Capítulo 2 — La primera voz #2
—Cinco años, según los documentos. No recuerdo nada anterior.
—Yo tampoco.
Cora soltó el aire lentamente.
—¿Tú también fuiste adoptada?
Isara miró la fotografía de las niñas.
Cinco rostros.
Uno borrado.
—No lo sé.
Celia siempre le había dicho que era su hija. Lo que Isara empezaba a ignorar era si aún podía creerla.
—La familia con la que crecí nunca habló de una adopción —añadió.
Cora esperó una explicación que Isara no ofreció.
—En esa primera inscripción no figura ningún padre —dijo—. Solo Celia. Fue anulada siete meses después y sustituida por otra. Tardé años en conseguir una copia.
—¿Por qué empezaste a buscar?
—Porque encontré dos fechas de nacimiento distintas.
—¿Distintas cuánto?
—Once meses.
Isara frunció el ceño.
—Eso no puede ser un error administrativo.
—No lo era. Los documentos hacían aparecer a dos niñas con mi nombre.
El dormitorio pareció estrecharse.
—¿Qué nombre?
—Cora Beltrán.
—Pero Beltrán es tu apellido adoptivo.
—También figuraba en el otro expediente.
Isara se llevó una mano a la frente.
—No te entiendo.
—Porque todavía no tengo una explicación que pueda contarte sin que parezca una locura. Por eso quería que no fueras a Valdecierzo, al menos hasta saber quién había preparado la reunión.
—Ha sido Celia.
—Celia ha muerto.
—Dejó los sobres antes.
—La dirección y la hora, sí. Pero alguien ha enviado las cajas. Alguien conoce nuestros domicilios actuales, nuestros números y la relación entre las seis. Y quien preparó el contenido conocía el interior del internado.
Isara miró la llave.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque mi caja contenía una copia impresa en papel moderno de una fotografía antigua. En el reverso alguien había escrito «Habitación 6».
El frío que había comenzado bajo sus pies pareció ascenderle por las piernas.
—Eso no demuestra que la imagen fuera reciente.
—No. Demuestra que quien preparó la caja sabía qué lugar debíamos buscar.
—¿Qué aparecía?
Cora tardó en responder.
—Seis camas.
—¿Cómo estaban dispuestas?
—Cinco en paralelo. La sexta atravesada junto a una puerta lateral.
Durante unos segundos ninguna habló.
En el piso inferior, el frigorífico se puso en marcha. El zumbido llegó amortiguado a través del suelo y se confundió con la respiración de Cora.
—Voy a ir —dijo Isara.
—Ya lo suponía.
—Tú también.
—Sí.
—Entonces el mensaje no pretendía detenerme.
—Pretendía saber qué clase de persona eras.
—¿Y ya lo sabes?
—Sé que mientes cuando tienes miedo.
Isara apretó los dedos alrededor del teléfono.
—Nos vemos el día ocho.
—Una cosa más.
Isara estuvo a punto de colgar.
—¿Qué decía tu nota? —preguntó Cora.
—Ya te lo he dicho.
—No. Me has dicho lo que querías contarme.
Isara pensó en devolverle la pregunta, pero comprendió que aquella conversación no terminaría hasta que una de las dos entregara algo verdadero.
—Decía que no entráramos juntas en la habitación seis.
Cora no respondió.
—¿Cora?
—La mía decía lo contrario.
Isara se quedó inmóvil.
—¿Qué decía exactamente?
La voz de Cora descendió.
—«Cuando estéis las seis, cierra la puerta desde fuera».
La llamada terminó.
Isara apartó el teléfono y comprobó la pantalla. Cora había colgado.
Intentó llamarla de nuevo.
La comunicación saltó directamente al buzón de voz.
No dejó mensaje.
Permaneció sentada en el borde de la cama, observando la caja abierta. El dormitorio de Celia había perdido el aspecto de una habitación a medio vaciar. Ahora parecía un lugar registrado a toda prisa, lleno de escondites que Isara todavía no había encontrado.
Se levantó y cerró la puerta.
