Las niñas de la habitación seis Capítulo 2 — La primera voz
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Capítulo 2 — La primera voz

Isara tardó doce minutos en devolver la llamada.

Durante los primeros cinco permaneció sentada frente al escritorio, con el teléfono entre las manos y la fotografía bajo la lámpara.

Durante los siete siguientes recorrió el dormitorio de su madre, desde la ventana hasta la puerta, como si aquellos cuatro metros pudieran conducirla a una decisión distinta.

El número no aparecía asociado a ningún nombre.

Lo copió en el buscador. No encontró resultados. Probó en dos directorios abiertos de identificación de llamadas y comprobó si alguna aplicación de mensajería mostraba un perfil público.

Nada.

También examinó la fotografía recibida por mensaje. La imagen había sido tomada sobre una mesa de madera oscura. En una de las esquinas se veía parte de una taza blanca y el borde de un ordenador portátil. No había rostros reflejados, documentos legibles ni objetos que permitieran situarla.

Solo la caja.

La llave.

Y la misma fotografía con una niña diferente borrada.

Isara abrió la ficha de contacto y pulsó el icono del teléfono.

Respondieron al segundo tono.

—Has tardado.

Era una mujer.

Su voz no sonaba asustada ni sorprendida. Tenía una cadencia lenta, casi profesional, como si hubiese ensayado la conversación antes de que Isara llamara.

—¿Quién eres?

—Cora Beltrán.

Isara volvió la cabeza hacia la fotografía.

El último nombre escrito por Celia.

—¿Cómo has conseguido mi número?

—El del taller figura en tu página profesional.

—¿Y los otros?

—Con más dificultad.

—Eso tampoco responde a la pregunta.

—No pretendía hacerlo.

Isara se apartó el teléfono de la oreja y miró la pantalla. La llamada seguía conectada. Durante un instante pensó en colgar, bloquear el número y entregar la caja a la policía.

Pero ¿qué iba a denunciar?

Una fotografía antigua.

Una llave.

Un mensaje desagradable.

Nada de aquello constituía una amenaza directa. Ni siquiera podía demostrar que la mujer al otro lado fuera Cora Beltrán.

—Dime algo que no aparezca en internet —pidió Isara.

Cora guardó silencio.

—Tienes una llave de hierro con una placa ovalada. El seis está grabado ligeramente torcido y hay una pequeña muesca en el borde derecho. El sobre lleva tu nombre en mayúsculas. La cita es el ocho de noviembre a las cinco de la tarde.

Isara tomó la llave.

La muesca estaba allí, fina y regular.

—Eso puede saberse por la fotografía que me has enviado.

—La llave no se ve entera.

Isara amplió la imagen del mensaje. Cora tenía razón. La placa ocultaba casi todo el borde derecho.

—¿Tú también recibiste una caja?

—Todo indica que las seis debíamos recibir una.

—¿Las seis?

—No he conseguido hablar con Nélida. Leire me colgó dos veces. Salma cree que soy una periodista buscando una exclusiva y ha amenazado con denunciarme. Duna fue la única que parecía estar esperando la llamada.

—¿Y tú qué crees que eres?

Cora soltó una risa breve, sin humor.

—Una periodista buscando una exclusiva.

Isara recordó los resultados que había encontrado. Los reportajes radiofónicos sobre adopciones irregulares. Las fotografías de Cora delante de edificios judiciales y archivos provinciales, siempre con unos auriculares grandes alrededor del cuello.

—Entonces esto te viene bien.

—No especialmente.

—Tienes seis mujeres, un internado incendiado y documentos falsos. Parece exactamente tu clase de historia.

—Una historia es algo que le ocurre a otras personas.

La frase cambió el silencio entre ellas.

Isara se sentó en el borde de la cama.

La chaqueta gris de Celia seguía dentro de su maleta, bajo una blusa y dos libros que no recordaba haber guardado.

—¿Qué había en tu sobre?

—También había dos frases.

—¿Exactamente las mismas?

—No.

Isara esperó.

—¿Qué decía?

—Antes dime qué ponía en el tuyo.

La advertencia de Celia regresó con una claridad incómoda.

Cuando veas a las otras, no les digas que tú viviste conmigo.

No estaban viéndose. Solo hablaban por teléfono.

Aun así, Isara comprendió que la prohibición había empezado mucho antes del encuentro.

—Una dirección y una fecha —respondió—. Nada más.

—Mientes mal.

—No me conoces.

—Precisamente por eso es fácil notarlo.

Isara se puso en pie.

—¿Me enviaste esos mensajes para interrogarme?

—Te escribí para impedir que fueras.

—Y después me enseñaste una fotografía para asegurarte de que fuera.

Cora no respondió inmediatamente.

A Isara le molestó haber acertado.

—Necesitaba saber si la tuya era diferente —admitió al fin.

—¿Cuántas has visto?

—Tres.

—¿De quiénes?

—La mía, la de Duna y la tuya.

—No has visto la mía. Has visto una fotografía tomada con un teléfono.

—Me basta.

Isara observó el rostro raspado de la sexta niña. El daño resultaba más violento bajo la lámpara, aunque no hubiera sangre ni herida. No habían querido destruir la imagen. Solo separar a una niña de sí misma.

—En cada copia han borrado a una distinta —dijo.

—Eso parece.

—¿En la de Duna quién falta?

—La niña de la cinta.

Isara localizó a la pequeña en su fotografía. Estaba segunda por la izquierda, con una cinta clara alrededor de la cabeza y la mano apoyada sobre el hombro de la niña más baja.

