Capítulo 8 — La habitación que no existía
Durante los primeros cuarenta kilómetros, ninguna habló.
Leire conducía con las dos manos en el volante y la vista fija en una carretera todavía oscura. Salma ocupaba el asiento trasero, junto a las mochilas. Isara iba delante con la fotografía de las seis niñas guardada dentro del bolso y la llave en el bolsillo interior de la chaqueta gris de Celia.
Cada vez que el coche tomaba una curva, el metal le golpeaba suavemente las costillas.
No era un sonido. Apenas un roce amortiguado por la lana. Sin embargo, Isara empezó a medir el trayecto por aquellos pequeños golpes, como si la llave quisiera recordarle que seguía allí.
Leire había insistido en que apagaran los teléfonos y los guardaran juntos dentro de un maletín metálico para documentos. No garantizaba que nadie pudiera localizarlos, pero impedía que los consultaran por impulso durante el trayecto. Salma se había reído al verla cerrarlo.
—¿También llevas esposas en el maletero?
—No.
—Me decepciona.
Después de aquello, el silencio había vuelto.
Amaneció detrás de las montañas. Primero apareció una claridad gris sobre los pinos; luego, una franja pálida que no llegó a convertirse en sol. La niebla permanecía pegada a las vaguadas y ocultaba por momentos la carretera.
Isara miró el paisaje sin reconocerlo.
Había temido que, al acercarse a Valdecierzo, algo en ella reaccionara. Un olor. Una curva. La silueta de un monte. No esperaba recuperar un recuerdo completo, pero sí experimentar la certeza física de haber estado allí.
No ocurrió.
El bosque podía pertenecer a cualquier lugar del norte. Las casas de piedra, los tejados oscuros y los prados cercados por muros bajos tampoco despertaron nada.
Sintió alivio.
Después sintió decepción por haberse aliviado.
—¿A qué hora es tu cita? —preguntó Salma.
—A las nueve —respondió Leire.
Eran las ocho y diecisiete.
—Llegaremos antes.
—Ese era el objetivo.
—Podrías decir alguna frase sin que parezca una declaración ante notario.
Leire miró por el retrovisor.
—Podría.
Salma resopló y volvió la cabeza hacia la ventanilla.
Isara se tocó la chaqueta.
Olía a armario, jabón antiguo y una cantidad mínima de colonia. Celia había dejado de usar perfume en los últimos años porque le provocaba dolor de cabeza, pero la tela conservaba una nota floral que parecía proceder de otra época.
—¿Por qué la llevas? —preguntó Leire.
Isara retiró la mano.
—Tenía frío.
—Tu abrigo estaba en la maleta.
—¿También vigilas qué ropa guardo?
—Lo vi anoche.
Salma se inclinó entre los asientos.
—La lleva porque era de su madre.
Leire no respondió.
Isara miró el parabrisas.
—Era de Celia —corrigió Isara.
La diferencia entre ambas frases ocupó el coche durante varios kilómetros.
Valdecierzo apareció al final de una pendiente.
El pueblo se extendía a ambos lados de un río estrecho, contenido por muros de piedra. Un puente de tres arcos unía la zona antigua con un conjunto de casas más recientes. Sobre los tejados se elevaba una iglesia de torre cuadrada y, detrás, la montaña cerraba el valle como una pared.
No era un lugar detenido en el tiempo. Había supermercados, coches aparcados en doble fila, una farmacia con una cruz luminosa y una cafetería donde varias personas desayunaban frente a un televisor.
Aun así, el edificio del ayuntamiento parecía demasiado grande para el pueblo.
Ocupaba un antiguo colegio de piedra, con un patio cercado y letras metálicas sobre la puerta.
ARCHIVO MUNICIPAL Y SERVICIOS ADMINISTRATIVOS
Leire estacionó en la plaza.
Antes de bajar, abrió la funda metálica y devolvió los teléfonos.
No había mensajes nuevos en el de Isara.
Tampoco llamadas perdidas.
Aquella normalidad le pareció más inquietante que las amenazas.
—Las llaves —dijo Leire.
Salma mostró la suya. La placa ovalada llevaba el número seis grabado con la misma ligera inclinación que la de Isara.
Leire hizo lo mismo.
—No volveremos a enseñarlas en público —advirtió—. Solo quería comprobar que seguían con nosotras.
—Podías preguntarlo —dijo Salma.
—Acabo de hacerlo.
El archivo abría a las ocho y media. Entraron cuando una funcionaria estaba levantando las persianas del vestíbulo.
Leire dio su nombre y mostró el correo de confirmación de la cita. La mujer consultó una lista y señaló una escalera que descendía al sótano.
—La señora Mendiola las espera abajo.
—La cita es para una persona —dijo Leire.
La funcionaria miró a Isara y Salma.
—Entonces ellas tendrán que registrarse como acompañantes. Los bolsos y teléfonos se dejan en las taquillas.
Leire no protestó.
Aquello sorprendió a Isara más que cualquier documento.
La sala de consulta ocupaba lo que antiguamente debía de haber sido el comedor del colegio. Conservaba columnas de hierro pintadas de blanco y un suelo de baldosas desgastadas. Las paredes estaban cubiertas por armarios compactos y estanterías con cajas grises.
Una mujer de cabello completamente blanco las esperaba detrás de un mostrador. Tenía unos sesenta años, gafas de montura roja y un jersey verde con los codos reforzados.
—Leire Montoro.
No fue una pregunta.
