Las niñas de la habitación seis Capítulo 3 — Mara
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Capítulo 3 — Mara

Isara pronunció el nombre en voz alta.

—Mara.

La casa no respondió.

Ningún crujido distinto ni ninguna puerta movida por una corriente. Solo el zumbido del frigorífico en la planta baja y el golpeteo irregular de una rama contra la ventana.

Aun así, la palabra pareció quedarse en el dormitorio.

Mara.

No era una palabra desconocida, pero en la etiqueta del vestido no parecía el nombre de otra persona. Parecía una corrección.

Como si alguien hubiera esperado cuarenta años para decirle que se había equivocado al responder cada vez que la llamaban.

Isara acercó la prenda a la lámpara.

La etiqueta estaba cosida directamente sobre el forro interior, bajo el cuello. El nombre se había escrito con tinta negra, ya desvaída, y el trazo no se parecía al de Celia. Las letras eran rectas, impersonales, probablemente añadidas por alguna trabajadora del internado.

MARA

Debajo, en una segunda línea:

HAB. 6

La costura del lado derecho era más reciente que las demás.

Isara rozó el hilo con la uña. Distinguía las reparaciones con facilidad. No porque supiera coser, sino porque llevaba años estudiando la manera en que el tiempo se acumulaba sobre los objetos. El hilo original había amarilleado. Aquel, en cambio, seguía gris.

Alguien había abierto la etiqueta y vuelto a coserla. Si el vestido llevaba tantos años en aquella casa, lo más probable era que hubiera sido Celia.

Isara lo dejó sobre la cama y fotografió la costura desde tres ángulos. Sabía qué habría recomendado a cualquier cliente: no intervenir, documentar el estado y esperar a disponer de las herramientas adecuadas.

Fue al baño, buscó unas tijeras pequeñas en el neceser de su madre y regresó con ellas. Se sentó bajo la lámpara e introdujo la punta bajo la puntada más reciente.

Se detuvo.

Celia podía haber ocultado algo.

La única decisión profesional era no tocarlo. La única decisión que Isara soportaba en aquel momento era averiguar qué había debajo.

Cortó el primer hilo.

Después el segundo.

La esquina de la etiqueta se levantó.

Debajo no había ningún papel ni objeto escondido. Solo otra capa de tela, más clara, con una palabra escrita en rojo.

Isara apartó por completo la etiqueta.

Leyó:

FALLECIDA

Las tijeras resbalaron de sus dedos.

Cayeron sobre la alfombra sin hacer apenas ruido.

Isara no se movió.

El sello rojo ocupaba el espacio oculto bajo el nombre. La tinta se había extendido entre las fibras, pero las letras seguían siendo inequívocas.

FALLECIDA

Volvió a comprobar el vestido de la fotografía.

La niña sin rostro llevaba aquella prenda.

La etiqueta decía Mara.

Y alguien había marcado que Mara había muerto.

Isara se levantó tan deprisa que golpeó la silla con la rodilla. El dolor le subió por el muslo, pero apenas lo sintió.

Cogió la partida de nacimiento.

Isara Luján Arce. Nacida el 14 de julio de 1984.

Miró el vestido.

Calculó la edad de la niña de la fotografía. Cinco o seis años; quizá siete, si la ropa alteraba las proporciones. El incendio había ocurrido en noviembre de 1989. Si Isara hubiera nacido en julio de 1984, habría tenido cinco años.

Podía ser ella.

También podía ser Mara.

La etiqueta no demostraba que hubiera usado el vestido durante el incendio. Podía haber pertenecido a otra niña y llegar después a manos de Celia. Podía formar parte de los objetos recuperados. Su madre podía haberlo guardado y, años más tarde, habérselo entregado como si fuera suyo.

Pero ¿por qué?

¿Por qué construir una infancia con la ropa de una niña muerta?

El teléfono vibró.

Isara lo miró desde el otro lado del dormitorio.

No quiso acercarse.

La pantalla se iluminó de nuevo.

Esta vez no era un número desconocido.

Duna Rivas.

El nombre aparecía sobre el número en el perfil de mensajería. Isara no lo había guardado.

Dejó que la llamada terminara.

Unos segundos después recibió un mensaje.

Cora me ha dado tu número. Perdona. Necesito preguntarte algo sobre el vestido.

Isara leyó la frase varias veces.

No había contado a Cora que hubiera encontrado un vestido.

Tampoco le había enviado una fotografía.

Escribió:

¿Qué vestido?

Los puntos que indicaban que Duna estaba respondiendo aparecieron y desaparecieron tres veces.

Finalmente llegó una imagen.

Era un dibujo infantil realizado con ceras. Mostraba seis figuras frente a un edificio negro. Cinco tenían cabeza. La sexta terminaba a la altura del cuello.

En una esquina, con una escritura vacilante, podía leerse:

MARA TIENE MI VESTIDO

Isara amplió la imagen.

La figura sin cabeza llevaba una prenda amarilla con cinco puntos blancos. No se parecía al vestido que tenía sobre la cama, salvo por una fila vertical de botones.

¿De dónde has sacado esto? , escribió.

Duna respondió:

Estaba en mi caja. En el reverso Celia escribió: «Lo dibujaste tú. Ella reconocerá el vestido».

Isara la llamó.

Duna tardó en contestar. Cuando lo hizo, habló en voz baja.

—No quería asustarte.

—Pues has elegido una manera extraña de evitarlo.

—Cora me ha dicho que trabajas con fotografías. Pensé que quizá también sabrías interpretar dibujos.

—Un dibujo no se interpreta como una fotografía.

—Ya.

La voz de Duna era distinta de la de Cora. Más cálida, pero también más insegura. Parecía disculparse incluso al respirar.

