Las niñas de la habitación seis Capítulo 1 — El rostro borrado
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Las niñas de la habitación seis

Las niñas de la habitación seis

Por Angela Arco

© inepub.com

Capítulo 1 — El rostro borrado

La fotografía había sobrevivido al fuego.

Isara lo supo antes de tocarla.

No por las manchas oscuras que mordían las esquinas ni por la curva rígida del papel, deformado por el calor.

Ni siquiera por aquel olor tenue, casi mineral, que permanecía adherido a las imágenes quemadas décadas después.

Lo supo por el color de las zonas dañadas, por el modo en que la emulsión se había levantado en los bordes y por una pequeña ampolla blanquecina junto al cielo.

El fuego había pasado cerca.

Lo bastante para abrasar la superficie, pero no para destruirla.

La encontró en el fondo del armario de su madre, dentro de una caja de lata que Isara no recordaba haber visto nunca.

Estaba escondida detrás de dos mantas, una bolsa de agua caliente y el vestido azul que Celia había usado en todas las bodas familiares desde 1998.

La pequeña llave de la caja seguía puesta en la cerradura.

Aquello era lo primero que no encajaba.

Su madre nunca dejaba una llave puesta.

—Ni aunque te vayas a servir un vaso de agua —le había repetido durante años—. Las cosas cerradas están cerradas por algún motivo.

Isara se sentó en el suelo del dormitorio con la caja sobre las piernas.

Tres días después de la muerte de Celia, la casa seguía teniendo su temperatura.

Un calor excesivo y seco que parecía haberse quedado atrapado entre los muebles.

Isara había apagado la calefacción al llegar, pero los radiadores aún crujían de vez en cuando, como si la casa se negara a aceptar que ya no tenía que proteger a nadie del frío.

Sobre la cama descansaban tres montones de ropa.

Donar.

Guardar.

Tirar.

Durante toda la mañana, Isara había trasladado prendas de un montón a otro sin conseguir decidir qué hacer con casi ninguna.

Había colocado en «donar» una chaqueta de punto gris y, diez minutos después, la había rescatado porque conservaba un hilo de pelo blanco en el cuello.

Luego la había pasado a «tirar», enfadada consigo misma por atribuir valor a un pelo muerto.

Finalmente, la chaqueta había terminado doblada dentro de su maleta.

El duelo, descubrió, no consistía solo en echar de menos a alguien.

Consistía en no saber qué hacer con sus cosas.

Abrió la caja.

Dentro había una llave grande de hierro, un sobre con su nombre y la fotografía.

Nada más.

Isara ignoró el sobre.

La imagen, de trece por dieciocho centímetros, mostraba a seis niñas frente a un edificio de piedra.

Las seis vestían batas claras sobre la ropa y llevaban el cabello recogido de maneras distintas: dos coletas, una trenza, una cinta, una horquilla torcida, un corte recto a la altura de las orejas.

La menor parecía tener cinco o seis años. La mayor, quizá ocho.

Detrás de ellas se alzaba una construcción de tres plantas, con ventanas altas y una escalinata ancha. Sobre la puerta principal había un letrero, pero el calor había ennegrecido justo aquella parte de la imagen.

Isara inclinó la fotografía hacia la luz.

Cinco niñas miraban a la cámara.

La sexta no tenía rostro.

No estaba borroso ni quemado. Alguien había rascado la superficie hasta arrancar la emulsión. Bajo la capa fotográfica aparecía el papel desnudo, arañado por líneas paralelas.

Isara acercó la imagen a los ojos.

El borrado era deliberado.

Quien lo había hecho había utilizado una hoja estrecha, probablemente una cuchilla de afeitar o la punta de un bisturí. Había trabajado con paciencia. Primero había delimitado el contorno del rostro y luego había raspado el interior mediante movimientos cortos, de arriba abajo.

No había tocado el pelo.

Tampoco el cuello ni el vestido.

Solo la cara.

Isara sintió una presión incómoda bajo el esternón.

Dejó la caja en el suelo y se levantó con la fotografía entre los dedos. En el escritorio de Celia aún estaba la lámpara de brazo articulado que Isara le había regalado cuando empezó a perder la vista. La encendió, retiró una pila de recibos y extendió un pañuelo limpio sobre la madera.

No tenía allí sus herramientas. En su estudio habría podido observar la imagen con una lupa de aumento, fotografiarla bajo distintas longitudes de onda y examinar las capas dañadas sin intervenir en el original. En la casa solo encontró una lupa escolar dentro de un costurero.

Fue suficiente.

No buscaba restaurar el rostro.

Buscaba confirmar que había existido.

Bajo los arañazos no quedaba información visible. La cuchilla había penetrado demasiado. Sin embargo, en el límite izquierdo sobrevivía una fracción de piel, apenas una media luna pálida entre el pelo y la zona arrancada.

Isara contuvo el aliento.

No conocía a la niña.

Se dijo que era evidente. La fotografía tenía más de treinta años.

Podía proceder de cualquier álbum, de cualquier familia, de cualquier lugar.

Celia le había contado que había trabajado una temporada en una residencia infantil cuando Isara era muy pequeña.