—Sí.
—Berta Mendiola. Hemos hablado por correo.
Berta observó a las otras dos.
—Isara Luján —dijo Isara.
La mujer dejó de sonreír.
No fue una reacción intensa. Solo una interrupción breve, un gesto que quizá habría pasado inadvertido para alguien menos acostumbrado a examinar rostros.
—¿Conocía a Celia? —preguntó Isara.
Berta colocó una hoja de registro sobre el mostrador.
—En un pueblo pequeño se conoce a mucha gente.
—Celia no vivía aquí desde hacía décadas.
—Pero volvió algunas veces.
—¿Al archivo?
—Firme aquí, por favor.
Isara escribió su nombre.
Berta esperó a que Salma hiciera lo mismo y les entregó tres lápices. No se permitían bolígrafos en la sala.
—He preparado las licencias de obra del internado, los informes de inspección de 1987 a 1989 y la documentación municipal vinculada al incendio. Los expedientes de menores no están aquí. Parte se trasladó a la provincia y parte desapareció.
—¿Desapareció cuándo? —preguntó Leire.
—En distintos momentos.
—¿Sin dejar constancia?
—Con demasiada constancia. Cada organismo anotó que lo había enviado a otro.
Berta las condujo hasta una mesa larga. Había siete cajas colocadas en un extremo.
En el otro extremo estaba sentada Cora Beltrán.
Llevaba auriculares pequeños y tenía un ordenador abierto delante, con las conexiones inalámbricas desactivadas.
No lo había conectado a ninguna red desde que descubrieron el uso de sus cuentas.
Una cámara compacta y una grabadora descansaban junto a su mano; la grabadora estaba apagada y a la vista.
Salma se detuvo.
—No me lo puedo creer.
Cora se quitó los auriculares.
—Buenos días.
—¿Nos has seguido?
—Llegué anoche.
Leire miró a Berta.
—Mi consulta era reservada.
—La suya sí —respondió la archivera—. La señora Beltrán solicitó otros documentos hace más de un mes. Las mesas son compartidas.
—Podía habernos avisado.
—No informamos a los usuarios sobre quién consulta el archivo.
Cora cerró el ordenador.
—Si os tranquiliza, no sabía que vendríais hoy.
—No —dijo Salma—. No tranquiliza.
Isara señaló la grabadora.
—Duna tenía razón.
Cora siguió su mirada.
—La he dejado a la vista.
—Eso no significa que esté apagada.
Cora extrajo la batería y la colocó sobre la mesa.
—Ahora sí.
Leire ocupó la silla más alejada. Salma se sentó frente a Cora. Isara quedó entre ambas.
Berta abrió la primera caja.
—No pueden alterar el orden de los documentos. Utilicen estas cartulinas para marcar el lugar de cada hoja. Se permite fotografiar sin flash. Si encuentran papeles unidos por grapas, no intenten separarlos.
—¿Celia consultó estos expedientes? —preguntó Isara.
Berta cerró la tapa de la caja con más fuerza de la necesaria.
—Lo responderé si aparece en el registro.
—Usted ya sabe si aparece.
—Y usted ha venido a consultar documentos, no a interrogarme.
Se alejó hacia el mostrador.
Cora esperó hasta que estuvo fuera de alcance.
—La conocía.
—Eso parece —dijo Isara.
—Berta empezó a trabajar aquí en 1986.
Leire levantó la vista.
—¿Cómo lo sabes?
—He investigado al personal del archivo.
—Por supuesto.
Cora abrió una carpeta en su ordenador.
—También sé que Celia solicitó acceso a los informes del incendio en 2001, 2002 y 2004. En la visita de 2004, Berta presentó una queja porque intentó llevarse un documento.
—¿Qué documento? —preguntó Isara.
—No consta.
—Entonces no sabes si era importante.
—Si no lo fuera, Berta no habría redactado una incidencia.
Leire abrió la caja de licencias.
—Podemos discutir sobre Berta o comprobar lo que hay aquí.
Trabajaron por separado durante los primeros minutos.
Isara recibió una carpeta con planos del internado fechados en 1976. El papel vegetal estaba quebradizo y desprendía un olor seco, parecido al de los libros olvidados cerca de una estufa.
Extendió la planta superior sobre la mesa.
El ala infantil ocupaba el lado norte del edificio. Un corredor recto conectaba cinco dormitorios, dos baños, una sala de costura y una enfermería.
No había habitación seis.
—Leire.
La abogada se acercó.
Isara señaló la numeración.
—Uno, dos, tres, cuatro y cinco.
—La enfermería está donde debería estar la seis.
—En 1976.
Buscaron planos posteriores.
La documentación de 1982 no mostraba cambios. Tampoco la de 1986. En una inspección de febrero de 1989, la enfermería continuaba ocupando el extremo del corredor.
Cora se levantó y se acercó sin pedir permiso.
—En la prensa se habla de la habitación seis.
—La prensa escribió después del incendio —dijo Leire.
Salma abrió la siguiente carpeta.
Encontró una solicitud fechada el 21 de septiembre de 1989. La directora, Ofelia Valcárcel, pedía autorización para dividir la enfermería mediante un tabique y habilitar un dormitorio provisional.
La memoria de obra indicaba:
Capacidad prevista: cinco plazas.
Duración de uso: seis meses.
Acceso principal desde el corredor.
Acceso auxiliar a escalera de servicio, reservado al personal.
El informe municipal denegaba la solicitud.