Capítulo 6 — La niña de los escalones
Leire condujo sin encender la radio.
Isara llevaba la fotografía sobre las rodillas, dentro de una funda transparente que había encontrado en la carpeta de documentos. Cada vez que pasaban bajo una farola, el raspado del rostro adquiría un brillo blanco y desaparecía de nuevo.
Celia sostenía sobre las piernas a un bebé envuelto en una manta clara. Solo quedaban visibles una oreja, parte del nacimiento del cabello y una mano diminuta apoyada sobre la tela. La imagen no permitía precisar si tenía días o varias semanas.
La fecha que figuraba como nacimiento de Isara.
No demostraba que la fotografía hubiera sido tomada aquel día. Demostraba únicamente que alguien había querido relacionarla con él.
—¿Dónde encontraste los documentos sobre mi inscripción? —preguntó.
Leire no apartó la vista de la carretera.
—En el archivo territorial. Mi propio expediente remitía a una revisión administrativa de certificados firmados por Julián Vega. Pedí acceso como persona afectada por uno de ellos.
Isara recordó el nombre.
El médico que había declarado que ella había nacido en casa.
—¿Ha muerto?
—Hace seis años.
—¿Qué contenía la revisión?
—Doce inscripciones vinculadas de algún modo con Fuente Fría. Seis corresponden a las mujeres de la fotografía. Las demás son copias incompletas, duplicados o fichas que todavía no permiten identificar a una persona concreta.
—¿Has contactado con alguien más?
—No. No voy a decirle a una persona que su nacimiento puede ser falso basándome en un fragmento sin verificar.
El coche giró hacia el centro de San Tirso. A aquella hora las calles estaban casi vacías. Algunos bares seguían abiertos, pero las tiendas habían bajado las persianas y la humedad convertía las aceras en superficies brillantes.
Isara miró la fotografía.
—¿Crees que nosotras también tenemos tumbas?
—No.
—¿Por qué?
—Porque las niñas de Fuente Fría no fueron enterradas por separado.
La frase no necesitó explicación.
La versión oficial hablaba de restos imposibles de identificar y de seis víctimas recordadas bajo una lápida común en el cementerio de Valdecierzo. Leire no había encontrado todavía un inventario forense que demostrara cuántos cuerpos contenía realmente aquel panteón.
Seis nombres de niñas que quizá no habían muerto.
O que habían muerto años antes.
O que nunca habían existido.
Leire estacionó en un aparcamiento subterráneo. Antes de bajar, comprobó los retrovisores y esperó a que la puerta automática se cerrara detrás de ellas.
—¿Siempre haces eso? —preguntó Isara.
—¿Qué?
—Mirar si te siguen.
—Desde hace cuatro años.
—¿Te ha seguido alguien?
—No lo sé.
—Entonces quizá no.
Leire cogió su bolso.
—Que no veas a alguien no significa que no esté.
Subieron en ascensor hasta la tercera planta.
El apartamento era más pequeño de lo que Isara esperaba. Un salón unido a la cocina, dos dormitorios y un pasillo corto. No había fotografías personales, ropa fuera de los armarios ni objetos que indicaran que alguien llevaba varios días allí.
Sobre la mesa del salón, en cambio, Leire había extendido un archivo completo.
Carpetas.
Copias de partidas de nacimiento.
Planos del internado.
Recortes de prensa.
Fotografías de las seis mujeres adultas.
Isara se acercó.
Su propia imagen procedía de la página web del taller de restauración. La habían impreso en blanco y negro y colocado debajo de una ficha con su nombre, su fecha de nacimiento y varias direcciones.
—Eso no es una investigación —dijo—. Es vigilancia.
Leire dejó las llaves sobre la encimera.
—No te he seguido hasta hoy.
—Tienes mi domicilio profesional y la casa de Celia.
—Ambos son públicos.
—También has escrito el nombre de mi expareja.
Leire miró la ficha.
—No era relevante. Debí tacharlo.
—No deberías haberlo buscado.
—Necesitaba saber si alguno de vuestros vínculos conducía a Fuente Fría.
Isara apartó la fotografía de sí misma.
Las otras fichas contenían información parecida. Duna aparecía con dos niños de su colegio. Salma, entrando en un hospital. Cora, frente a un micrófono. Nélida, en el porche de la casa rural. Leire no tenía una ficha propia.
—¿Qué encontraste sobre Nélida? —preguntó.
—Muy poco.
—Cora dijo lo mismo.
—No tiene redes sociales. La casa rural está a nombre de una sociedad. No figura en ningún colegio antes de los doce años y su primer documento de identidad fue expedido en 1996.
—Tendría unos doce.
—Según su fecha oficial.
—¿Quién la crió?
—Un matrimonio de Burgos. Ambos han muerto.
—¿Fue adoptada?
—No existe sentencia.
—¿Acogida?
—Tampoco.
—Entonces ¿cómo terminó con ellos?
—En su expediente hay una autorización provisional con la firma de Celia.
Isara se volvió.
—¿Celia avaló documentalmente que la entregaran a esa familia?
—Eso parece. El papel no demuestra quién la llevó físicamente hasta ellos.
—¿Y en los demás expedientes?
—En algunos aparece la firma de Celia. En otros, la de Julián Vega o la de la directora del internado.
—¿Cómo se llamaba?
—Ofelia Valcárcel.
El nombre no despertó ningún recuerdo.
Leire abrió una carpeta y sacó una fotografía de grupo. Mostraba a siete trabajadoras y a un hombre delante de la escalinata de Fuente Fría. Ellas vestían uniformes oscuros. Celia estaba en un extremo, con el cabello recogido y una cámara colgada del cuello.
