Capítulo 7 — Tres de seis #2
Isara comparó ambas fotografías. El raspado seguía exactamente el contorno de la cara, sin dañar el cabello ni la ropa.
—Cora dijo que en la copia de Duna habían borrado a la niña de la cinta —recordó.
—Eso dijo —respondió Leire.
—Y en la mía han borrado a Mara, si el vestido realmente era suyo.
Salma se inclinó.
—En mi copia faltaba la tercera.
Isara señaló a una niña con el cabello muy corto y los brazos pegados al cuerpo.
—¿Esta?
—Sí.
—¿Estás segura?
—La miré durante horas antes de que me robaran la caja.
Isara buscó en la mesa la fotografía adulta de Leire. La colocó junto a la niña de la trenza, visible en su propia copia.
—Gira la cabeza hacia la derecha.
Leire no obedeció.
—¿Para qué?
—Quiero verte la oreja.
—Eso es una identificación poco científica.
—No he dicho que vaya a identificarte. Solo quiero comparar.
Leire apartó el cabello.
Tenía el lóbulo izquierdo unido a la mandíbula y una pequeña hendidura en la parte superior de la oreja. La niña de la trenza mostraba la misma forma, aunque la imagen fuera antigua y poco nítida.
También compartían una ligera asimetría en las cejas: la derecha se elevaba antes que la izquierda.
—Podría ser cualquiera —dijo Leire.
—Podría. Pero se parece a ti.
Isara abrió en el teléfono la fotografía de Duna encontrada en la web del colegio. La niña de la cinta tenía los ojos muy separados y una barbilla corta. Duna adulta conservaba ambos rasgos.
Después miró a Salma.
La tercera niña no sonreía. Tenía la mandíbula estrecha, el nacimiento del cabello en pico y una leve inclinación del ojo izquierdo. Salma también.
—Las copias parecen empujar a cada destinataria hacia una niña distinta —dijo Isara.
—Dos parecidos y un vestido no establecen una regla —respondió Leire.
—No. Pero muestran el mecanismo. En tu caso utiliza un parecido; en el mío, una prenda. En la copia de Duna, una cinta que Cora relacionó con ella.
Salma la observó.
—Entonces quien preparó tu caja quiere que creas que eres Mara.
—Sí. No significa que lo sea.
Leire asintió por primera vez.
—Esa diferencia importa.
Isara colocó las dos fotografías una junto a otra.
—No intentan darnos una identificación fiable. Cada copia retira el rostro que mejor puede arrastrar a su destinataria hacia una historia: por semejanza, por ropa, por posición o por lo que cree recordar.
—Y algunas asociaciones pueden ser verdaderas —dijo Salma.
—Sí. Precisamente por eso funcionarán las falsas.
—¿Por qué no enviar una fotografía completa? —preguntó Leire.
—Porque una imagen completa permitiría comparar. Estas nos obligan a completar lo que falta.
Isara pensó en su trabajo. Las familias acudían a ella para recuperar caras perdidas, pero la restauración nunca devolvía exactamente a la persona. Rellenaba daños con información de otras imágenes, con rasgos probables, con decisiones invisibles.
Una fotografía mutilada no solo escondía.
Obligaba a imaginar.
—Quien haya hecho esto sabe cómo vamos a reaccionar —dijo—. Sabe qué documentos buscará Leire, qué sonidos analizará Cora y qué recuerdos intentará reconstruir Salma.
—¿Y qué harás tú? —preguntó Salma.
Isara miró el espacio blanco donde debería estar el rostro de Mara.
—Intentar devolver una cara que quizá nunca fue la mía.
La frase sonó más íntima de lo que pretendía.
Salma apartó la mirada.
Leire recogió los documentos sin guardarlos todavía.
—Hay otra posibilidad —dijo Leire—. La hija de Celia no tiene por qué ser la niña que recibió la identidad Isara después del incendio.
—La fotografía del bebé está fechada el día de mi supuesto nacimiento —respondió Isara.
—Precisamente. Muestra un bebé sin rostro y una fecha que pudo escribirse después. No permite compararlo con ninguna de nosotras.
Isara miró la manta, la mano diminuta y la zona raspada. Había pasado horas buscando en aquella imagen una continuidad que el papel no podía ofrecerle.
—Entonces no identifica a la hija de Celia.
—Solo demuestra que alguien quiso relacionar a ese bebé con el 14 de julio de 1984 —dijo Leire—. Y que ahora quiere que tú completes el resto.
Salma miró las fichas.
—Tampoco podemos excluir a ninguna por los documentos. Duna tiene tres fechas. Nélida no aparece en un registro fiable hasta los doce años. Cora aparece en expedientes contradictorios y el nombre de Leire procede de documentación vinculada a Fuente Fría.
—Los tuyos son los más consistentes —dijo Leire—. Pero consistencia no significa autenticidad.
Por primera vez, ninguna de las tres parecía querer que la frase de la cámara fuera cierta.
Isara pensó en Celia joven, con la niña sobre las rodillas. La forma de sujetarla no parecía ceremonial ni prestada. Tenía un brazo alrededor de la cintura y la otra mano sobre el vientre, en un gesto protector que Isara conocía.
Celia la había abrazado así muchas veces.
No era una prueba de maternidad, pero sí de costumbre.
—¿Te quería? —preguntó Salma.
Isara levantó la cabeza.
—¿Quién?
—Celia.
Leire dejó de ordenar las hojas.
