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Sueño que estoy en una habitación en un hotel antiguo y descuidado.
Podría ser uno de esos hostales baratos del Centro de Lima que visitan las parejas universitarias.
Las paredes están sucias y tienen un papel tapiz desgastado.
La luz es tenue, me muevo temblorosa porque no veo. Quiero salir corriendo.
De repente, veo a una bebé en un sillón rojo. Se parece al viejo sillón de mi sala en el Cono Norte, un mueble largo y maltrecho del que brotaba por una de sus esquinas un poco de serrín de madera apolillada. La bebé está desnuda, solo cubierta por una manta percudida.
La niña es mi hija. Apenas lo noto, comienza a gimotear con desesperación, como rogando por algo urgente.
Entra J y me dice que tengo que alimentarla, que la nena lleva horas sin probar bocado.
Yo la miro como si fuera una criatura desconocida que quiere aniquilarme. Digo que no, que no le daré de comer.
J insiste, dice que no hay otra salida: no tenemos dinero para comprarle leche de fórmula.
Nos hemos quedado sin trabajo, ese cuarto desagradable es ahora nuestro hogar.
Somos pobres y hemos traído a una persona al mundo.
Siento un nudo doloroso en la garganta. Voy a repetir la historia de las Yacila, las nerviosas.
Después de un rato de súplicas y chillidos, me rindo.
Mientras la chiquita está prendida de uno de mis pezones, mis lágrimas comienzan a caer. No quiero amamantarla porque creo que con mi leche le contagiaré mi locura. Como mi madre y mis tías contagiadas de tuberculosis. El alimento es, en realidad, el veneno que conduce a la pérdida de la razón.
—¡La voy a volver loca! —le grito a J—. ¡La estoy volviendo loca!
—Ya va a acabar —me susurra al oído mientras acaricia mi rostro.
J me pregunta cuándo elegiremos el nombre, no podemos seguir postergándolo.
Despierto con la respiración entrecortada y los ojos húmedos.
Hace tiempo dejé de creer en nuestra herencia maldita y nunca creí en la condena de los nombres. Pero estoy segura de que, si algún día tengo una hija, no se llamará como yo.