Capítulo 4 — La cinta de noviembre
Isara no volvió a tocar la caja.
Retrocedió hacia el pasillo sin perder de vista la cocina, como si la persona que había dejado la fotografía pudiera seguir escondida detrás de una puerta. Recuperó el teléfono de la cama.
Duna continuaba en línea.
—¿Isara?
—Han entrado en la casa.
—Sal de ahí.
—La puerta está cerrada.
—Sal igualmente.
—Han dejado una caja en la cocina.
—No la toques.
Isara miró sus propios dedos.
Ya había levantado la fotografía para leer el reverso. Al sacarla de la caja, había dejado sus huellas sobre el borde blanco y rozado la pulsera. Solo la cinta permanecía intacta.
—Voy a llamar a la policía.
—Hazlo desde fuera.
—No sé si quien ha entrado sigue aquí.
—Precisamente.
Isara cogió las llaves de la casa y bajó de nuevo. Cruzó el recibidor con el teléfono pegado al oído, retiró la cadena y abrió la puerta.
La calle seguía vacía.
La humedad de la noche se le pegó a la cara. Salió al porche y cerró sin llave. Solo entonces terminó la llamada con Duna y marcó el número de emergencias.
Le costó explicar lo ocurrido sin reducirlo a algo que sonara absurdo.
Habían entrado en la casa de su madre.
No faltaba nada.
No había daños visibles.
La persona que había entrado dejó una fotografía tomada desde el interior.
Sí, ella aparecía en la imagen.
No, no había visto a nadie.
Sí, podía fecharla: mostraba algo que había ocurrido hacía apenas unos minutos.
—¿Cómo de reciente? —preguntó la operadora.
Isara miró la ventana del dormitorio.
La cortina seguía apartada, exactamente como la había dejado.
—Diez minutos.
La patrulla llegó diecisiete minutos después.
Durante la espera, Isara permaneció junto a la verja con los brazos cruzados. La casa se alzaba a su espalda, oscura salvo por la lámpara del dormitorio y la luz de la cocina. Desde la calle podía verse parte de la mesa.
También la caja.
A las ocho y cuarenta, un coche gris se detuvo al otro lado de la calzada.
Isara dio un paso atrás.
No era la policía.
La puerta del conductor se abrió y una mujer bajó del vehículo.
Llevaba un abrigo negro hasta las rodillas y el cabello recogido en una coleta baja. Era alta, delgada y caminaba con una rigidez que no parecía miedo, sino costumbre. Cerró el coche y se quedó junto a él, observando la casa.
Isara reconoció su rostro.
Lo había visto aquella tarde en la página de un despacho de abogados.
—Leire Montoro.
La mujer no se mostró sorprendida.
—Isara Luján.
—¿Era tu coche el que estaba aparcado aquí antes?
Leire miró hacia la esquina por la que había desaparecido el vehículo oscuro.
—Sí.
—¿Me estabas vigilando?
—Estaba comprobando que te encontrabas en la casa.
—Podías haber llamado.
—No tenía intención de hablar contigo.
—Entonces ¿por qué has vuelto?
—Porque, al rodear la manzana, he visto a alguien salir al callejón de atrás.
Isara miró la vivienda.
—¿De mi casa?
—No vi el punto exacto. La figura apareció junto a tu jardín, cruzó otras dos parcelas y desapareció por un paso lateral.
—¿Hombre o mujer?
—Llevaba capucha.
—¿Lo seguiste?
—No.
—¿Por qué?
Leire sostuvo su mirada.
—Porque no sabía si era más importante vigilar a quien salía o averiguar si tú seguías dentro.
A lo lejos apareció el reflejo azul de la patrulla.
Isara volvió a mirar a Leire.
—¿Cómo sabes que yo estaba aquí?
—Cora.
—¿Te dio la dirección?
—No la necesitaba.
—¿También me has investigado?
—He investigado a Celia Luján.
El coche policial se detuvo frente a ellas.
Bajaron dos agentes. Un hombre de unos cincuenta años y una mujer más joven con el cabello recogido bajo la gorra. Isara se identificó y explicó de nuevo lo ocurrido. Cuando señaló a Leire, esta entregó su documentación sin que se lo pidieran.
—Soy abogada —dijo—. Y puedo confirmar que he visto a una persona salir del callejón trasero hace aproximadamente veinte minutos.
El agente mayor la observó.
—¿Qué hacía usted aquí?
—Comprobaba si la señora Luján seguía en la casa antes de decidir si hablaba con ella.
Isara no estaba acostumbrada a oírse llamar señora Luján. Pero comprendió que Leire utilizaba el apellido como una barrera, igual que ella había utilizado sus mentiras.
Entraron en la casa.
Los agentes recorrieron primero las habitaciones de la planta baja. Después subieron. Revisaron armarios, balcones y ventanas. No encontraron a nadie.
En la despensa había una abertura estrecha que daba al jardín. La falleba estaba cerrada, pero la madera que la rodeaba mostraba una grieta reciente.
—Se puede manipular desde fuera —explicó la agente—. Con una lámina fina o un destornillador.
El intruso no había necesitado romper nada.
Leire permanecía en el recibidor. No intentó acercarse a la cocina ni preguntó por la caja. Se limitaba a observar.
Cuando el agente mayor vio la fotografía instantánea, se inclinó sobre la mesa.
—¿Esta es usted?
—Sí.
—¿Dónde estaba cuando la tomaron?
—En el dormitorio de arriba.
—¿A qué hora?
—Unos minutos antes de llamar.
—¿Y no oyó a nadie?
—Un golpe. Pensé que era una puerta.
El agente levantó la vista hacia el marco de la cocina.
