Las niñas de la habitación seis Capítulo 6 — La niña de los escalones #2
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Capítulo 6 — La niña de los escalones #2

Isara observó a Salma en la pantalla. Parecía cansada, no amenazadora. Llevaba el cabello húmedo y tenía una pequeña mancha oscura en la manga, quizá sangre.

—Está herida —dijo.

Leire amplió la imagen.

—Puede ser de otra persona.

—Eso es algo que dirías tú.

—Por eso sigo teniendo cuidado.

Salma levantó la mano hacia la cámara. Tenía los nudillos arañados.

—Me han registrado el coche —dijo—. Se han llevado mi caja. Tengo una copia de la nota y algo que debéis ver.

Leire abrió.

Salma tardó menos de un minuto en llegar a la puerta. Entró sin saludar y comprobó el pasillo antes de permitir que Leire cerrara.

De cerca parecía más joven que en las fotografías. Tenía los ojos oscuros, el rostro anguloso y una cicatriz fina que descendía desde la base del cuello hasta perderse bajo la camiseta.

—¿Quién te ha atacado? —preguntó Isara.

—Nadie.

Salma dejó la mochila sobre una silla.

—La sangre.

Miró su manga.

—Un paciente.

—¿Has venido directamente del hospital?

—He salido a las diez.

—¿Y alguien ha registrado tu coche entre el hospital y aquí?

—En el aparcamiento. La cerradura no estaba forzada.

Leire extendió una mano.

—La nota.

Salma no se la dio.

Primero miró a Isara.

—¿Tú eres la hija?

La pregunta no contenía curiosidad.

Sonaba a acusación.

—Celia me crio.

—No he preguntado eso.

—Es lo único que sé.

Salma se acercó.

Tenía una forma de mirar distinta a la de Leire. La abogada analizaba. Salma parecía buscar lesiones invisibles.

—¿Estabas con ella cuando murió?

—Sí.

—¿Dijo algo?

—No podía hablar.

—¿Lo intentó?

Isara recordó los últimos días en el hospital. Celia despertaba a intervalos breves. A veces movía los labios. Isara se inclinaba, pero solo escuchaba aire.

Una vez creyó oír un nombre.

No había conseguido entenderlo.

—No lo sé.

Salma apartó la mirada y sacó una hoja doblada del bolsillo.

—Esta era mi nota.

Leire la tomó.

La letra era de Celia.

Mi hija abrió la puerta.

Una de vosotras volvió a cerrarla.

Isara leyó las dos frases.

—¿No decía nada más?

—En el reverso había una dirección.

—¿La del internado?

—No.

Salma sacó el teléfono y mostró una fotografía.

En el papel aparecía:

Cementerio de Valdecierzo. Panteón común. Fila norte.

—¿Has ido? —preguntó Leire.

—Esta tarde.

—¿Qué encontraste?

Salma abrió la mochila.

Dentro había un sobre de plástico transparente con restos de barro. Extrajo una placa de metal pequeña, rectangular y corroída.

En la superficie aún se distinguía un nombre.

MARA

—Estaba enterrada detrás del panteón —dijo.

Isara notó que la garganta se le cerraba.

—¿Cómo sabías dónde buscar?

—En el reverso había una cruz, seis puntos y el último rodeado por un círculo. Detrás del panteón encontré seis arbustos en línea y cavé junto al sexto.

—¿La desenterraste tú sola?

—No era una tumba. La placa estaba bajo dos centímetros de tierra.

Leire examinó el metal sin sacarlo del plástico.

—Podría pertenecer a una cama.

—Parece la placa identificativa de una pulsera hospitalaria antigua —dijo Salma—. En algunos centros se grababa el nombre en metal y se fijaba la pieza a una tira. Tendrá que confirmarlo el hospital.

—¿Por qué estaría detrás del panteón?

—Eso quiero saber.

Isara señaló la fotografía de Celia con el bebé.

—¿Te dice algo esta imagen?

Salma se acercó. Observó la manta, la mano visible y el rostro raspado.

—No. A un bebé no podría reconocerlo así.

—Has hablado de la niña de los escalones.

Salma miró entonces la fotografía de grupo.

—No sé si es un recuerdo —dijo.

—Duna utiliza las mismas palabras.

—Porque los recuerdos de esa edad son fragmentos. Si intentas completarlos, acabas inventando.

—¿Qué fragmento tienes?

Salma mantuvo los ojos sobre la escalinata.

—Una niña sentada en los peldaños mientras nosotras formábamos una fila.

—¿La llamaban Lía?

—No recuerdo el nombre.

—¿Dormía en la habitación seis?

—No.

—¿Era hija de Celia?

Salma tardó en responder.

—La oí llamar «ama» a una mujer.

Madre.

Isara apoyó una mano en la mesa.

