Las nerviosas 32
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Sobre la mesa de la cocina hay más de quinientas fotos y un centenar de documentos. Pero eso yo aún no lo sé. Ante mí, veo por ahora dos bolsas de plástico amarillas, empolvadas, llenas de otras bolsas.

—Esto es todo lo que tenemos —dice mi prima Rosita después de entregarme los bultos.

Cuando Rosita mencionó los pequeños cuadernos, yo me imaginé unas cuantas libretas, pero al abrir las bolsas y ver su contenido, siento que voy a enloquecer. Qué son estas cosas, le digo a mi madre, y por qué hay tantas.

Ella nota mi exaltación y creo que me compadece. Debo verme como esos niños ansiosos que aprietan los dientes y las manitas cuando sienten grandes emociones o reciben su regalo favorito.

—Tranquila, mira con tranquilidad.

Hay cientos de fotos de todos los tamaños, la gran mayoría en blanco y negro.

Hay libretas de apuntes, pero además hay libretas de calificaciones, libretas militares, boletas de compra, recetas médicas, tarjetas de cumpleaños, constancias de estudio y de trabajo, composiciones escolares, una hebra de pelo…

El documento más antiguo tiene más de cien años. Un certificado de estudios primarios, escrito a mano, que perteneció a mi abuelo Tomás:

Instituto Campbell

Plantel de Instrucción

Lobitos

V. Olaya y Merino, Preceptor de este plantel:

Certifica que el alumno dn. Tomás Yacila M. de 15 años de edad ha percibido la instrucción elemental obligatoria hasta el 4° año; observando una conducta de asistencia, orden y aplicación intachable - Es el primer músico de la banda.

Estiendo el presente testimonio en obsequio de la verdad y la Justicia.

En Lobitos a 14 de febrero de 1918.

V. Olaya y Merino

Yo, que creía que los nadies no conservamos nuestros relatos, estoy conmovida porque nuestra familia de agricultores, sastres, albañiles, empleadas domésticas y amas de casa han sido capaces de conservar una memoria física.

Una prueba de que en alguna trama desconocida fuimos personajes principales.

Vamos al mercado de la ciudad a comprar algunos útiles para organizar el flamante archivo.

Trabajamos los siguientes cuatro días, desde muy temprano y hasta el mediodía.

Con la ayuda de mi mamá, puedo identificar a varias de las personas que aparecen en las imágenes, aunque muchos rostros siguen siendo desconocidos.

Identifico, marco y sello varias bolsas transparentes con sus nombres.

Saco algunas conclusiones de todo esto: mi abuelo Tomás era precavido, cachivachero y nostálgico en proporciones similares. Él fue quien empezó el archivo y los documentos más antiguos son suyos.

Mi tía Maruja, la nerviosa más infame de la familia, era realmente bella y muy pretendida, como se decía en aquellos tiempos.

Entre las fotos chicas, hay varias de hombres jóvenes, más o menos del tamaño carné.

A la espalda tienen escritas dedicatorias para ella: «María, en prueba del amor que te tengo te dedico este recuerdo. Siempre tuyo».

En la que fue probablemente su última foto, Maruja está acostada dentro de su féretro, cubierta de flores y flanqueada por el padre de sus hijos y mi abuela Rosa Candelaria.

Hay menos de diez fotos de mi abuela Rosa Candelaria. Ninguna previa a mi abuelo, como si no hubiera existido antes de él. En esa subordinación e invisibilidad vivían las mujeres de aquella época. Tal vez por eso no puedo saber tanto como quisiera de las nerviosas.

Dos de los hijos de Clotilde murieron a los pocos meses de nacer. Hasta que pudo, el marido de mi tía pagó por los nichos de los bebés. Luego, cuando la plata faltó, los echaron a una fosa común.

En una decena de cuadernitos, mi tía Clotilde escribió toda clase de anotaciones.

«El 28 de febrero de 1961 tuve un aborto, fue mujer», «El 14 de enero de 1997, un hombre sin escrúpulos escribió en las paredes de la fachada palabras reñidas contra la moral», «La Shakira tuvo sus crías el 11 de diciembre de 2012, fueron siete».

Ella siguió el ejemplo de mi abuelo y guardó los recuerdos de la familia y los suyos por décadas, hasta que llegué yo.

Mi prima Rosita piensa que, en realidad, el nervioso era mi abuelo Tomás, el que dejaba encerrada a Rosa Candelaria y a mi mamá.

También puso bajo llave al resto de sus hijos, con la excusa de evitar una desgracia.

¿No es ese un rasgo de alguien obsesionado con potenciales tragedias?

Tal vez esa misma obsesión de control lo llevó a guardar todas estas fotos y papeles. Su locura es ahora mi memoria.

J me aconseja llevarme la caja de vuelta a Lima. Tienes que hacerlo, me dice, no hay nadie más en tu familia a quien le importe tanto como a ti. No puedo, le respondo, sería una falta de respeto para mi abuelo, para mi tía Clotilde, que por tantas décadas ha resguardado la memoria familiar.

No me llevo la caja pero me quedo con una foto de recuerdo, una sola.

Es la imagen en blanco y negro del velorio de un niño.

En el centro, un ataúd minúsculo con el cadáver de un bebé que parece un monito.

El difuntito lleva una corona larga en la cabeza y está cubierto con telas abultadas.

El altar mortuorio va adornado con flores, cadenetas de papel y muñecos de bebés desnudos.

Cuatro personas rodean el féretro, tres hombres y una mujer.

Mi tía Clotilde, la madre de ese niño muerto, está frente a la cámara y parece mirar a la per­sona que mira la foto. Es decir, yo.

Antes de irnos, dejo la caja de plástico con todo el material organizado y se la entrego a mi prima Rosita.

—Yo creo que haces esto porque eres curiosa. Y por el sentimiento —me dice mi madre en el vuelo de regreso a Lima.

Hasta entonces no se me había ocurrido. Quizá todo se trata de treparse por las ramas de un árbol deshojado, saltar de una a otra como monos ágiles que, de cierto modo, hacen reverdecer esos palos alicaídos y suben hasta lo más alto.

No solo para mirar algo más allá, sino para saber que ese es el primer paso, el más obvio, para sentir algo.