Capítulo 7 — Tres de seis
La voz no volvió a sonar.
La luz roja de la cámara parpadeó dos veces y quedó fija.
Leire cerró la puerta del apartamento sin apartar los ojos del aparato. Salma seguía con la mano levantada, a pocos centímetros del marco.
—No la arranques —repitió Isara.
—Está grabándonos.
—Eso no significa que debamos destruirla.
—Significa exactamente eso.
Salma avanzó de nuevo, pero Leire le sujetó la muñeca.
—Tiene razón.
—Hace un minuto no querías ni dejarme subir.
—Y ahora hay una cámara en mi puerta. Mis prioridades han cambiado.
Isara regresó al salón y buscó en la cocina una bolsa limpia. Encontró varias bolsas de congelación, unos guantes de fregar y unas pinzas de madera.
Cuando volvió al pasillo, Leire había apagado el router. Salma vigilaba la escalera con la espalda apoyada en la pared.
—¿Qué haces con eso? —preguntó.
—Evitar que dejemos más huellas de las necesarias.
—No eres policía.
—Tú tampoco.
Isara se puso los guantes. Examinó la cámara sin tocarla. Era pequeña, rectangular, del tamaño de una caja de cerillas. Estaba fijada al marco con una tira adhesiva negra. No tenía cables.
—Funciona con batería —dijo—. Puede grabar en una tarjeta o enviar las imágenes por alguna conexión inalámbrica.
—El router estaba encendido —respondió Leire.
—Eso no significa que estuviera conectada a él.
—Ni que no lo estuviera —añadió Salma.
Isara utilizó las pinzas para separar un extremo del adhesivo. La cámara salió con facilidad. No parecía llevar mucho tiempo colocada: la superficie del pegamento seguía flexible y no había acumulado polvo.
La introdujo en la bolsa sin apagarla.
—Ya está —dijo Salma—. Ahora tenemos una cámara encendida dentro de una bolsa.
—Y no hemos borrado nada.
Leire señaló el salón.
—Documentamos la posición y avisamos a los agentes.
—Cuando lleguen, quien la controla puede haber borrado lo que contiene —dijo Salma.
Leire miró la luz roja, todavía fija.
—Primero las fotografías. Después decidimos si la tarjeta puede esperar.
Fotografiaron el marco, el adhesivo y la cámara desde varios ángulos. Después regresaron a la mesa. Isara colocó la bolsa junto a la lámpara y observó el aparato a través del plástico.
En uno de los laterales había una ranura diminuta.
—Tarjeta de memoria —dijo.
Salma cruzó los brazos.
—¿Puedes sacarla sin apagar la cámara?
—Probablemente. Pero antes quiero llamar a Cora.
—El mensaje ha salido de su número —recordó Leire.
—Precisamente.
Leire utilizó el teléfono de Salma.
Cora contestó al cuarto tono.
—¿Qué habéis hecho?
—Nada todavía —respondió Leire—. ¿Dónde estás?
—En casa.
—Demuéstralo.
—No voy a enviarte una fotografía sosteniendo el periódico del día.
—Tu número acaba de mandarnos dos imágenes del pasillo y una frase.
—Yo no he enviado nada.
Leire miró a Isara.
—También había una cámara sobre la puerta.
Cora guardó silencio.
—¿Cora? —dijo Isara.
—Estoy aquí.
—La cámara ha reproducido una grabación. Una mujer ha dicho que la hija de Celia ya estaba dentro.
—¿Reconocisteis la voz?
—No.
—Enviadme el audio.
—No tenemos el archivo todavía —respondió Leire.
—Pues sacad la tarjeta.
—¿Cómo sabemos que no eres tú quien está mirando?
Cora soltó el aire.
—No lo sabéis.
La respuesta dejó a las tres en silencio.
—Pero puedo deciros algo —continuó—. El primer mensaje que recibió Isara tampoco salió de mi teléfono.
Isara se inclinó hacia el aparato.
—Me dijiste que me habías escrito para impedir que fuera a Valdecierzo.
—Te escribí. El mensaje decía que no fueras. La fotografía que apareció después no era la que adjunté.
—Eso ya lo sabemos.
—No. Sabéis que la imagen cambió. No sabéis que, cuando revisé la conversación después de hablar contigo, había un mensaje que yo no había escrito.
—¿Cuál?
—«Una de las cinco que tu madre salvó».
Isara recordó la frase en la pantalla.
—Me respondiste eso cuando te pregunté quién eras.
—No. Yo escribí: «Una de las que recibieron una caja».
Leire tomó el teléfono de manos de Salma.
—¿Por qué no lo contaste?
—Porque pensé que Isara estaba manipulando la conversación.
—¿Y ahora?
—Ahora alguien ha utilizado mi número otra vez.
—Se puede falsificar el identificador del remitente —dijo Leire.
—En una llamada, sí. En una conversación con fotografías integradas, es más complicado. No imposible, pero requiere acceso a una cuenta, a un dispositivo vinculado o a una copia de seguridad.
Isara miró su teléfono sobre la mesa.
—¿Has cambiado las contraseñas?
—Todas. También he cerrado las sesiones abiertas.
—¿Cuándo?
—Después de nuestra primera llamada.
—¿Desde qué dispositivo? —preguntó Leire.
—Desde el portátil.
Leire miró a Isara.
—Si el portátil es lo que han comprometido, podrían haber visto también las nuevas claves.
—Y aun así han vuelto a usar mi cuenta —dijo Cora.
—Eso parece.
—O mientes.
Cora no se defendió.
—Sacad la tarjeta —dijo—. Si hay sonido, enviádmelo. Si no confiáis en mí, haced una copia y conservad el original.