Desde allí no se distinguía el dormitorio. Quien hubiera tomado la imagen había tenido que subir al piso superior.
—¿Vivía usted aquí?
Isara notó que Leire la miraba desde el pasillo.
—Vivía mi madre.
—¿La señora Celia Luján?
—Sí.
—¿Y ha fallecido recientemente?
—Hace tres días.
El agente anotó algo.
—¿Tenía problemas con alguien?
—No que yo sepa.
—¿Algún conflicto por la herencia?
—No hay una disputa por la herencia que explique esto.
—A veces no hace falta que haya mucho.
La agente fotografió la caja antes de tocarla con guantes. Extrajo la cinta, la pulsera y la instantánea. Después introdujo cada objeto en una bolsa transparente y guardó también la caja en una bolsa de mayor tamaño.
—¿Reconoce la pulsera?
Isara se acercó.
Era una tira elástica con cuentas rojas. Entre ellas había seis cuentas blancas. Cinco estaban marcadas con una letra.
I S A R A
La sexta cuenta estaba en blanco.
—No —respondió.
Leire dio un paso hacia la mesa.
—La caja sí se parece a la que recibí.
—¿Qué caja? —preguntó el agente.
Leire apretó la mandíbula.
—Una que me enviaron por mensajería.
—¿Relacionada con la señora Luján?
—Eso intento averiguar.
—Necesito que lo explique mejor.
Leire miró a Isara antes de contestar.
—Seis mujeres hemos recibido objetos relacionados con un antiguo internado en el que trabajó Celia Luján.
El agente dejó de escribir.
—¿Qué internado?
—Fuente Fría.
El nombre produjo una reacción apenas perceptible. El hombre levantó la cabeza. La agente más joven dejó de mover la bolsa que contenía la cinta.
—¿Conoce el lugar? —preguntó Isara.
—El caso se conoce en toda la provincia —respondió él—. Hubo un incendio.
—Hace treinta y siete años.
—Lo sé.
—Murieron seis niñas.
El agente cerró la libreta.
—Eso dice la información publicada.
Leire lo miró con atención.
—¿Y qué dice la información que no se publicó?
—No estamos investigando el incendio.
—Tal vez deberían.
La agente joven intervino antes de que el hombre respondiera.
—Nos llevaremos los objetos para buscar huellas y comprobar la fotografía. También recogeremos posibles rastros de la ventana. Esta noche no debería quedarse sola.
—Puedo ir a un hotel —dijo Isara.
—Será mejor.
—No —dijo Leire.
Isara se volvió hacia ella.
—No te he preguntado.
—Quien ha entrado sabía que estabas aquí. Si vas a un hotel con tu documentación, tardará poco en localizarte.
—¿Y qué propones?
—Que vengas conmigo.
Isara soltó una risa seca.
—Llevas una hora vigilándome desde un coche.
—Y por eso he visto al intruso.
—También podrías ser tú quien lo ha organizado.
—Podría.
La naturalidad de la respuesta desconcertó incluso al agente.
—No parece una buena idea que se vayan juntas —dijo él.
Leire sacó una tarjeta del bolso y se la entregó.
—Me alojo en un apartamento turístico de la calle Mayor. Hay cámaras en la entrada, portero automático y una sola puerta de acceso. Pueden anotarlo.
—Eso no convierte a esta señora en alguien de confianza.
—No he dicho que lo sea.
Isara observó a Leire.
La abogada no intentaba caerle bien. No suavizaba las frases ni fingía una cercanía que no existía. Resultaba áspera, pero también más legible que Cora.
—Me quedaré en casa de una amiga —mintió Isara.
La policía terminó la inspección poco después de las diez. Les entregaron un número de referencia y les pidieron que no tocaran la ventana de la despensa hasta que acudiera el equipo encargado de recoger rastros.
Cuando se marcharon, Leire continuó junto a la puerta.
—No tienes ninguna amiga esperándote.
—No sabes nada sobre mis amistades.
—Has dicho que irías a un hotel. Si tuvieras una alternativa mejor, habría sido tu primera opción.
—Quizá no quería involucrarla.
—Quizá.
Isara cerró la puerta y colocó la cadena.
Leire seguía dentro.
—Puedes marcharte.
—Antes quiero enseñarte algo.
—¿La caja que recibiste?
—No.
Abrió el bolso y sacó una carpeta fina.
Isara la reconoció inmediatamente.
Era del mismo color y tamaño que la carpeta médica que había encontrado en la cómoda de Celia.
Leire dejó sobre la mesa una copia de una ficha de nacimiento incorporada como antecedente al expediente de 1992.
No era la inscripción tardía que Isara conocía.
El nombre era el mismo.
La fecha también.
Sin embargo, en el apartado reservado a la madre no aparecía Celia Luján.
Aparecía:
Adriana Vela Montalbán.
—¿Quién es? —preguntó Isara.
—Una mujer que murió en 1984.
—¿Cuándo?
—El 2 de marzo.
Isara volvió a mirar su fecha de nacimiento.
—Yo supuestamente nací el 14 de julio.
—Exacto.
—Entonces el documento es falso.
—Los dos lo son.
Leire colocó otra hoja junto a la primera. Era una resolución judicial de septiembre de 1992. El expediente autorizaba la inscripción tardía del nacimiento de Isara basándose en las declaraciones de Celia Luján y de dos testigos.
Uno de ellos era un médico llamado Julián Vega .
El otro, una mujer llamada Adriana Vela Montalbán .
—Una muerta declaró ante un juez —dijo Isara.
—No exactamente. Alguien presentó una declaración firmada en su nombre.
—¿Y nadie lo comprobó?
—Alguien se aseguró de que no lo comprobaran.