Capítulo 5 — El corte
La alarma continuó sonando durante once segundos.
Después, la cinta terminó.
El botón de reproducción saltó con un golpe seco y el salón recuperó sus ruidos habituales: el motor del frigorífico, el viento contra las persianas, la respiración de las dos mujeres.
Isara no apartó la mirada del reproductor.
—Ponla otra vez.
—No va a decir algo distinto —respondió Leire.
—Eso es lo que quiero comprobar.
Las ruedas giraron con un zumbido irregular. Cuando Celia volvió a fechar la grabación, Isara cerró los ojos.
Ya no escuchaba únicamente una voz más joven. Reconocía los hábitos que su madre había conservado toda la vida: la pausa antes de pronunciar una fecha, la forma de marcar las consonantes cuando quería que algo quedara claro, aquella breve aspiración al final de cada frase.
No era la mujer enferma de las últimas semanas ni el cuerpo inmóvil del tanatorio. Al menos en el primer segmento, estaba viva y hablaba minutos antes del incendio.
Llegaron de nuevo los seis nombres. Tras «Cora», antes de que la última niña dijera «Mara», Isara levantó una mano.
—Para.
Leire detuvo la cinta.
—¿Qué ocurre?
—La respiración del fondo.
Rebobinaron unos segundos. Alguien respiraba demasiado cerca del micrófono, como si llorara o intentara no hacerlo.
—Puede ser la propia niña —dijo Leire.
—Puede.
Reprodujeron el fragmento otra vez: el murmullo, la exigencia de Celia, el nombre de Mara y la protesta de otra niña.
No es Mara.
Después, Celia ordenaba silencio.
—Ahí —dijo Isara.
—¿Qué?
—Cambia el fondo.
Antes de la protesta se oía un zumbido constante, quizá una calefacción o un tubo fluorescente. Después de la orden de Celia, desaparecía. También variaba la distancia de la voz.
Leire acercó una silla.
La siguiente escucha reveló un chasquido mínimo entre ambos segmentos. No sonaba a un objeto golpeando el suelo, sino a una unión física en la cinta.
—Alguien ha empalmado dos fragmentos —dijo Isara.
—¿Estás segura?
—No trabajo con sonido. Pero entre esas dos frases cambia el espacio.
—En 1989 se montaban cintas así.
—Y también después.
Leire sacó el teléfono.
—Tengo la copia digital.
Abrió un archivo de audio y lo reprodujo desde el principio. El sonido era más limpio que en el casete, aunque seguía cubierto por un siseo tenue.
Isara señaló el punto exacto.
—Deténlo ahí.
Leire amplió la forma de onda.
No necesitaban conocimientos técnicos para ver la diferencia. El ruido de fondo formaba una franja continua hasta la protesta infantil. Después descendía bruscamente y reaparecía con otra intensidad.
—Hay al menos dos fragmentos distintos —dijo Isara.
—O más. Y todavía no sabemos si se unieron en 1989 o mucho después.
Continuaron.
Celia obligaba a la niña a repetir «Mara». Después le preguntaba cómo se llamaría al salir.
—No quiero ese nombre.
—Es el único que puede salvarte.
La niña respondía:
—Isara.
Isara indicó otro punto.
—También hay un corte antes de esa frase.
Leire amplió la pantalla.
La forma de onda volvía a interrumpirse.
—Podrían ser grabaciones de noches distintas —dijo.
—O de niñas distintas.
Leire la miró.
Isara no quería aferrarse a aquella posibilidad solo porque le resultara menos dolorosa. La voz infantil que decía «Mara» podía ser la misma que pronunciaba «Isara». Pero la cinta no lo demostraba.
Alguien había querido que pareciera una conversación continua.
—Cora sabrá analizarlo mejor —dijo Isara.
—Cora utilizará el archivo.
—Ya lo está investigando.
—Eso no significa que debamos entregarle una prueba.