Leire terminó la llamada.
Isara abrió la bolsa solo lo necesario para acceder a la ranura. Extrajo una tarjeta de memoria microscópica y volvió a sellar el plástico.
Leire sacó un adaptador del maletín del ordenador.
—¿Llevas uno siempre? —preguntó Salma.
—Forma parte del equipo del portátil.
—Claro.
Desconectó el portátil de la red, desactivó la ejecución automática y cubrió la cámara integrada con una tira de papel. Solo entonces insertó la tarjeta. Contenía una única carpeta y tres archivos de vídeo.
El primero duraba once segundos.
Mostraba un techo blanco y parte de una mano cubierta por un guante oscuro. La cámara giró, enfocó fugazmente el suelo del pasillo y se acercó al marco. La persona que la instalaba llevaba una manga gris sin distintivos. No apareció ningún rostro.
El segundo archivo comenzaba con el pasillo vacío.
Pasaron más de dieciocho minutos sin que ocurriera nada. Después apareció Salma. Llamó al telefonillo, esperó, entró en el edificio y desapareció del encuadre.
—La cámara ya estaba colocada cuando llegué —dijo.
—Eso solo demuestra que no la pusiste en ese momento —respondió Leire.
Salma le lanzó una mirada.
El tercer archivo se había activado cuando Leire abrió la puerta. Las tres aparecían en el umbral. Se oía la voz grabada:
—La hija de Celia ya está dentro.
Después, Isara pedía que no tocaran la cámara.
El archivo terminaba allí.
Leire llamó al número que figuraba en la denuncia de la casa de Celia. Explicó dónde habían encontrado el dispositivo, qué habían manipulado y que ya habían leído la tarjeta. El agente le ordenó que no tocaran nada más y avisó de que una patrulla pasaría a recogerlo.
—Hemos comprometido parte de la cadena de custodia —dijo Leire al colgar—. Al menos quedará constancia exacta de cómo.
—No ha grabado el interior —dijo Isara.
—El objetivo estaba orientado hacia la puerta —respondió Leire.
—Pero la fotografía que recibimos mostraba el pasillo desde más lejos.
Salma se acercó a la pantalla.
—Entonces había otra cámara.
—O alguien tomó la fotografía desde la escalera —dijo Leire.
—¿Mientras yo llamaba?
—El rellano tiene un ángulo muerto junto al ascensor.
Salma negó.
—Miré antes de entrar.
—No miraste detrás de ti todo el tiempo.
La discusión empezó sin que ninguna elevara la voz, y precisamente por eso resultó más peligrosa.
Leire quería saber quién había enviado a Salma la dirección del apartamento. Salma mostró el mensaje: procedía del número de Cora y había llegado poco después de las diez. Incluía la calle, el piso y una advertencia.
Leire tiene la cinta. No permitas que la escuche a solas con Isara.
—No sabía que Isara estaba contigo —dijo Salma.
—Quien escribió esto sí —respondió Leire.
—O lo supuso.
—También sabía que tenía una cinta.
—Se lo contaste a alguien.
—A nadie.
—La digitalizaste. Puede haber una copia en la nube.
—No utilizo almacenamiento automático.
—Claro —repitió Salma—. Porque tú nunca cometes errores.
Leire cerró el portátil.
—Tú llegaste siguiendo una orden anónima.
—Vine porque habían abierto mi coche y porque una de vosotras tenía una grabación del incendio.
—Y trajiste una placa que supuestamente encontraste en un cementerio.
Salma apoyó las palmas sobre la mesa.
—¿Supuestamente?
—No te vimos desenterrarla.
—Tampoco vimos de dónde sacaste tus expedientes.
Isara comprendió entonces la utilidad verdadera de la cámara.
No necesitaba vigilarlas durante horas ni escuchar todas sus conversaciones. Bastaba con aparecer en el momento exacto y pronunciar una frase que pudiera señalar a cualquiera.
La hija de Celia ya está dentro.
Dentro del apartamento.
Dentro del grupo.
Dentro de la fotografía.
La ambigüedad las obligaba a completar el significado con aquello que más temían.
—Parad —dijo.
Ninguna la escuchó.
—Leire sabía que yo estaba en la casa de Celia —continuó Salma—. Cora sabía que Duna tenía otra fotografía. Tú sabías dónde iba a encontrarme. Cada una posee información que no ha explicado.
—Tú también —respondió Leire—. Has reconocido a la niña de los escalones y no lo mencionaste hasta ver la fotografía.
—Porque no recordaba que la recordaba.
—Esa frase no significa nada.
—Significa más que tus papeles falsos.
—He dicho que paréis.
Isara golpeó la mesa con la palma.
El sonido las silenció.
—La cámara quiere exactamente esto.
Salma miró la bolsa.
—La cámara no quiere nada.
—Quien la colocó sí. No nos ha dado una información. Nos ha dado una acusación sin nombre.
Leire volvió a abrir el ordenador.
—Eso no elimina el hecho de que una de nosotras puede ser la hija de Celia.
—Ni que alguna esté colaborando con quien organiza todo —añadió Salma.
—Pero discutir sin pruebas solo le ahorra trabajo.
Isara recogió la fotografía de las seis niñas.
—Tenemos algo que sí podemos comprobar.
La colocó bajo la lámpara y pidió a Leire la copia de su caja.
La abogada permaneció inmóvil.
—No la trajiste —dijo Isara.
—Sí.
—Entonces enséñala.
Leire abrió una carpeta rígida y extrajo una fotografía protegida entre dos láminas transparentes.
Era la misma imagen tomada frente al internado.
En aquella copia, el rostro borrado pertenecía a la primera niña de la izquierda, la de la trenza larga.