Capítulo 8 — La habitación que no existía #3
—Una niña con un nombre —dijo.
—No una niña con otra niña —añadió Cora.
Berta se quitó las gafas.
—Celia estaba muy alterada.
—¿Qué más dijo? —preguntó Isara.
—Que todos trataban seis nombres como si correspondieran a seis cuerpos.
Salma se llevó una mano a la cicatriz.
—¿Y no era así?
—Eso dijo.
Isara miró los cinco nombres del registro.
—La frase de las cajas dice que solo salvó a cinco.
—La frase puede referirse a cinco vidas, cinco identidades o cinco salidas.
—Y Mara —dijo Cora— pudo ser la sexta trasladada a la habitación poco antes del incendio.
Isara observó las cinco identificaciones del 17 de noviembre.
Duna.
Leire.
Salma.
Nélida.
Cora.
La identificación Mara todavía no figuraba allí. Aquello no demostraba qué niñas ocupaban físicamente las camas, solo qué nombres utilizaba el registro.
En un fragmento posterior de la cinta, una niña decía llamarse Mara. El empalme impedía fechar su llegada o asegurar que aquella voz hubiera sido grabada a la una y doce.
Entre ambos documentos faltaban exactamente dos páginas.
—¿Hay copias de este libro? —preguntó.
Berta volvió a ponerse las gafas.
—Los listados diarios se enviaban por fax a la administración provincial cuando había cambios de ocupación.
—¿Se conservan?
—No aquí.
Leire sacó un lápiz.
—¿Dónde?
—En teoría, en el archivo de protección de menores. Pero cerró hace años y sus fondos se repartieron.
—¿En teoría?
—Una parte terminó en un almacén judicial. Otra, en servicios sociales. Y otra fue destruida por humedad.
Cora anotó las tres posibilidades.
—¿Hay algún documento sobre el traslado de una sexta niña?
Berta miró a Isara.
—Una factura.
—¿De qué?
—De una cama.
Regresó a las cajas y buscó durante varios minutos. Encontró una hoja doblada dentro de un expediente de suministros.
La factura estaba fechada el 8 de noviembre de 1989.
Una cama infantil de hierro, colchón y juego de sábanas. Destino: enfermería provisional.
Debajo, alguien había añadido a mano:
Para M. Llegará cuando esté preparada.
Isara reconoció la letra.
Era de Celia.
No necesitó compararla con las cartas.
—Mara —dijo Salma.
—O cualquier nombre que empezara por eme —respondió Leire.
Pero ninguna propuso otro.
Isara apoyó las yemas de los dedos junto a la anotación, sin tocarla.
Si la inicial correspondía a Mara, Celia había preparado una cama once días antes del incendio.
Su llegada no habría sido una reacción improvisada de la última noche, sino una incorporación prevista con antelación.
—¿Qué significaba «cuando esté preparada»? —preguntó Cora.
Berta no respondió.
Isara miró el plano, la factura de la obra y el registro incompleto.
La habitación seis había sido construida sin permiso para cinco niñas. Después alguien había encargado una sexta cama y Celia había anotado una inicial en la factura. La orden de carpintería mencionaba seis copias de llave. Una salida podía bloquearse desde fuera y la otra desde dentro.
Nada de aquello parecía improvisado.
El incendio sí podía haberlo sido.
O podía haber sido la última parte del plan.
—Celia sabía que iba a sacar a alguien de allí —dijo.
Leire cerró la carpeta.
—O sabía que iba a meterla.
Isara levantó la cabeza.
Berta las observaba desde el otro lado de la mesa. Tenía las manos juntas y los nudillos blancos.
—La fotocopia del parte —dijo Isara—. ¿Se puede leer?
Berta volvió a abrir la carpeta de incidencia.
La reproducción estaba oscura y uno de los márgenes se había perdido, pero conservaba dos columnas. En la primera figuraban identificaciones utilizadas dentro. En la segunda, nombres previstos para después.
Leire se inclinó hacia delante.
—¿Qué pone junto a Mara?
Berta señaló una línea mecanografiada que todavía podía distinguirse.
—Isara Luján.
El sótano pareció quedarse sin temperatura.
Isara metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y cerró los dedos alrededor de la llave.
No era una prueba de que ella hubiera sido Mara.
Demostraba que, en algún momento, alguien había previsto que Mara saliera con el nombre que Isara llevaba desde niña.
Durante unos segundos volvió a oír la grabación.
Ahora dime cómo te llamarás cuando salgamos de aquí.
Isara.
—¿Y junto a Lía? —preguntó.
La casilla estaba corregida. Debajo quedaban restos de una palabra ilegible. Encima se leía FUERA .
—¿Fuera de la habitación o fuera del internado? —preguntó Cora.
