Capítulo 1 — El rostro borrado #2
Debajo había otra hoja, más pequeña, que Isara no había visto al abrir la caja. Un recorte de papel cuadriculado con una dirección:
Antiguo Internado de Fuente Fría Carretera de Valdecierzo, kilómetro 4
Y una fecha.
8 de noviembre. 17:00.
Isara miró el calendario de sobremesa.
Era 5 de noviembre.
Su madre había muerto el día 2.
Celia había preparado la cita antes de ingresar en el hospital. Quizá semanas antes. Quizá meses. Había elegido una fecha para la que no esperaba seguir viva.
A Isara le pareció un gesto cruel.
O desesperado.
Tomó el teléfono.
Escribió «Internado de Fuente Fría» en el buscador.
Las primeras imágenes mostraban el mismo edificio de la fotografía, aunque sin niñas delante. La fachada estaba ennegrecida y cubierta de hiedra. Varias ventanas aparecían tapiadas. Parte del tejado se había hundido.
El primer resultado, publicado en 2019, llevaba este titular:
Treinta años del incendio de Fuente Fría: la tragedia que Valdecierzo prefiere olvidar.
Isara abrió el enlace.
El texto era breve. El internado había cerrado tras un incendio ocurrido durante la madrugada del 19 de noviembre de 1989.
El fuego había afectado con especial violencia al ala donde dormían las niñas más pequeñas.
Según los expedientes citados por el artículo, seis menores fueron dadas por fallecidas.
La versión oficial sostenía que la destrucción del ala había impedido individualizar los restos atribuidos a cada una.
Las letras perdieron nitidez.
Isara apoyó una mano en el escritorio.
Seis niñas.
Miró la fotografía.
Seis nombres.
Leyó el artículo entero. No mencionaba a las víctimas. Tampoco explicaba por qué el edificio seguía en pie ni quién era su propietario actual. Al final había una fotografía tomada después del incendio: vecinos agrupados tras un cordón policial, bomberos, humo saliendo de las ventanas superiores.
Amplió la imagen.
Junto a una ambulancia había una mujer envuelta en una manta.
La calidad era mala, pero Isara reconoció la postura.
Los hombros estrechos. La cabeza ligeramente adelantada. Una mano escondida bajo la otra axila.
Celia.
Su madre rondaba los veintisiete años en 1989.
Isara había cumplido cuarenta y dos aquel verano.
Las fechas encajaban si Celia la había tenido pocos años antes del incendio.
También podían no significar nada. Una mujer podía trabajar en un internado y tener una hija.
Una fotografía podía contener el nombre de esa hija sin que la hija apareciera en ella.
El rostro borrado podía pertenecer a otra niña.
Las explicaciones seguían existiendo.
Solo eran cada vez más difíciles de sostener.
Isara cerró la noticia y buscó los otros cinco nombres.
«Duna Rivas» ofreció varios resultados. Una escuela pública, una entrevista en un periódico local y la fotografía de una mujer de pelo corto rodeada de niños. Vivía en León.
«Leire Montoro» aparecía en la página de un despacho de abogados de Bilbao.
«Salma Oria» figuraba como enfermera en unas jornadas sanitarias celebradas en Santander.
«Nélida Sanz» gestionaba una casa rural en la provincia de Burgos.
«Cora Beltrán» había firmado una serie de reportajes radiofónicos sobre adopciones irregulares.
Todas existían.
Los escasos datos públicos disponibles las situaban en su misma generación.
Isara se levantó demasiado deprisa y tuvo que apoyarse en la pared. Permaneció así unos segundos, respirando por la boca.
Su primer impulso fue llamar a alguien.
No supo a quién.
No tenía hermanos. Su padre era una ausencia sin nombre. Los parientes de Celia se reducían a dos primas con las que apenas intercambiaba una felicitación en Navidad. Su última relación había terminado un año atrás, en parte porque Isara convertía cada conversación difícil en un silencio.
Podía llamar a cualquiera de las cinco mujeres.
Podía escribirles.
Mi madre guardaba una fotografía de nosotras.
Pero ni siquiera sabía si ella estaba en la imagen.
Y Celia le había pedido que no dijera que había vivido con ella.
No: no se lo había pedido.
Se lo había ordenado.
Isara volvió a leer las dos frases.
La segunda era la que no podía apartar de la cabeza.
No permitas que entren juntas en la habitación seis.
¿Por qué?
Pensó en riesgos físicos: un suelo debilitado, una estructura inestable, una puerta que podía bloquearse. Pero, en ese caso, habría sido más sencillo escribir «No entréis en la habitación seis».
Celia había elegido las palabras con precisión.
No había prohibido que Isara entrara.
Tampoco que entraran las otras.
Solo que lo hicieran juntas.
El teléfono vibró sobre el escritorio.
Isara dio un respingo.
Número desconocido.
Durante unos segundos observó la pantalla sin tocarla. La llamada cesó. Casi inmediatamente llegó un mensaje.
No vayas a Valdecierzo.
El pulso le golpeó bajo la mandíbula.
El teléfono vibró de nuevo.
Tu madre ya eligió una vez. No dejes que vuelva a elegir por nosotras.
Debajo apareció un tercer mensaje.
Una fotografía.
Isara la abrió.
Mostraba una caja de lata idéntica a la que tenía en el suelo. Dentro había una llave marcada con el número 6 y una copia de la misma imagen de las niñas.
En aquella versión, el rostro borrado no era el de la niña situada en el extremo derecho.
Era el de la niña del extremo izquierdo.
Isara amplió la fotografía.
Las niñas ocupaban las mismas posiciones. Pero donde en su copia aparecía la cara de la niña de la trenza, en aquella había un hueco blanco arañado con una cuchilla; y el rostro borrado en la fotografía de Isara permanecía intacto.
No existía una sola fotografía mutilada.
Existían varias.
Y en cada una habían borrado a una niña diferente.
Isara escribió:
¿Quién eres?
La respuesta llegó antes de que pudiera arrepentirse.
Una de las cinco que tu madre salvó.
Isara miró el retrato quemado que descansaba bajo la lámpara.
Había seis nombres escritos en el reverso.
El primero era el suyo.
Los otros cinco pertenecían a mujeres que seguían vivas.
Y una de ellas acababa de decirle que solo cinco habían sido salvadas.