Las niñas de la habitación seis Capítulo 3 — Mara #2
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Capítulo 3 — Mara #2

—¿Por qué cosieron el nombre encima?

—Tal vez para reutilizar el vestido.

—¿Y por qué Celia ocultó la marca con una costura más reciente?

Duna no respondió.

Isara se levantó y caminó hasta la ventana. Apartó la cortina.

La calle estaba vacía. Las farolas iluminaban el asfalto húmedo. Frente a la casa había un coche oscuro, estacionado junto a un contenedor. No recordaba haberlo visto al llegar.

—¿Qué ponía en tu nota? —preguntó.

—¿Cuál?

—La que Celia dejó dentro de la caja.

Duna vaciló.

—No mencionaba la habitación.

—¿Qué decía?

—«No dejes que Mara llegue primero».

Isara observó el coche.

—¿Primero a dónde?

—No lo especificaba.

—La cita es en el internado.

—Lo sé.

—Entonces puede referirse a Fuente Fría.

—Puede. También puede referirse a un orden que todavía no entendemos.

—¿Por qué no me lo habías dicho?

—Porque no sabía quién eras.

Isara apretó los dedos alrededor de la cortina.

—Ahora tampoco lo sabes.

—Cora me ha contado que te llamas Isara Luján.

—Eso no significa nada.

—Significa que compartes apellido con Celia.

—Hay miles de Luján.

—También significa que en internet no existe ninguna información sobre ti anterior a 1992.

Isara se volvió hacia el dormitorio.

—¿También me has investigado?

—Cora me envió lo que encontró.

—¿Qué encontró?

—Una matrícula escolar a nombre de Isara Luján en septiembre de 1992. Una inscripción de nacimiento fuera de plazo. Ningún padrón anterior que haya podido localizar, ninguna fotografía pública y ningún familiar reconocible.

Isara miró la partida que tenía sobre la mesa.

Cora sabía más de ella de lo que había admitido durante la llamada.

—¿Te ha enviado información sobre las demás?

—Sí.

—¿También sobre Nélida?

—De ella casi no hay nada.

—¿Y de Leire y Salma?

—Lo suficiente para sospechar que sus primeras identidades tampoco encajan.

El coche de la calle encendió las luces.

Isara se apartó instintivamente de la ventana.

El vehículo arrancó y avanzó despacio. No pudo ver al conductor. Al llegar a la esquina giró sin señalizar y desapareció.

—Creo que alguien estaba vigilando la casa —dijo.

—¿La casa de quién?

Isara comprendió demasiado tarde el error.

No podía decir «la de Celia».

—La casa donde estoy.

—¿Dónde estás?

—En San Tirso.

Duna guardó silencio.

—¿Isara?

—Sí.

—Celia vivía en San Tirso.

La advertencia estaba escrita frente a ella.

Cuando veas a las otras, no les digas que tú viviste conmigo.

Isara todavía no había visto a Duna. Pero las mentiras ya se le acumulaban unas sobre otras, y la última acababa de romperse.

—¿Cómo sabes dónde vivía? —preguntó.

—Cora encontró la esquela.

Isara cerró los ojos.

—Estoy ordenando la casa.

—¿Qué casa?

Ya no tenía sentido fingir.

—La de Celia.

Duna dejó escapar el aire.

No mostró sorpresa.

—Tú eres la que vivió con ella.

No era una pregunta.

Isara regresó al escritorio.

—Sí.

—¿Era tu madre?

Miró la fotografía.

Cinco caras.

Una ausencia blanca.

—Eso he creído toda mi vida.

Duna no dijo nada durante unos segundos.

Cuando volvió a hablar, su voz había perdido la inseguridad.

—Entonces no creo que seas Mara.

Isara sostuvo el teléfono con ambas manos.

—El vestido dice que podría serlo.

—El vestido solo demuestra que Celia te lo entregó.

—Me dijo que era mío.

—Pudo mentirte sobre eso.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

Duna tardó en responder.

—Durante años he creído que Mara había muerto antes.

Isara miró el sello rojo.

—¿Lo recuerdas o lo dedujiste?

—No sé separarlo. Recuerdo que ya no estaba con nosotras. Puede que se la llevaran y alguien dijera que había muerto. Mi cabeza pudo convertir una ausencia en otra cosa.

—¿Antes del fuego?

—Eso he creído siempre. Días antes. Quizá semanas.

—Entonces ¿por qué su nombre aparece en el vestido?

—Porque alguien te dio sus cosas.

—Hay seis niñas en la fotografía.

—La fotografía no se tomó la noche del incendio.

Isara intentó ordenar lo que acababa de escuchar.

—Si Mara ya no estaba, solo quedaban cinco niñas.

—Eso es lo que llevo años pensando.

—Pero los archivos dicen que murieron seis.

—Sí.

—¿Quién era la sexta?

Duna tardó tanto en contestar que Isara creyó que no lo haría.

—Eso es lo que los adultos consiguieron que nadie preguntara.

Un ruido seco sonó en la planta baja.

Isara se quedó inmóvil.

No había sido el frigorífico.

Parecía una puerta cerrándose.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Duna.

Isara no respondió.

Dejó el teléfono sobre la cama y salió al pasillo.

La luz de la escalera estaba apagada. Desde arriba solo podía ver una franja del recibidor, iluminada por la lámpara que había dejado encendida junto al sofá.

—¿Hay alguien? —llamó.

Su voz bajó por la escalera y regresó más débil.

Nada.

Descendió despacio.

La puerta principal seguía cerrada. La cadena estaba puesta. Las ventanas del salón también.

El ruido había venido de la cocina.

Isara avanzó por el pasillo.

Sobre la mesa había una caja de lata.

No era la que había encontrado en el armario. Aquella seguía en el dormitorio.

La nueva era más pequeña y tenía los bordes cubiertos de óxido.

Isara se detuvo en el umbral.

La tapa permanecía abierta.

Dentro había una cinta de casete, una pulsera infantil de cuentas rojas y una fotografía instantánea.

Mostraba el dormitorio de Celia.

Isara aparecía de espaldas, inclinada sobre el vestido.

La imagen había sido tomada menos de diez minutos antes, desde la puerta que ella creía cerrada.

En el reverso había una sola frase:

Mara no murió antes del incendio. Murió después de que Celia eligiera a cuál de las seis salvar.