Después comenzó a buscar.
No sabía qué esperaba descubrir: un expediente, una segunda carta, fotografías de las otras mujeres.
Abrió cajones, retiró libros, examinó los bolsillos de los abrigos y pasó la mano por debajo de las baldas.
Celia había enseñado a su hija a no tirar nada sin comprobar antes los forros, las tapas y los dobladillos.
—Las cosas importantes no siempre están donde deben —decía.
Isara nunca había pensado que aquella frase pudiera referirse a personas.
En el cajón inferior de la cómoda encontró una carpeta con documentos médicos. Informes sobre la enfermedad de Celia, recetas, análisis, instrucciones para el ingreso hospitalario. Todo estaba ordenado cronológicamente.
Debajo había un sobre del Registro Civil.
Isara lo abrió.
Dentro estaba la copia de su partida de nacimiento que había visto a los dieciséis años. La fecha indicaba que había nacido el 14 de julio de 1984. El lugar de nacimiento figuraba como San Tirso. Madre: Celia Luján Arce. Padre: no declarado.
Nada que no hubiera visto antes.
Sin embargo, esta vez Isara no se limitó a leer los nombres.
Examinó los sellos.
La copia había sido expedida en 1992, como recordaba. Pero en el margen inferior aparecía una anotación que nunca había entendido:
Inscripción practicada fuera de plazo mediante expediente gubernativo.
Buscó el significado en el teléfono.
Una inscripción fuera de plazo se realizaba cuando un nacimiento no había sido registrado dentro del periodo legal. Requería documentos, testimonios y una resolución.
Isara volvió al papel.
La inscripción se había realizado el 3 de septiembre de 1992.
Tenía ocho años.
No era la copia tardía de un registro antiguo.
Su nacimiento había sido inscrito por primera vez cuando ya sabía leer, montar en bicicleta y preparar sola el desayuno.
Debajo del documento había una hoja con los nombres de dos testigos.
No conocía a ninguno.
El domicilio declarado por Celia tampoco era la casa inundada de la que tanto había hablado. Era una pensión de Valdecierzo.
Isara fotografió los papeles y los guardó en su bolso.
Continuó buscando.
La tarde se apagó detrás de las cortinas. No encendió más luces. La lámpara del escritorio proyectaba un círculo amarillo que dejaba el resto del dormitorio en penumbra.
Pasadas las siete, había vaciado todos los cajones.
No encontró ninguna otra referencia al internado.
Se arrodilló frente al armario y retiró las cajas del fondo. Había zapatos, bolsos antiguos, una manta eléctrica y una maleta pequeña con ropa infantil.
Isara reconoció la maleta.
Celia se la había enseñado una sola vez. Contenía las pocas prendas que, según decía, habían sobrevivido a la inundación: un jersey de lana, dos calcetines sin pareja, una bufanda amarilla y un vestido claro con pequeños botones nacarados.
El vestido de la fotografía.
Lo sacó con cuidado.
Era más pequeño de lo que recordaba. La tela había adquirido un tono amarillento y uno de los botones estaba suelto. Isara lo sostuvo frente a sí, intentando imaginar su cuerpo dentro.
Nunca había visto una fotografía en la que lo llevara.
Solo tenía la palabra de Celia.
Extendió la prenda sobre la cama y comparó el cuello, las mangas y la fila de botones con los de la niña sin rostro.
Coincidían.
No de forma aproximada.
Era el mismo vestido.
Una reparación junto al hombro izquierdo formaba una línea ligeramente más oscura. También aparecía en la fotografía.
Isara introdujo los dedos bajo el cuello y palpó la costura. Notó un borde áspero.
Dio la vuelta al vestido.
En el interior había una etiqueta de tela cosida con hilo gris. El tiempo había borrado parte de las letras, pero todavía podían leerse.
FUENTE FRÍA
Debajo aparecía un número escrito a mano.
HAB. 6
Y, en la última línea, un nombre.
Isara acercó la tela a la lámpara.
No decía Isara.
Decía:
Mara.