Tal vez aquellas niñas pertenecían a esa época.

Tal vez su madre había guardado la imagen por una razón que no era misteriosa ni terrible.

La muerte volvía sospechoso hasta lo cotidiano.

Isara lo sabía.

Durante los tres días anteriores había atribuido significado a objetos que no lo tenían. Una taza colocada boca abajo. Una factura sin abrir. Dos limones endurecidos en el frigorífico. Un libro con una esquina doblada.

Todo parecía un mensaje porque Celia ya no podía explicar que no lo era.

La fotografía, sin embargo, no era cotidiana.

Le dio la vuelta.

Había seis nombres escritos en tinta azul.

Isara.

Duna.

Leire.

Salma.

Nélida.

Cora.

El primero ocupaba la parte superior, separado de los demás por una línea.

Isara leyó la lista dos veces.

A la tercera ya no pudo fingir que no había reconocido la letra.

Era de su madre.

Celia escribía las aes como pequeños triángulos y prolongaba las eles hacia la izquierda, un hábito que había conservado desde la escuela. También era suyo el punto redondo sobre la i de Isara.

Isara volvió a mirar a las niñas.

Buscó parecidos absurdos: la forma de una ceja, una barbilla, la inclinación de los hombros.

El paso de los años podía modificar un rostro, pero no borrarlo por completo.

Ella trabajaba precisamente con eso. Con familias que le entregaban fotografías dañadas y le pedían rescatar a alguien de una mancha, una grieta o un reflejo.

Había aprendido a reconstruir facciones a partir de fragmentos y a reconocer los rasgos que permanecían bajo la edad.

No reconoció en ninguna de aquellas cinco niñas un parecido que pudiera sostener.

La sexta no tenía cara.

Isara dejó la fotografía sobre el pañuelo.

No había imágenes de su infancia anteriores a los siete años.

Aquello no era un secreto. Celia se lo había explicado tantas veces que la historia se había convertido en una especie de recuerdo prestado: una tormenta, el agua entrando por el sótano de la casa donde vivían, cajas empapadas, ropa perdida, documentos ilegibles.

Isara podía ver aquella inundación aunque jamás la hubiera presenciado.

Su madre la había descrito con tanto detalle que a veces creía recordar el olor del barro.

Una mentira bien contada también podía fabricar memoria.

Apartó la idea.

Todavía no tenía razones para llamarla mentira.

Celia nunca había parecido una mujer dada a inventar historias. Ni siquiera adornaba las anécdotas. Contaba las cosas como quien lee un inventario: sucedió esto, luego aquello, después recogimos. Cuando Isara le preguntaba por su nacimiento, respondía con la misma sequedad.

Habías nacido en casa.

Llovía.

Tardaste mucho en llorar.

Nunca había mencionado a un médico ni a una comadrona. Tampoco a un padre.

—Éramos tú y yo —decía—. Desde el principio.

Isara había aprendido a no preguntar qué significaba exactamente desde el principio.

Miró el sobre.

Su nombre aparecía en el centro, escrito con la misma tinta azul que los nombres del reverso. No ponía «para mi hija» ni «para Isara, cuando yo falte». Solo:

ISARA LUJÁN

En mayúsculas.

Celia usaba las mayúsculas cuando quería evitar cualquier posibilidad de confusión.

Isara pasó el pulgar por el borde cerrado.

Había imaginado aquel momento durante años.

No aquel sobre concreto, sino la posibilidad de que su madre dejara una explicación. Una carta dentro de un cajón. Un documento olvidado. Una confesión preparada para después de la muerte, cuando ya no tuviera que mirar a su hija a los ojos.

A los dieciséis años, Isara había buscado su partida de nacimiento y solo encontró una copia expedida cuando ella tenía ocho.

A los veintitrés, preguntó por primera vez de forma directa quién era su padre.

Celia permaneció tanto tiempo en silencio que Isara creyó que iba a contárselo.

—Alguien que no se quedó —respondió al final.

A los treinta y cinco, durante una discusión, la acusó de haberle construido una infancia sin testigos.

Su madre le dio una bofetada.

Fue la única vez que la golpeó.

También fue la única vez que Celia lloró delante de ella.

Después se pidieron perdón sin mencionar la pregunta que había provocado la pelea. Se abrazaron en la cocina. Celia le preparó café. Isara fingió que aquello bastaba.

Durante los siete años siguientes, el pasado se convirtió en una habitación cerrada entre las dos.

Ahora Celia estaba muerta.

Y había dejado una llave.

Isara abrió el sobre con el dedo.

Dentro encontró una hoja doblada en tres partes.

No era una carta. Solo había dos líneas.

Cuando veas a las otras, no les digas que tú viviste conmigo.

No permitas que entren juntas en la habitación seis.

Isara leyó de nuevo.

La primera frase produjo desconcierto.

La segunda, miedo.

No un miedo intenso ni inmediato. Fue algo más lento: el cuerpo comprendiendo el peligro antes de que ella pudiera nombrarlo.

Volvió a la caja y tomó la llave.

Era demasiado grande para una puerta moderna. El metal estaba oscurecido y el aro tenía una pequeña placa ovalada con un número grabado:

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