—En la tuya han borrado a la de la trenza.

Cora se quedó callada.

—No te he dicho cuál era la mía.

Isara miró la imagen recibida.

—La fotografía estaba junto a tu mensaje.

—He enviado la de Duna.

Una corriente fría le recorrió la nuca.

—Acabas de decir que en la de Duna faltaba la niña de la cinta.

—Y falta.

Isara amplió de nuevo la fotografía del teléfono.

La niña borrada ocupaba el extremo izquierdo. El cuerpo conservaba una trenza larga que caía por delante del hombro.

—No es la de la cinta.

—¿Qué estás viendo?

—A la de la trenza borrada.

Cora respiró al otro lado.

Isara acercó el teléfono a la lámpara, como si una luz más intensa pudiera modificar lo evidente.

—Te he enviado la fotografía de Duna —insistió Cora—. La hice esta mañana en su casa. Falta la niña de la cinta. Estoy mirando el original ahora mismo.

—En la imagen que me has mandado falta la de la trenza.

—Haz una captura y devuélvemela.

Isara obedeció.

Cora recibió el archivo. Pasaron varios segundos.

—No es la fotografía que he enviado.

—Es tu mensaje.

—Ya lo sé.

La seguridad había abandonado su voz.

Isara apartó el teléfono unos centímetros, como si la distancia pudiera volver menos inquietante lo que veía.

—Tal vez seleccionaste otra imagen.

—No tengo otra.

—Has dicho que tienes la tuya.

—No está en el teléfono.

—Entonces la fotografía ha cambiado sola.

—No he dicho eso.

—Es lo que estás sugiriendo.

—Estoy diciendo que no es el archivo que seleccioné.

Isara cerró los ojos.

Las fotografías digitales no se transformaban durante un envío. Podían comprimirse, perder resolución o modificar ligeramente los tonos. No sustituían un rostro por una superficie raspada.

Debía de haber una explicación sencilla.

Cora podía haberse confundido, Isara podía haber interpretado mal la descripción o la copia que la periodista tenía delante no ser la misma que había fotografiado.

Cualquiera de aquellas posibilidades resultaba más razonable que aceptar que una imagen hubiera cambiado entre dos teléfonos.

—Envíamela otra vez —pidió.

Escuchó varios toques sobre una pantalla.

Llegó una nueva fotografía.

Isara la abrió.

Sobre la mesa de madera oscura aparecía la caja de lata, la llave y la imagen de las seis niñas.

Esta vez faltaba la niña de la cinta.

—Ahora sí —dijo Cora.

Isara comparó los dos archivos.

Eran casi idénticos. La posición de la taza, el ángulo de la caja y el reflejo del portátil coincidían. Incluso había una pequeña miga junto a la esquina inferior de la fotografía.

Solo cambiaba el rostro eliminado.

—Has tomado dos fotografías desde el mismo sitio.

—He tomado una.

—Cora.

—Una. Hace menos de una hora.

Isara abrió la información de ambos archivos. La aplicación los había recomprimido y había eliminado casi todos los metadatos. Desde el teléfono no podía saber qué imagen había seleccionado Cora ni en qué momento se había sustituido el adjunto. Solo podía afirmar que no eran la misma copia.

—Conserva el original. No lo edites ni vuelvas a enviarlo desde la galería.

—¿Para qué?

—Para compararlo con lo que ha llegado. Trabajo con fotografías.

—Ya lo sé.

Isara apretó el teléfono.

—¿También has investigado mi profesión?

—He investigado todo lo que he podido sobre las seis.

—Entonces ya sabes quién soy.

Cora volvió a callar.

—Sé cómo te llamas. Sé dónde trabajas. Sé que restauras fotografías para archivos y familias particulares. Sé que Celia Luján murió hace tres días.

Isara no respondió.

—También sé que compartís apellido —añadió Cora.

La advertencia de Celia permanecía sobre el escritorio, imposible de ignorar.

—Luján es mi apellido de nacimiento.

—Eso no te he preguntado.

—No.

—¿Conocías a Celia?

Isara miró la puerta del dormitorio.

Durante un instante tuvo la sensación absurda de que su madre estaba detrás, escuchando.

—No —dijo.

La mentira salió con demasiada rapidez.

Cora no la contradijo.

Eso fue peor.

—¿Y tú? —preguntó Isara—. ¿La conocías?

—No personalmente.

—Pero has investigado sobre ella.

—Desde hace nueve años.

Isara se sentó despacio.

—¿Por qué?

—Porque aparece como madre biológica en mi primera inscripción de nacimiento.

El dormitorio quedó en silencio.

Isara apoyó los codos en las rodillas.

—Eso no es posible.

—Lo es.

—Tal vez sea otra Celia Luján.

—Nacida en 1962. Natural de San Tirso. Auxiliar en el Internado de Fuente Fría entre 1987 y 1989. Fallecida el dos de noviembre de este año.

Cada dato encajó con la precisión de una pieza dentro de un mecanismo.

—¿Cómo sabes que ha muerto?

—Porque alguien me envió la esquela.

—¿Quién?

—No había remitente.

—¿Cuándo la recibiste?

—Ayer.

Isara pensó en la caja escondida en el armario, con la llave puesta. En la cita fijada para tres días después. En los sobres que habían llegado a las otras mujeres.

Celia no había improvisado nada. Había preparado lo que ocurriría después de su muerte como quien prepara una mudanza.

—Dices que aparece como tu madre —murmuró—. ¿Qué edad tenías cuando te adoptaron?