—Tú misma has hecho una copia.
—Para protegerla.
—Cora diría que graba por el mismo motivo.
Leire bloqueó el teléfono.
—No confío en ella.
—Tampoco confías en mí.
—No.
La franqueza resultó menos ofensiva que una negación.
—Pero has venido a buscarme.
—He venido a observarte.
—¿Por qué?
—Después.
—No. Ahora.
Leire se levantó y caminó hasta la ventana. Separó apenas la cortina para mirar la calle.
—Primero salgamos de esta casa.
—La policía ya la ha revisado.
—La policía ha comprobado que no había nadie dentro. No que quien entró no vaya a regresar.
—Quiero guardar algunas cosas.
—Cinco minutos.
Isara subió al dormitorio.
Introdujo el vestido en una bolsa de tela, junto con la fotografía, la llave y los documentos encontrados en la cómoda. Dudó ante la caja de lata de Celia. Al final también la guardó.
Recogió ropa para dos noches.
No sabía si volvería antes de la cita en Fuente Fría.
Antes de cerrar la maleta, miró la chaqueta gris de su madre. Seguía doblada bajo una blusa. La sacó y la dejó sobre la cama.
Después volvió a guardarla.
No era el momento de decidir qué objetos merecían sobrevivir a Celia.
En el pasillo se detuvo ante el dormitorio.
Aquel cuarto había sido siempre el lugar más inaccesible de la casa. Celia no cerraba la puerta con llave, pero tampoco permitía que Isara entrara sin llamar. Incluso de niña había aprendido a esperar en el umbral.
Ahora los cajones estaban abiertos, el armario vacío y la cama cubierta de ropa.
La muerte no había abierto la habitación.
La había desordenado.
Isara apagó la lámpara.
Cuando bajó, Leire sostenía el casete a contraluz.
—¿Qué haces?
—La carcasa ha sido abierta.
Le mostró dos pequeñas marcas junto a los tornillos.
—¿Para reparar la cinta?
—O para sustituirla.
Isara dejó la maleta junto a la puerta.
—Llamemos a Cora.
Leire la observó durante unos segundos.
—Desde mi teléfono.
—¿Por qué?
—Porque el tuyo puede estar intervenido.
—¿En qué te basas?
—En que alguien sabía exactamente cuándo estabas sola en el dormitorio.
Leire marcó el número y activó el altavoz.
Cora contestó sin saludar.
—¿Estás con ella?
Leire miró a Isara.
—Sí.
—¿Habéis escuchado la cinta?
—¿Cómo sabes que tengo una?
—Porque Duna me ha contado lo de la caja en la cocina. Supuse que Leire no habría llegado con las manos vacías.
—Duna habla demasiado.
—Y tú demasiado poco.
Isara interrumpió.
—La grabación tiene cortes.
Al otro lado se produjo un breve silencio.
—¿Cuántos?
—Al menos dos.
—Enviadme el archivo.
Leire negó con la cabeza.
—No.
—Entonces decidme qué necesitáis.
—Saber si las voces pertenecen a una misma sesión —dijo Isara.
—Sin el audio no puedo.
Leire abrió el archivo y envió una copia.
Cora recibió el mensaje.
—Creía que no confiabas en mí —dijo.
—No confío.
—Me tranquiliza que sigas siendo coherente.
Durante los minutos siguientes, Cora dejó la llamada conectada mientras trabajaba. Se oyeron clics, el roce de un teclado y, en dos ocasiones, una puerta cerrándose.
Isara permaneció de pie junto a la mesa. Leire volvió a mirar por la ventana.
—Hay tres discontinuidades claras —dijo Cora finalmente—. Quizá una cuarta.
—¿Dónde?
—Una después de la fecha. Otra tras la frase «No es Mara». Una tercera antes de que la niña diga «Isara». La posible cuarta está justo antes de la alarma.