—¿Recuerdas haberlo dibujado?

—No.

—¿La letra del reverso es de Celia?

—Cora cree que sí. Yo no la conozco.

—Entonces tampoco sabes si fuiste tú quien lo hizo.

—No. Solo sé que Celia quiso que me llegara a mí y que te preguntara por el vestido.

La respuesta llegó con tanta naturalidad que Isara sintió una punzada de culpa. Duna no sabía que hablaba con la mujer a la que Celia había criado y presentado como hija.

Ni siquiera Isara podía estar ya segura de que aquella relación hubiera empezado siendo lo que siempre creyó.

—Cora dice que tú parecías estar esperando la llamada —dijo Isara.

—Cora interpreta demasiado.

—¿La esperabas?

Duna no contestó.

—Duna.

—Esperaba que algún día ocurriera algo.

—Eso no es lo mismo.

—Para mí sí.

Isara se sentó frente al escritorio.

—¿Por qué?

Al otro lado se oyó una puerta cerrándose. Después, un sonido de pasos y una respiración más próxima.

—Porque recuerdo Fuente Fría.

Isara apretó el teléfono.

—Has dicho que no recordabas haber estado allí.

—No se lo he dicho a Cora.

—¿Por qué?

—Porque graba las conversaciones.

Isara recordó la profesión de Cora.

—¿Cómo lo sabes?

—Vi una luz encendida en su bolso cuando vino a mi casa. Le pregunté y fingió no escucharme.

—Podría haber sido el teléfono.

—Era una grabadora.

Isara miró los mensajes que había intercambiado con Cora. Nada le garantizaba que la llamada no hubiera quedado registrada.

—¿Qué recuerdas? —preguntó.

Duna tardó tanto en responder que Isara pensó que había colgado.

—Una ventana pequeña —dijo al fin—. Estaba demasiado alta para que pudiéramos mirar por ella. Una de nosotras se subía a una silla y las demás esperábamos turno. Fuera había un árbol de tronco muy claro.

—¿Algo más?

—Una campana que no sonaba como las campanas. Una mujer con una mancha oscura en la mano. Y una puerta con un pasador que costaba mover.

Isara anotó las frases en el reverso de un recibo.

—¿Recuerdas el incendio?

—Recuerdo humo.

—Eso puede venir de haber leído noticias.

—El pasador no aparecía en las noticias.

Duna guardó silencio.

—¿Sabías que trabajaba allí? —insistió Isara.

—Lo descubrí hace años.

—¿También aparece como tu madre en algún documento?

—No.

Isara dejó el bolígrafo.

—Cora ha dicho que figura como madre biológica en su partida original.

—En la mía aparece otra mujer.

—¿La has encontrado?

—Murió en 1987.

Dos años antes del incendio.

—Eso no impide que fuera tu madre. Impide que participara en cualquier documento posterior.

—Exacto. Y no he encontrado ninguna relación real entre ella y la familia que me crió.

—¿Tienes una fecha fiable?

Duna soltó una risa triste.

—Tengo tres.

Isara miró su propia partida.

—¿Cuál utilizas?

—La del documento nacional. El 9 de febrero de 1983.

—Eso te haría mayor que yo.

—O no.

—¿Cuáles son las otras?

—Mayo de 1984 y una fecha incompleta de 1982.

Isara escribió los años.

—¿Por qué nadie corrigió esas contradicciones?

—Porque nadie quería corregirlas. Querían que existiera una versión suficiente para que pudiera ir al colegio, al médico y vivir con una familia.

—¿Te adoptaron legalmente?

—Eso dice la sentencia.

—¿La has visto?

—Sí.

—¿Y?

—Tiene una firma de un juez que ese día estaba ingresado en un hospital de Madrid.

Isara cerró los ojos.

No era una irregularidad aislada. No era un documento mal copiado. Habían fabricado identidades con piezas tomadas de personas distintas.

—¿Cuándo empezaste a recordar Fuente Fría?

—Siempre lo recordé. Solo que no sabía que era un lugar real. Pensaba que era una casa donde habíamos vivido antes de mi adopción.

—¿Quiénes?

—Las niñas.

—¿Recuerdas sus nombres?

—No todos.

Isara dejó de escribir.

—¿Recuerdas a Mara?

El silencio cambió.

Duna respiró por la nariz, lentamente.

—Sí.

Isara miró la palabra FALLECIDA bajo la etiqueta.

—¿Cómo era?

—No lo sé.

—Acabas de decir que la recuerdas.

—Recuerdo el nombre. Recuerdo que las cuidadoras lo repetían. Pero cuando intento pensar en ella, nunca veo una cara.

Isara sintió que algo se cerraba dentro de su pecho.

—¿Llevaba un vestido como el del dibujo?

—Todas teníamos ropa compartida. Los nombres se cosían y descosían. Cuando una prenda quedaba pequeña, pasaba a otra niña.

—Entonces el vestido no demuestra nada.

—No.

Duna había respondido demasiado rápido.

—¿Qué no me estás contando?

—Que el dibujo me ha producido miedo antes de saber por qué.

Isara fotografió el interior del cuello y envió la imagen.

Duna no habló durante casi un minuto.

—¿Sigues ahí? —preguntó Isara.

—Sí.

—¿Has visto la palabra?

—Sí.

—¿Qué crees que significa?

—Que el vestido había pertenecido a una menor dada por fallecida o que lo reservaron después de su muerte. En instituciones antiguas se marcaban y reutilizaban prendas.

—¿Cómo sabes eso?

—Trabajo con niños. He leído sobre residencias antiguas. Pero no puedo saber cuándo pusieron el sello ni a quién pertenecía entonces.