Capítulo 8 — La habitación que no existía #2
—Motivo —leyó Salma—: «Imposibilidad de garantizar la evacuación de menores por la escalera de servicio y ausencia de sectorización contra incendios».
Leire pasó la página.
—La denegación está firmada el tres de octubre.
—Pero la habitación existía en noviembre —dijo Isara.
Cora abrió otra caja.
—Entonces hicieron la obra sin permiso.
Encontraron la factura veinte minutos después.
No estaba archivada con las licencias, sino entre los pagos de una fundación benéfica que financiaba parte del internado. Una empresa de carpintería había cobrado por instalar un tabique, dos puertas, cinco armarios y cerraduras nuevas en la antigua enfermería.
Fecha de finalización: 17 de octubre de 1989.
—Un mes antes del incendio —dijo Salma.
Isara revisó la relación de materiales.
Una cerradura de seguridad para puerta principal.
Un pasador interior.
Un cerrojo exterior para acceso auxiliar.
Seis copias de llave.
Sacó la llave de su bolsillo sin llegar a mostrarla.
—Seis copias.
Leire leyó por encima de su hombro.
—No sabemos si son las nuestras.
—Las placas parecen antiguas —dijo Isara.
—Eso no demuestra cuándo se colocaron ni si pertenecen a esta cerradura —respondió Leire.
Cora fotografió la factura con la cámara compacta.
—¿Quién pagó?
Leire señaló el sello.
—Fundación Santa Lucía.
—No existe desde 1994 —dijo Cora—. He revisado sus cuentas. Entre los donantes aparecen apellidos que después figuran en guardas y adopciones de menores procedentes de Fuente Fría.
Salma apoyó los antebrazos en la mesa.
—¿La obra se hizo para esconder niñas?
—O para aislarlas —respondió Leire.
Isara volvió al plano.
La habitación provisional tenía dos accesos. La puerta principal daba al corredor. La auxiliar conectaba con una escalera estrecha que descendía junto al antiguo laboratorio fotográfico.
—La puerta que aparece en las notas puede ser cualquiera de las dos —dijo.
—La de Celia decía que no entrarais juntas —recordó Cora.
Isara la miró.
—¿Quién te lo ha contado?
—Duna.
—Se lo dije a Duna antes de saber que grababas.
—Y Duna me lo contó después de saberlo.
—Eso no mejora nada.
Leire interrumpió antes de que continuaran.
—Si había una salida auxiliar, el relato oficial del incendio no encaja.
Cora regresó a su sitio y sacó una copia impresa.
—Por eso vine.
Era un informe preliminar de bomberos. La primera página llevaba un sello del juzgado provincial y una anotación que indicaba que el documento había sido sustituido por una versión definitiva.
El origen probable del fuego no se situaba en el dormitorio infantil.
Se situaba en el laboratorio fotográfico de la primera planta.
—El laboratorio de Celia —dijo Isara.
—El laboratorio del internado —corrigió Leire—. No era suyo.
—Ella trabajaba allí.
Cora señaló un párrafo.
—El fuego comenzó cerca de un armario metálico donde se guardaban negativos y expedientes fotográficos. Había restos de acelerante.
Salma leyó la hora.
—Una y diecinueve.
Isara recordó la cinta.
Celia había anunciado la grabación a la una y doce.
La alarma sonaba al final.
—Si la fecha y la alarma pertenecieran a la misma secuencia, solo habrían pasado unos minutos.
—Según este informe, la alarma general se activó a la una y veinticuatro —dijo Cora—. Ese sonido podría proceder de la noche del incendio.
—Sin demostrar que estuviera unido originalmente al primer segmento —respondió Leire.
—Exacto.
Cora no intentó defender su conclusión.
Aquello hizo que Isara confiara un poco más en ella y se enfadara consigo misma por hacerlo.
Salma examinó el plano de la escalera auxiliar.
—Si el fuego empezó aquí, esta salida quedó bloqueada antes que el corredor.
—No necesariamente —dijo Isara—. El laboratorio estaba una planta más abajo.
—El humo subiría por la escalera.
—Entonces ¿por qué construir una salida de emergencia junto a una zona con productos inflamables? —preguntó Cora.
Leire volvió a leer la memoria de obra.
—Porque no la construyeron como salida de emergencia. La llamaron acceso reservado al personal.
—Con un cerrojo exterior —añadió Isara.
La frase las silenció.
La factura no permitía saber si las seis copias correspondían a la cerradura principal o si incluían algún cierre auxiliar. Sí dejaba clara una cosa: si el cerrojo exterior de la puerta auxiliar estaba echado, nadie podía retirarlo desde dentro.
La puerta principal tenía pasador interior.
Una niña podía cerrar la puerta del corredor desde dentro.
Otra persona podía inutilizar la salida auxiliar desde el descansillo.
Las notas de Celia empezaban a adquirir una lógica física.
No necesariamente verdadera, pero posible.
—Necesitamos el registro de ocupación —dijo Leire.
Berta les entregó otra caja cuando se lo pidieron. Antes de dejarla sobre la mesa, comprobó el número de la signatura dos veces.
—Estos libros están incompletos.
—¿Desde cuándo? —preguntó Cora.
—Desde que los recibimos.
—¿Quién los entregó?
—La administración provincial.
—¿En qué año?
Berta miró a Cora por encima de las gafas.
—En 1998.
—Celia ya había solicitado consultarlos cuando usted denunció que intentó llevarse un documento.
