Las nerviosas 33
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Cae el sol y estamos sentadas en la plaza de Sullana, al lado del río Chira. Yo con un helado, mi mamá con una botella de agua a temperatura ambiente. De pronto, ella me lo dice.

—Siempre dicen algo sobre los Yacila.

—…

—Dicen que los Yacila estamos marcados por dos enfermedades: el nerviosismo.

—Falta una.

—Sí, la tuberculosis.

Mi madre me cuenta que no solo ella sufrió de tuberculosis en la familia. Fueron muchos más. Al parecer, la primera Graciela Yacila, la hermana mayor, en realidad no murió de diarreas misteriosas, sino por tuberculosis.

Pero no fue la única que se contagió.

Petronila, la segunda hermana, también habría muerto por lo mismo.

Mi padrino Héctor, el que me regaló el libro de santa Rosa de Lima, empezó a toser sangre cuando era un adolescente.

Se cree que mi abuelo Tomás acogió a uno de sus hermanos cuando estaba enfermo de tuberculosis. Así, dicen, se contagió mi tía Clotilde.

—A Clotilde la internaron en un sanatorio para tuberculosos, ¿no viste las fotos?

Entre los centenares de imágenes, había un puñado en el que se veía a mi tía Clotilde con unas mujeres en un jardín. Todas llevaban puestos unos vestidos blancos parecidos a las camisas de fuerza.

Cuando Susan Sontag escribió La enfermedad y sus metáforas relacionó la tuberculosis con la pérdida de la razón.

Antes se recetaba al paciente con tuberculosis reposo y aislamiento, como ahora se hace con el enfermo mental, que parece haber heredado ese papel.

Si en el siglo xix e inicios del xx la tuberculosis fue malinterpretada por su aire romántico, más tarde esa misma lectura equivocada se aplicó a la locura.

El enfermo mental se convirtió en el ser desgarrado, el insatisfecho.

La revelación de mi madre hace que me pregunte si nosotras no habremos hecho, como en esa sucesión histórica que propone Sontag, más que deslizarnos entre la tuberculosis y la enfermedad mental como por un espiral.

¿Somos eso solamente? ¿Una banda de gente que tose y se exaspera?

Mi mamá todavía teme que «esa enfermedad» nos vuelva a alcanzar algún día.

Por ahora, cada vez que puedo le digo que no se volverá a contagiar. Que ya no es como antes, que solo debe aprender a ahuyentar sus fantasmas.

Otras veces creo que no tenemos remedio, que no hay tratamiento ni revelación que nos libere de esa sombra. Pero de vez en cuando pasan cosas, tal vez una que otra imagen, que desvía la amenaza.

Vamos a la tienda de una de las compañeras de promoción de secundaria de mi mamá. La gente del pueblo entra y sale de comprar mientras un grupo de señoras de más de sesenta años brinda con un vino.

En la sala, con tamalitos verdes y chifles, recuerdan delante de mí sus épocas escolares. Dicen cosas como «la vida es una sola, hay que disfrutarla» u «hoy estamos y mañana no». Mi madre no toma, es la más callada de todas.

—Tu siempre fuiste bien delicada —le dice una señora gordita con una blusa floreada. Mi mamá no la contradice.

En un momento dado de la tarde, me piden que ponga música desde mi teléfono. Mi mamá pide su canción favorita de la adolescencia, yo no la conocía: «Recuerdo de amor», de Los Iracundos.

Cómo pasas las noches no comprendo

lo que haces no sé, si te sientes feliz.

Si la duda te remonta al pasado

dónde estoy sabes bien.

Este disco es un recuerdo de amor,

por ti, por ti.

Mi madre comienza a cantar. Su voz apenas se escucha, pero se sabe la letra.

Este disco es un recuerdo de amor, por ti, por ti .

Las palabras salen una detrás de otra. No parece ella, pero es la misma de siempre.

Nunca la había visto tan segura y feliz.

Mueve la cabeza de un lado a otro y las manos también, lentamente, como quien vuelve a bailar un ritmo hasta hace poco olvidado.