expresaban sorpresa. Miró a Salma, después a Leire y a Cora. Cuando sus ojos llegaron a Isara, se detuvieron en la chaqueta gris.
—Has venido con ella —dijo.
Isara bajó la vista hacia la prenda.
—Era de Celia.
—Ya lo sé.
Salma guardó la placa en la mochila.
—¿Nos estabas esperando?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde esta mañana.
Leire avanzó un paso.
—No has respondido a ninguna llamada.
—No tenía nada que decir por teléfono.
—Podías haber dicho que estabas aquí.
—Entonces habríais venido antes de tiempo.
Cora la observaba con una atención casi física.
—¿Antes de qué?
Nélida dejó el cubo junto al primer romero.
—Antes de encontraros las unas a las otras.
Isara señaló el panteón.
—¿Los crisantemos los has dejado tú?
—Esta mañana, antes de venir a esperar aquí.
—Ya somos cinco —dijo Salma.
—Todavía no.
Nélida miró a Isara.
—Ella aún no sabe si forma parte de las seis.
La frase no sonó como la grabación de la cámara. No era una acusación deliberadamente ambigua. Nélida parecía limitarse a señalar un hecho.
—Tú tampoco —respondió Isara.
—Yo sí sé dónde estaba aquella noche.
—¿En la habitación seis?
—Al principio.
Leire sacó una libreta del bolso.
—Empecemos por algo más sencillo. ¿Por qué estás aquí?
Nélida miró la libreta.
—No voy a prestar declaración.
—No soy policía.
—Eso me preocupa más.
Salma se interpuso antes de que Leire continuara.
—¿Conocías a Celia?
—Sí.
—¿De niña?
—Y de adulta.
Isara sintió una punzada distinta a las anteriores. Hasta aquel momento todas hablaban de Celia a través de papeles, recuerdos fragmentarios o grabaciones. Nélida la había conocido después. Podía haber conversado con ella, formulado las preguntas que Isara nunca consiguió hacer.
—¿Cuándo volviste a verla? —preguntó.
Nélida levantó el cubo y comenzó a regar el primer romero.
—En 1998.
—Tenías unos catorce años.
—Según mis documentos.
—¿Fue a buscarte?
—Sí.
—¿Por qué?
—Quería saber qué recordaba.
El agua oscureció la tierra alrededor de la planta.
—¿Y qué recordabas? —preguntó Cora.
—Más de lo que ella esperaba. Menos de lo que yo necesitaba.
Nélida pasó al segundo romero.
Leire cerró la libreta, aunque no la guardó.
—¿Tus padres adoptivos permitieron que se reuniera contigo?
—No eran mis padres adoptivos. No hubo adopción.
—Te criaron.
—Sí.
—¿Quiénes eran?
—Ángel y Nuria Sanz. Trabajaban para una empresa que transportaba pacientes entre pueblos y hospitales. La madrugada del incendio enviaron dos vehículos a Fuente Fría.
Salma se tocó la cicatriz del cuello.
—Ambulancias.
—Una ambulancia y una furgoneta adaptada.
—¿Te sacaron ellos del internado?
—Me encontraron dentro de la furgoneta cuando llegaron al hospital.
Isara frunció el ceño.
—¿Cómo entraste?
—No lo sé.
—¿No recordabas quién te había subido?
—Durante años pensé que había sido Celia. Después dejé de estar segura.
Nélida regó el tercer romero.
—No había documentación conmigo. Nadie supo de qué habitación había salido.
El hospital estaba lleno de heridos, periodistas y personas del pueblo.
Ángel dijo que me llevaría con servicios sociales cuando aclararan la situación.
Tres días después, alguien le entregó una autorización temporal firmada por Celia.
—La autorización que encontré —dijo Leire.
Nélida asintió.
—Temporal se convirtió en para siempre.
—¿Por qué no te adoptaron legalmente?
—Porque hacerlo habría obligado a demostrar quién era yo.
—¿Y nunca lo intentaron?
—Nuria sí. Alguien le aconsejó que no siguiera removiendo el expediente si quería conservarme.
Leire volvió a abrir la libreta.
—¿Quién?
—Un abogado de la Fundación Santa Lucía.
Cora y Leire se miraron.
La fundación que había pagado la construcción de la habitación.
—¿Recuerdas su nombre? —preguntó Cora.
—No. Mis padres tampoco querían pronunciarlo cuando yo estaba delante.
—¿Celia siguió en contacto con ellos?
—Enviaba dinero dos veces al año.
Isara apretó los dedos dentro de los bolsillos.
—¿Para mantenerte?
—Decía que era para gastos escolares. Ángel devolvió los primeros sobres. Ella los enviaba de nuevo sin remitente.
—¿Y después fue a buscarte en 1998?
—Nuria había muerto. Ángel estaba enfermo. Celia sabía que yo empezaría a hacer preguntas cuando me quedara sola.
Nélida regó la cuarta planta.
No hablaba con resentimiento. Cada frase, sin embargo, parecía haber sido pronunciada muchas veces en silencio.
—¿Te contó quién eras? —preguntó Isara.
—Me contó quién no podía ser.
—¿Qué significa eso?