—¿A Celia?

—No puedo asegurarlo. En el recuerdo no le veo la cara a ninguna de las dos.

—¿La niña abrió la puerta la noche del incendio?

Salma se tocó inconscientemente la cicatriz del cuello.

—Recuerdo una mano pequeña en el pomo.

—¿Desde fuera o desde dentro?

—Desde el pasillo. Y después recuerdo la puerta cerrándose.

—¿La cerró esa mano?

—No lo sé. Puede que intentara abrir mientras otra niña tiraba desde dentro.

Leire señaló la nota.

—«Mi hija abrió la puerta. Una de vosotras volvió a cerrarla».

—Entonces mi recuerdo no basta para decidir quién hizo cada cosa —dijo Salma.

Isara observó la cicatriz.

—¿Te la hiciste en el incendio?

—Eso me dijeron.

—¿Qué recuerdas?

—Calor. El suelo. Alguien tirando de mi bata.

—¿Celia?

—Una niña.

—¿La de los escalones?

Salma cerró los ojos durante un instante.

—No le veía la cara.

Isara pensó en las fotografías mutiladas.

En los rostros arrancados uno por uno.

Quizá no se trataba solo de ocultar quién era cada niña. Quizá alguien estaba aprovechando la manera en que ellas recordaban: cuerpos, voces, vestidos y manos sin una cara a la que unirlos.

—Puede haber una séptima niña —dijo Leire.

Salma abrió los ojos.

—Éramos seis.

—En la habitación, sí. Si el fragmento de la cinta dice Lía y se refiere a la misma noche, había otra fuera.

—Entonces podíamos ser siete en el edificio.

—Podíamos.

Isara tomó la fotografía de las seis niñas frente al internado y la colocó bajo la lámpara.

—Si Celia hizo esta fotografía, Lía pudo estar cerca.

—¿Fuera del encuadre? —preguntó Leire.

—O detrás de las demás.

Encendió la linterna del teléfono y dirigió la luz de forma oblicua sobre la copia. Los arañazos y las manchas de superficie aparecieron con mayor claridad. Se concentró en el cristal de la puerta principal.

Allí se superponían el reflejo de la escalinata, la sombra alargada de quien sostenía la cámara y una zona más baja, demasiado regular para ser solo oscuridad.

Isara fotografió el detalle con el modo macro.

—Aquí.

Leire y Salma se inclinaron.

—Puede ser una mancha o un reflejo —dijo Leire.

—Sí.

Isara redujo las luces de la copia digital y levantó con prudencia las sombras. No apareció un rostro. Solo una forma estrecha detrás del cristal: algo parecido a una cabeza, un hombro y un brazo elevado junto al picaporte interior.

—Parece una niña —dijo Salma.

—Parece —repitió Isara—. La corrección también puede estar haciendo visible el grano y obligándonos a ordenarlo.

En la zona de la muñeca había varios puntos claros. Podían ser cuentas. También defectos del papel.

La mano permanecía junto al picaporte.

Entre los dedos se distinguía una forma oscura y ovalada.

—¿Una llave? —preguntó Leire.

—No puedo saberlo.

Isara miró la llave número seis sobre la mesa. La encerró dentro del puño, con el pulgar doblado bajo el índice, como Celia le había enseñado.

—No las dejes colgando —decía—. Una llave visible le cuenta a cualquiera qué puerta puedes abrir.

Salma observó su mano y después la silueta de la fotografía.

—La sujetas como ella.

—Ni siquiera sabemos si eso es una llave.

—Pero Celia pudo enseñar el gesto a su hija.

—Y a mí —dijo Isara.

Dos niñas educadas, en momentos distintos, por la misma mujer.

Isara abrió la mano y dejó la llave sobre la mesa.

Su teléfono vibró.

Era un mensaje enviado desde el número de Cora.

Solo contenía una fotografía.

La imagen mostraba la entrada del apartamento de Leire desde el otro extremo del pasillo. Salma aparecía llamando al timbre. La hora impresa en una esquina era de hacía veintitrés minutos.

Debajo había una frase:

Ya están juntas tres de las seis.

Llegó una segunda imagen.

Esta vez mostraba el mismo pasillo vacío.

La puerta del apartamento estaba cerrada.

Junto a ella, en la pared, alguien había escrito un nombre con pintura roja.

ISARA

Leire abrió la puerta de golpe.

El pasillo estaba vacío.

No había pintura en la pared.

Solo una pequeña cámara negra fijada sobre el marco, orientada hacia el rellano y la puerta del apartamento.

Salma levantó la mano para arrancarla.

—No la toques —ordenó Isara.

La cámara emitió un clic.

Una luz roja parpadeó en el objetivo.

Y una voz de mujer salió del diminuto altavoz:

—La hija de Celia ya está dentro.