—Entonces no sabemos cuándo se grabó cada parte —dijo Isara.
—No.
—¿Ni siquiera si ocurrió la noche del incendio?
—La fecha pertenece al primer segmento. El listado de nombres empieza después del primer corte.
Leire miró el casete.
—Entonces ni siquiera demuestra que esas niñas se llamaran así aquella noche.
—Podían estar identificándose —dijo Isara.
—O ensayando nombres que iban a recibir al salir —respondió Leire.
La cinta no era un censo. Era un montaje de sesiones cuya finalidad todavía desconocían.
—¿Puedes distinguir las voces de las niñas?
—No con certeza. Están muy comprimidas y algunas hablan lejos del micrófono.
Leire se acercó al teléfono.
—¿La niña que dice «Mara» es la misma que dice «Isara»?
—No puedo afirmarlo.
—¿Te parecen la misma?
Cora tardó en contestar.
—No.
Isara apoyó una mano en el respaldo de la silla.
—¿Por qué?
—La primera tiene un sonido más cerrado. Podría ser por la distancia, por el miedo o por una diferencia de edad. La segunda articula la erre de otra manera.
—Entonces son dos niñas.
—He dicho que no puedo afirmarlo.
Leire hizo una mueca de impaciencia.
—¿Qué más?
—Hay voces que no se oyen bien en el casete. He aislado parte del ruido, pero no toméis la transcripción como una certeza.
—Reprodúcelo —pidió Isara.
Cora aumentó el volumen desde su ordenador.
La grabación comenzó justo después de que la quinta niña dijera «Cora».
Se oyó el zumbido constante.
Una respiración.
El chirrido de una cama.
Y, detrás de todo, un murmullo infantil.
Cora reprodujo el fragmento otra vez.
Isara no consiguió entenderlo.
—Más despacio.
La voz se deformó al reducir la velocidad, pero algunas sílabas emergieron entre el ruido.
—…sara… fuera…
—¿Qué dice? —preguntó Leire.
—Todavía no lo sé.
Cora aplicó otro filtro.
Esta vez, las sílabas parecieron ordenarse en una frase.
—Las sílabas más claras son «…ía está fuera». Podría decir «Lía está fuera», pero no puedo descartar otra palabra.
Ninguna habló.
Cora repitió el fragmento.
La voz parecía infantil y hablaba tan bajo que probablemente no sabía que el micrófono podía recogerla.
…ía está fuera.
—Si dice Lía, ¿fuera de la habitación? —preguntó Isara.
—Es la interpretación más sencilla, no la única —respondió Cora.
—Y en otro fragmento una niña recibe mi nombre —dijo Isara.
—Precisamente: en otro fragmento —recordó Leire.
Isara miró la llave con el número seis.
—Entonces Lía podría ser el nombre de una niña concreta.
—Podría —dijo Cora.
—¿Sabéis quién era?
Ninguna contestó.
Cora respiró cerca del micrófono.
—Hay algo más. En el segmento final, antes de la alarma, se oye una voz adulta.
—Hasta ahora solo habíamos oído a Celia —dijo Leire.
—Hay otra voz.
El sonido volvió a llenar el salón.
Primero habló Celia:
—Es el único que puede salvarte.
La niña dijo «Isara».
Después se oyó el chasquido del empalme.
Un roce.
Y una segunda mujer, muy lejos del micrófono:
—La verdadera no puede quedarse con su madre.
Isara sintió que Leire se volvía hacia ella.
—Repite eso —pidió.
Cora lo hizo.
La frase no era perfectamente nítida, pero aquella era la transcripción más plausible.
La verdadera no puede quedarse con su madre.
—¿Reconoces la voz? —preguntó Leire.
—No. Y con este sonido no sería responsable intentar identificarla.
Isara sí reconocía algo.
No a la mujer, sino la expresión.
Celia había utilizado aquellas mismas palabras una sola vez.