Isara podría haber respondido con hechos. Celia le preparaba sopa cuando estaba enferma. Esperaba despierta cuando regresaba tarde. Había trabajado horas extra para pagarle los estudios de restauración. Conservaba todos los billetes de tren que Isara le enviaba desde la universidad.
También había mentido sobre su nacimiento, fabricado documentos y escondido un vestido marcado con la palabra FALLECIDA .
Ambas cosas podían ser ciertas.
—Sí —dijo—. Me quería.
—¿Estás segura?
—De eso sí.
Leire sostuvo su mirada.
—Que te quisiera no demuestra que fuera inocente.
—No. Pero demuestra que era capaz de querer a una de nosotras mientras mentía a todas.
Salma se sentó.
La dureza de su expresión disminuyó apenas.
—Entonces quizá no eligió entre salvar y abandonar —dijo—. Quizá creyó que estaba salvando a las dos.
—¿A quiénes? —preguntó Leire.
—A su hija y a la niña que terminó viviendo con ella.
Isara pensó en la frase restaurada de la cinta.
La verdadera no puede quedarse con su madre.
Tal vez Celia no había elegido a una niña sobre otra.
Tal vez había separado dos peligros.
Leire abrió un plano de carreteras sobre la mesa.
—Mañana pensaba ir al archivo municipal de Valdecierzo. Conservan los registros de obras, licencias y parte de la documentación anterior al incendio.
—¿Te dejarán consultarlos? —preguntó Salma.
—Tengo una cita.
—¿Desde cuándo?
—Desde la semana pasada.
—Antes de recibir la caja.
—Ya investigaba Fuente Fría.
Isara señaló el cementerio.
—También debemos comprobar dónde encontraste la placa de Mara.
Salma asintió.
—Y el internado —dijo.
—No —respondió Leire—. La cita es el día ocho.
—Precisamente por eso deberíamos verlo antes.
—No sabemos si el edificio es seguro.
—Tampoco sabemos qué estarán preparando para el día ocho.
Isara miró la llave.
Celia le había pedido que no permitiera que las seis entraran juntas en la habitación. La nota de Cora ordenaba cerrar la puerta desde fuera. La de Duna impedía que Mara llegara primero. La de Salma acusaba a una de ellas de haber vuelto a cerrar la puerta.
Las instrucciones no formaban un plan. Formaban bandos.
—No entraremos —dijo Isara—. Iremos al pueblo, al archivo y al cementerio. Veremos el edificio desde fuera.
Salma sonrió sin humor.
—Eso es lo que dice todo el mundo antes de acercarse a una puerta cerrada.
—No llevaremos las llaves —propuso Leire.
Isara cerró la mano alrededor de la suya.
—Las llevaremos. Pero no las utilizaremos.
Leire y Salma la miraron.
—Si dejamos las llaves aquí —continuó—, alguien puede recuperarlas. Si las llevamos, al menos sabremos dónde están.
—Cada una conservará la suya —dijo Salma.
—Y nadie se separará —añadió Leire.
Isara no respondió inmediatamente.
Las otras dos esperaron.
—De acuerdo.
Decidieron salir a las siete. Leire conduciría. Salma dormiría en el segundo dormitorio e Isara en el sofá.
La patrulla llegó poco antes de medianoche.
Los agentes fotografiaron de nuevo el marco, precintaron la cámara y la tarjeta por separado y vincularon el hallazgo con la denuncia de la casa de Celia.
Uno de ellos dejó escrito que las tres mujeres habían extraído y reproducido la tarjeta antes de entregarla. Leire firmó sin intentar suavizarlo.
Antes de acostarse, Isara fue al baño y se miró en el espejo.
Buscó en su cara a la niña sin rostro.
El cabello podía cambiar. La mandíbula se afinaba con los años. Los ojos parecían más pequeños al envejecer. Una restauradora sabía que el parecido dependía tanto de la expectativa como de los rasgos.
Se recogió el pelo.
Después lo soltó.
No apareció Mara.
Tampoco la hija de Celia.
Solo una mujer cansada que había perdido a su madre tres días antes y que ya no sabía qué parte de aquel duelo le pertenecía.
Al regresar al salón, Leire estaba guardando las fotografías.
—Déjame la mía —pidió Isara.
—Puede dañarse.
—Es mía.
—Te la enviaron a ti. No sabemos a quién pertenece.
Isara extendió la mano.
Leire se la entregó.
—A las siete —dijo.
—A las siete.
Isara se tumbó en el sofá sin desvestirse. Colocó la fotografía en el suelo, junto a la llave, y apagó la lámpara.
No durmió.
Durante horas escuchó los ruidos del edificio: un ascensor, una cisterna, pasos en el piso superior. A las cuatro y media, Salma se levantó para beber agua. A las seis menos cuarto, un camión descargó botellas en el bar de la esquina.
Ninguna de las tres volvió a mencionar la frase de la cámara.
A las seis y cincuenta estaban preparadas.
Leire extendió el mapa sobre la mesa y marcó el archivo, el cementerio y la carretera del internado.
—En ese orden —dijo.
Salma guardó la placa de Mara en la mochila.
Isara introdujo la llave en el bolsillo interior de la chaqueta gris de Celia.
La había sacado de la maleta casi sin darse cuenta.
Salieron juntas.
Solo cuando la puerta del garaje se cerró detrás del coche comprendió Isara que adelantar el viaje quizá no era desobedecer la cita.
Quizá era caer en ella dos días antes.