Las niñas de la habitación seis Capítulo 4 — La cinta de noviembre #2
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Capítulo 4 — La cinta de noviembre #2

—¿Cómo has conseguido esto?

—Empecé por mi propio expediente. Figuraba como interesada y pude solicitar testimonio del procedimiento.

—Eso explica el tuyo, no el mío.

—El archivo contenía un anexo con otras inscripciones tramitadas por los mismos testigos. Tu ficha estaba incorporada como antecedente. Las demás aparecían referenciadas, aunque no todas completas.

Isara repasó el documento.

—¿Las seis fuimos inscritas en 1992?

—No. En años diferentes. Pero todas mediante procedimientos irregulares relacionados entre sí.

—¿Por qué investigaste nuestros nombres?

—Porque el mío aparecía en uno de los expedientes de Fuente Fría.

—¿Qué hacía allí?

—Figuraba en una lista de fallecidas.

El aire se volvió más pesado.

—¿Y tú estabas viva?

—Eso parece.

—¿Cuándo descubriste la lista?

—Hace cuatro años. Había una copia dentro del expediente sobre mi tutela.

—¿Por qué no buscaste a las demás entonces?

—Lo hice.

—Cora ha dicho que no querías hablar con ella.

—Cora no busca respuestas. Busca una versión que pueda grabar.

Isara recordó la advertencia de Duna sobre la grabadora.

—¿Y qué buscas tú?

Leire alineó las hojas con precisión, sin retirarlas todavía.

—Saber quién utilizó mi nombre antes de que me lo dieran.

—¿El nombre pertenecía a otra niña?

—A un expediente de una menor que murió tres años antes del incendio.

—¿Sabes si llegó a llamarse Leire?

—No. Sé que su expediente convirtió ese nombre en una identidad disponible.

La respuesta se parecía demasiado a lo que Duna había contado sobre Mara.

Isara apoyó las manos en la mesa.

—¿Utilizaban nombres de niñas muertas?

—Eso parece.

—¿Para qué?

—Para fabricar identidades.

—¿De quién?

—De niñas que no podían figurar con las suyas.

—¿Por adopciones ilegales?

—Entre otras cosas.

—¿Y Celia participaba?

Leire tardó unos segundos.

—Celia firmó tu inscripción.

—Eso no demuestra que participara en todo.

—No.

—Tal vez intentaba protegernos.

—También es posible.

—No te lo crees.

—No creo en las intenciones de una persona a la que no conocí. Creo en lo que firmó.

Isara pensó en la nota de Celia.

Cuando veas a las otras, no les digas que tú viviste conmigo.

Su madre había sabido que aquella información la separaría del grupo.

No porque la convirtiera necesariamente en culpable, sino porque situaba a Isara más cerca que a las demás de la mujer que había construido las mentiras.

—La policía se ha llevado la cinta —dijo Isara.

—No era la única.

Leire sacó una cinta de casete del bolsillo interior del abrigo.

Isara retrocedió.

La carcasa transparente estaba amarillenta. En la etiqueta aparecía una fecha escrita a mano:

19-11-89

—¿De dónde la has sacado?

—De mi caja.

—¿La llevabas encima mientras estaba aquí la policía?

—Sí.

—¿Y no la has entregado?

Leire sostuvo su mirada.

—He cometido el error de querer documentarla y escucharla antes de perder el acceso. La entregaré con la copia digital y dejaré constancia de todo lo que he hecho.

—Eres abogada.

—Precisamente por eso sé que no debo fingir que la cadena de custodia sigue intacta.

—¿Es igual que la que han dejado aquí?

—No he podido verla bien. La etiqueta parecía idéntica.

—¿La has escuchado?

—Solo el encabezamiento.

—¿Por qué te detuviste?

—Porque necesitaba a alguien capaz de reconocer la voz de Celia.

Celia conservaba un reproductor de casetes en el salón. Lo utilizaba para escuchar viejas grabaciones de música mientras limpiaba, aunque el mecanismo llevaba años fallando.

Isara lo colocó sobre la mesa.

Enchufó el cable. Pulsó el botón de expulsión. La tapa se abrió con un chasquido.

Leire introdujo la cinta.

—Podría estropearla —advirtió Isara.

—Tengo una copia digital.

—Has dicho que solo escuchaste el encabezamiento.

—La digitalicé sin monitorizar el resto. Detuve la reproducción en cuanto oí la fecha y «habitación seis».

—Eres una abogada que lleva cuatro años investigando esto. No haces nada sin prestar atención.

Leire sostuvo su mirada.

—Por eso me detuve y vine a buscarte.

Pulsó el botón.

Al principio solo se oyó estática.

Después, un golpe seco y el roce de alguien manipulando el aparato. Una mujer habló muy cerca del micrófono.

—Diecinueve de noviembre de mil novecientos ochenta y nueve. Habitación seis. Una y doce de la madrugada.

Isara reconoció la voz antes de permitirse aceptarlo.

Era Celia.

Más joven y más aguda, pero inconfundible.

Leire bajó el volumen.

—¿Es ella?

Isara no respondió.

En la cinta, Celia se alejó del micrófono.

—Vamos a hacerlo otra vez. Una por una. Sin ayudaros.

Se oyó a varias niñas moviéndose.

Una tos.

El chirrido de una cama.

Después, la voz de una pequeña.

—Duna.

Otra:

—Leire.

Una tercera, más firme:

—Salma.

—Nélida.

—Cora.

Hubo un silencio.

Isara se inclinó hacia el reproductor.

Celia preguntó:

—¿Y tú?

La sexta niña no respondió.

—Di tu nombre.

Un murmullo incomprensible.

—Más alto.

La niña habló.

—Mara.

Se oyó un movimiento brusco. Otra niña dijo:

—No es Mara.

Celia ordenó silencio.

—Repítelo.

—Mara.

—Otra vez.

La voz infantil tembló.

—Mara.

Celia se acercó al micrófono. Cuando habló de nuevo, lo hizo con una suavidad que Isara conocía demasiado bien.

Era la voz que utilizaba para calmarla durante las tormentas.

—Muy bien. Ahora dime cómo te llamarás cuando salgamos de aquí.

La niña empezó a llorar.

—No quiero.

—Tienes que recordarlo.

—No quiero ese nombre.

—Es el único que puede salvarte.

La grabación se llenó de un siseo.

Durante varios segundos no se entendió nada.

Después, la niña pronunció una palabra.

Isara no necesitó que Leire subiera el volumen.

—Isara.

El reproductor emitió un chasquido.

La cinta continuó girando, pero ya no había voces.

Solo una respiración acelerada y, al fondo, el primer sonido de la alarma de incendios.