—Eso fue en 2004.
—Entonces estaban incompletos antes de que ella viniera.
—Sí.
—¿Qué intentó llevarse?
Berta apretó los labios.
—Una hoja suelta que no pertenecía al expediente.
Isara se levantó.
—¿Qué decía?
—No la leí completa.
—Pero la recuerda.
Berta miró hacia el mostrador. No había otros usuarios en la sala.
—Era una lista de nombres.
—¿Los nuestros? —preguntó Salma.
—No lo sé.
—¿Aparecía Lía? —preguntó Isara.
La archivera tardó demasiado en responder.
—Sí. En la columna de las niñas.
—¿Y aparecía Isara?
—Isara Luján estaba en otra columna. En la de las identidades previstas para la salida.
Nadie habló.
Berta recogió una cartulina de la mesa y alineó sus bordes con los de la caja.
—Celia insistía en que no eran dos nombres equivalentes. Decía que una niña debía seguir muerta en los papeles para que otra pudiera salir con una identidad que nadie reclamara.
Isara sintió la llave contra el costado.
—¿Qué niña debía seguir muerta?
—No quiso decírmelo.
—¿Conservó la hoja?
—El original, no. Se la quité y la devolví al expediente. Antes hice una fotocopia y la adjunté al parte de incidencia.
—¿Dónde está el original ahora?
—No está. Cuando revisamos el libro en 2006, ya había desaparecido.
Cora extendió la mano hacia la grabadora sin batería, quizá por hábito.
—¿Quién accedió al expediente entre ambas fechas?
—Varias personas.
—Necesitamos los nombres.
Berta negó.
—Los registros de usuarios son confidenciales.
Leire abrió su carpeta y sacó la autorización de consulta.
—Mi solicitud incluye los partes de integridad y la trazabilidad de los documentos vinculados a la revisión de mi certificado de nacimiento.
Berta leyó el documento.
—No permite difundir datos personales de usuarios ajenos al expediente.
—Puede ocultar los que no estén relacionados. Necesito la incidencia y las entradas que afecten a la hoja desaparecida.
Las dos se sostuvieron la mirada.
Finalmente, Berta regresó al mostrador.
—Continuad con la caja. Buscaré la incidencia.
El libro de ocupación era un volumen de tapas negras con páginas numeradas. Cada día incluía el listado de menores por dormitorio, las entradas en enfermería y las ausencias autorizadas.
Faltaban las hojas correspondientes al 18 y al 19 de noviembre de 1989.
No habían sido arrancadas recientemente. El corte junto al lomo estaba amarillento y cubierto de polvo.
—Por supuesto —murmuró Salma.
Leire revisó la numeración.
—Faltan dos hojas, no una.
—La del día del incendio y la anterior —dijo Cora.
Isara pasó con cuidado a la página del 17 de noviembre.
En la habitación seis figuraban cinco identificaciones:
Duna.
Leire.
Salma.
Nélida.
Cora.
La sexta línea estaba vacía.
—Mara no figuraba allí dos noches antes —dijo.
—Eso coincide con el recuerdo de Duna —respondió Salma—. La recordaba separada del grupo antes del incendio.
—Lo recordaba de manera fragmentaria.
—Y tú sigues mirando el vestido como si pudiera decirte quién eras.
—Lo miro porque alguien quiso que lo hiciera.
Leire pasó a la página del 20 de noviembre.
No había nombres. Solo una anotación escrita en rojo:
Ala clausurada. Menores trasladadas.
—¿Trasladadas? —dijo Salma—. Oficialmente estaban muertas.
Cora acercó la hoja a la luz.
—La tinta no es de 1989.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Leire.
—No lo sé. Pero está menos oxidada que el resto.
Isara examinó el trazo.
La anotación parecía posterior al resto, aunque Isara no podía fecharla a simple vista. La palabra trasladadas estaba escrita sobre otra que alguien había raspado.
Utilizó una de las cartulinas negras del archivo para aumentar el contraste y pidió a Berta una lámpara lateral. Las fibras levantadas permitían distinguir parte de la palabra anterior.
—Parece que ponía «fallecidas» —dijo.
—Alguien sustituyó una versión por la otra —respondió Leire.
—¿Cuál era la mentira? —preguntó Salma.
Ninguna contestó.
Berta regresó con una carpeta estrecha.
—Esta es la incidencia de 2004.
Leire la abrió.
El informe describía el intento de Celia de retirar una hoja mecanografiada encontrada dentro del libro de ocupación. Berta había recuperado el documento antes de que saliera de la sala.
Al final aparecía una relación de las cuatro consultas realizadas durante los seis meses siguientes.
Dos identidades ajenas al expediente estaban ocultas en la copia que Berta les permitió ver.
Las otras dos correspondían a Tomás Valcárcel y a Celia Luján, en una segunda visita.
—Celia volvió —dijo Isara.
—Dos semanas después —respondió Leire.
—¿La hoja desapareció entonces? —preguntó Cora.
Berta negó.
—Se comprobó al cerrar la consulta. Seguía allí.
—¿Cuándo notaron que faltaba?
—En 2006.
—Dos años después.
—El libro no se solicitaba con frecuencia.
Leire continuó leyendo.
En la última página había una nota manuscrita de Berta.
La usuaria afirma que la habitación seis no existía antes del 17 de octubre de 1989 y que la sexta menor fue trasladada la noche del incendio. Repite que la relación oficial confunde a una niña con un nombre.
Isara leyó la frase dos veces.