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No se llama Rosa, sino Clotilde. Es la hermana mayor de mi mamá. Tiene noventa y tres años y ha dedicado la mayor parte de su vida al trabajo doméstico. A ella es a quien queremos ver.
Por eso dejamos El Alto y partimos a Sullana, la ciudad sin salida al mar donde mamá vivió hasta antes de migrar a la capital.
Llegamos a la casa de los Yacila, una sencilla construcción de adobe de una sola planta, cuya puerta principal tiene la cerradura averiada.
Allí aún están la tía Clotilde y su hija, mi prima Rosita.
Me ilusiona la idea de escuchar sus historias de nerviosismo, pero todo se desbarata.
Mi tía no reconoce ni a mi mamá. Está perdida en la confusión de lo que debe ser una demencia senil.
Pasa el día dentro de su cuarto, sentada en un sillón de fierro, mirando una televisión con antena de conejo que emite imágenes borrosas como su pensamiento.
Suelta algunas palabras a un volumen muy bajo. La falta de dentadura complica aún más la comprensión. ¿Dice «qué hacen acá»? ¿Dice «por qué no se largan»? Solo es inteligible durante sus raptos de locuacidad por las madrugadas. Entonces grita muy claramente «¡Mami, mamá!».
Desisto de hablar con mi tía y acudo a Rosita, a quien sus hijas describen como «bien nerviosa».
Fue empleada doméstica por más de dos décadas hasta que la despidieron sin aviso.
Su andar cansino se parece al de mi madre.
Ahora, con más de sesenta años, sale a la puerta a vender patitas, anticuchos y pollo a la parrilla.
Una noche, mientras mi mamá y yo comemos en su puesto callejero, nos habla por primera vez de «los pequeños cuadernos». Unos «cuadernitos», dice, donde mi tía Clotilde apuntaba un montón de datos.
«¿Qué cuadernos?», casi le grito. Todo el viaje he sentido un hoyo en la mente, un deseo por saber no satisfecho.
Rosita fríe las vísceras en la parrilla, serena. El humo cubre su rostro y su torso, pero a ella parece no afectarle. Responde: «Mañana se los muestro».