Isara tenía nueve años. Una compañera de colegio había sido enviada a vivir con sus abuelos después de que su madre ingresara en una clínica. Isara preguntó por qué una niña no podía quedarse con la persona que más la quería.
Celia respondió:
—A veces la verdadera no puede quedarse con su madre.
Isara nunca entendió por qué había dicho «la verdadera» en lugar de «la hija».
Hasta ahora.
—Tengo que colgar —dijo Cora.
—Espera —pidió Isara—. ¿Qué decía tu nota completa?
—Ya te lo conté.
—Contaste una frase.
—Solo había una.
—¿Y Duna?
—Tendrás que preguntárselo a ella.
La llamada terminó.
Leire guardó el teléfono.
—Vámonos.
Isara no se movió.
—¿A quién te referías cuando has dicho que viniste a observarme?
—A ti.
—Eso ya lo sé.
—Quería comprobar si reconocías la casa, los objetos y la voz de Celia.
—Sabías que viví aquí.
—Lo sospechaba.
—¿Por qué?
Leire abrió el bolso y sacó un sobre doblado.
No era el que había recibido Isara. En el centro aparecía el nombre de Leire en mayúsculas.
—Esta era mi nota.
Isara la tomó.
La letra era de Celia.
Solo había dos líneas:
Isara nunca durmió en la habitación seis.
La mujer que se presente con ese nombre habrá vivido conmigo.
Isara levantó la vista.
—Por eso estabas delante de la casa.
—Sí.
—No viniste porque vieras salir a alguien.
—Vi salir a alguien.
—Pero ya estabas vigilándome.
—Sí.
—Creías que yo no era una de las niñas.
Leire recogió la cinta y la guardó en el bolso.
—Todavía lo creo.
—Has oído la grabación. Una de ellas recibió mi nombre.
—Eso no demuestra que seas tú.
—Tengo el vestido de Mara.
—Tampoco demuestra que seas Mara.
Isara sintió que la rabia desplazaba por fin al miedo.
—Entonces ¿qué demostraría algo para ti?
Leire miró la fotografía de las seis niñas.
—Encontrar a la que falta.
—Estamos todas vivas.
—No.
Leire señaló los nombres escritos por Celia en el reverso.
—La cinta reúne seis nombres en un fragmento y una posible Lía fuera en otro. Si hablan del mismo grupo, eran siete.
Isara contó mentalmente las identidades que habían aparecido hasta entonces.
Duna.
Leire.
Salma.
Nélida.
Cora.
Mara.
Y quizá Lía.
Siete niñas posibles.
Seis mujeres convocadas.
—Una pudo no llegar a adulta —dijo.
—O alguno de los nombres no pertenecía a la niña que lo pronunció —respondió Leire.
Leire abrió la puerta.
Antes de salir, Isara miró por última vez el interior de la casa.
La caja que alguien había dejado en la cocina ya no estaba. La policía se la había llevado. Sin embargo, en la mesa permanecía una marca rectangular sobre el polvo, más oscura que la madera que la rodeaba.
Isara apagó la luz.
Al cerrar la puerta, vio algo sujeto bajo el felpudo.
Era una fotografía pequeña.
—No la toques —dijo Leire.
Fotografió su posición y llamó al número de referencia que les había entregado la policía.
Explicó el nuevo hallazgo y dejó constancia de que necesitaban abandonar la casa.
Siguiendo las indicaciones del agente, Isara la levantó por un borde con la funda limpia de la carpeta y anotaron la manipulación.
La imagen mostraba a Celia muy joven, sentada en los escalones del internado. Sostenía a un bebé envuelto en una manta sobre las rodillas.
La cara de Celia estaba intacta.
La de la pequeña había sido raspada.
En el reverso había una fecha:
14 de julio de 1984.
El día en que Isara supuestamente había nacido.
Y una frase:
Mi hija no estaba en la habitación seis. Fue ella quien abrió la puerta.