—No lo sé.
—¿Por eso Celia intentaba llevarse la hoja?
—Eso declaró cuando la detuve —respondió Berta—. Dijo que nadie debía conocer la ruta de Lía hasta que las otras estuvieran a salvo.
Isara sacó la fotografía de Celia con el bebé y la dejó sobre la mesa.
Berta palideció.
—Celia llevaba una copia de esa imagen cuando vino en 2004.
—¿Dijo quién era? —preguntó Isara.
—La llamó Lía.
La fecha del reverso seguía sin demostrar cuándo se había tomado la fotografía. Pero, si correspondía al nacimiento de la niña, Lía habría tenido cinco años la noche del incendio.
La edad de las demás.
No una criatura apartada de lo ocurrido por varios años, sino una séptima niña capaz de haber compartido sus juegos, su ropa y sus recuerdos.
—La frase dice que no estaba en la habitación seis —dijo Salma.
—No que estuviera lejos de Fuente Fría —respondió Leire.
Isara miró la mano diminuta que asomaba de la manta.
La fotografía no identificaba a ninguna de las mujeres adultas. Solo unía por primera vez el nombre Lía, la hija de Celia y una niña de la misma generación que ellas.
Berta devolvió la fotografía.
—Celia vino a este archivo por última vez en 2006 —dijo—. Me preguntó si alguien había consultado la hoja antes de que desapareciera. Le dije que no podía asegurárselo.
—¿Y qué hizo? —preguntó Isara.
—Me dijo que, si las seis volvían algún día, no debía permitir que creyeran que la habitación había sido construida únicamente para encerrarlas.
—¿Para qué se construyó? —dijo Salma.
Berta miró el plano de las dos puertas.
—Según Celia, para mantenerlas separadas mientras preparaban salidas distintas. No sé si me dijo toda la verdad.
Isara pensó en la nota de Celia.
No permitas que entren juntas en la habitación seis.
Quizá no era una advertencia sobre lo que encontrarían dentro.
Quizá era una instrucción basada en lo que había ocurrido la primera vez.
Una por una.
Nombres distintos.
Puertas distintas.
Vidas distintas.
Leire cerró la última caja.
—Vamos al cementerio.
Cora empezó a guardar el ordenador.
—Voy con vosotras.
—No —dijo Salma.
—Tengo coche.
—Ese no es el problema.
—Lo sé.
Isara miró la mesa cubierta de documentos. Habían llegado juntas tres de las seis y habían encontrado a una cuarta sin que ninguna pudiera demostrar que el encuentro fuera casual.
Cora conocía los cortes de la cinta, los informes preliminares y los movimientos de Duna. También era la persona cuya identidad digital utilizaba quien las vigilaba.
Dejarla atrás no las protegería.
Solo impediría ver qué hacía.
—Vendrá —decidió Isara.
Salma la miró con dureza.
—Anoche acordamos no separarnos.
—No nos separamos. La añadimos.
—Eso no es lo mismo.
—No. Pero todavía no somos las seis.
Berta llevó las cajas al mostrador. Antes de devolverles los teléfonos y bolsos, hizo una copia del registro de consulta.
Cuando Isara firmó la hora de salida, la archivera colocó una mano sobre la hoja.
—Celia no volvió a vivir aquí después del incendio —dijo—, pero regresaba cada noviembre. La vi varias veces con flores y, después de la incidencia de 2004, la acompañé una vez.
—¿Al cementerio?
—Sí.
—No hay tumbas individuales.
—No visitaba el panteón.
Isara recordó la placa de Mara encontrada detrás.
—¿Dónde iba?
Berta retiró la mano.
—A la fila norte.
El mismo lugar escrito en la nota de Salma.
No era una nueva dirección.
Era la confirmación de que Celia había regresado durante años al punto donde ahora las estaba conduciendo.
Salieron del archivo a las once y doce.
La niebla había desaparecido del pueblo, pero permanecía acumulada en la ladera que conducía al antiguo internado.
Desde la plaza no se veía el edificio.
Solo la carretera que ascendía hacia él.
Cora fue a recoger su coche. Leire abrió el suyo. Salma guardó la placa de Mara en el asiento trasero.
Isara permaneció unos segundos junto a la puerta del acompañante.
Habían descubierto que la habitación seis no existía dos meses antes del incendio.
Que se construyó para cinco niñas y recibió una sexta cama.
Que la identidad Isara Luján había sido prevista para Mara.
Y que Lía, la niña de la fotografía, pertenecía a su misma generación.
Por primera vez, Isara no sintió que estuviera buscando quién había sido.
Sintió que alguien había diseñado con anticipación todas las personas que podían llegar a ser.
Subió al coche.
Leire arrancó en dirección al cementerio.