En el centro aparecía una mujer corpulenta, de expresión severa.
—Ofelia —dijo Leire.
Isara estudió el rostro.
—¿Sobrevivió al incendio?
—Sí.
—¿Sigue viva?
—Murió en 2008.
—¿Llegaste a hablar con ella?
—No.
—¿Y su familia?
—Tomás Valcárcel, un sobrino. Se niega a recibirme.
Leire señaló a un hombre joven situado detrás del grupo.
—Julián Vega.
Isara acercó la fotografía.
El médico sonreía. Tenía una mano apoyada en el hombro de Celia.
—La postura parece íntima.
—Una fotografía no establece qué relación tenían —dijo Leire.
Isara pensó en la respuesta que Celia le había dado sobre su padre.
Alguien que no se quedó.
La mano de Julián sobre un hombro no bastaba para convertirlo en aquel hombre. Devolvió la fotografía a la mesa.
Sacó del bolso la imagen de Celia con la niña.
—Necesito una luz mejor.
Leire encendió la lámpara de la mesa. Isara retiró algunos documentos, colocó un paño limpio y dejó la fotografía en horizontal.
No tenía lupa, pero utilizó la cámara del teléfono en modo macro.
—El papel es antiguo —dijo—. No es una impresión reciente.
—¿De 1984?
—No puedo fecharlo con exactitud sin analizarlo. Pero podría serlo.
—¿Y el rostro?
Isara amplió los arañazos.
—Lo borraron mucho después de revelar la imagen.
—¿Cómo lo sabes?
—La superficie expuesta bajo la emulsión está menos envejecida. Si lo hubieran raspado en 1984, el papel tendría una oxidación más uniforme.
—¿Cuánto después?
—Años. Quizá décadas.
—¿Celia?
—No necesariamente.
Dio la vuelta a la fotografía.
La frase estaba escrita con tinta negra.
Mi hija no estaba en la habitación seis. Fue ella quien abrió la puerta.
—La letra parece suya —dijo Isara—, pero no es la misma tinta que utilizó en mi nota.
—Podría haberlo escrito en otro momento.
—O alguien podría estar imitándola.
Leire sacó de una carpeta varias cartas firmadas por Celia.
Isara las leyó sin pedir permiso.
Eran solicitudes dirigidas a organismos públicos. Peticiones de acceso a expedientes, reclamaciones por documentos desaparecidos y consultas sobre antiguas trabajadoras del internado. Todas estaban fechadas entre 2001 y 2004.
—Celia también investigó Fuente Fría —dijo.
—Durante al menos tres años.
—Nunca me contó nada.
—Eso parece.
Isara comparó la escritura de las cartas con la frase de la fotografía. Coincidían las mayúsculas, la inclinación de las efes y la forma de unir la e con la l.
—Es compatible con su letra.
—¿Eso significa que la escribió ella?
—Significa que yo no veo una diferencia evidente. No soy perita calígrafa.
Se concentró en la niña.
El raspado había eliminado el rostro, pero no las orejas ni el nacimiento del cabello. Tampoco las manos.
—Llevaba una pulsera —dijo.
—¿Como la que dejaron en la caja?
—Puede ser.
Amplió la muñeca.
Había una franja oscura y varios puntos claros, aunque la imagen no permitía distinguir letras.
Leire buscó entre sus archivos.
—En los documentos de la policía no mencionan pulseras.
—Quizá no eran del internado.
—O solo la llevaba ella.
Isara colocó la fotografía bajo distintos ángulos. En las zonas oscuras aparecieron detalles que antes no había advertido: una grieta en el escalón, un botón del abrigo de Celia, la sombra del fotógrafo.
—Celia no tomó esta imagen —dijo.
—Es evidente. Aparece en ella.
—En la fotografía de las seis niñas pudo estar detrás de la cámara.
—¿Por qué?
—Trabajaba como fotógrafa. Además, las dos copias tienen la misma proporción y una deformación parecida en el borde derecho.
—¿El mismo equipo?
—Es compatible. No suficiente para asegurarlo.
Leire se inclinó sobre la mesa.
—Si fue la cámara de Celia, quien hizo esta foto supo utilizarla.
—O trabajaba con ella.
El telefonillo sonó.
Las dos se quedaron quietas.
Leire miró el reloj.
Eran las once y veintiséis.
—¿Esperas a alguien? —preguntó Isara.
—No.
El telefonillo volvió a sonar.
Leire se acercó sin responder y pulsó el botón que activaba la cámara de la entrada.
En la pequeña pantalla apareció una mujer de cabello oscuro, con una chaqueta de cuero y una mochila colgada de un hombro.
Isara la reconoció por las fotografías.
—Salma.
Leire no abrió.
El telefonillo sonó una tercera vez.
—Sé que estáis ahí —dijo la voz de Salma a través del altavoz—. Tu coche está abajo.
Leire pulsó el botón de comunicación.
—¿Quién te ha dado la dirección?
—Un mensaje enviado desde el número de Cora.
—Cora no tiene esta dirección.
Salma miró directamente a la cámara.
—Entonces la tiene alguien que puede escribir desde su cuenta.
Leire desactivó el sonido.
—No la dejes subir —dijo Isara.
—¿Por qué?
—Porque alguien ha entrado esta noche en casa de Celia. Podrían estar utilizando a cualquiera para encontrarnos.
—Ya nos han encontrado.
El telefonillo volvió a sonar.