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Veo las máquinas extractoras de petróleo sobre el terral. Unos grandes balancines de acero que suben y bajan del suelo con lentitud, parecen animales cubistas haciendo reverencias sin parar.
Mi mamá y yo hemos llegado a El Alto, el distrito en el que nació y vivió hasta los seis años. Quiero saber dónde empezó su historia, que es también la mía y la del resto de las nerviosas.
Me intriga la mezcla de máquinas, polvo y soledad. No es un pueblo devastado, pero guarda un aspecto melancólico, como de un excampeón de baile. Cuando mi mamá era niña, hace unas siete décadas, El Alto representaba una promesa, cumplirla dependía del petróleo.
—Esta era mi casa, creo. O por lo menos quedaba ahí.
Mi mamá señala una vivienda de madera y un portón de fierro oxidado, una de las más deslucidas de esa cuadra solitaria.
Las calles de El Alto están llenas de construcciones como esas que parecen chozas.
Y de edificios abandonados, como un hotel de dos plantas al lado de la plaza principal que aún conserva algunos de sus carteles colgados: prohibido entrar al club en ropa deportiva y prenda de cabeza .
También están las viviendas de madera elevadas unos centímetros del suelo.
Fueron las que la compañía petrolera local construyó para los empleados y sus familias.
—No, no estoy segura de si era aquí. Ya no me acuerdo —mira con desconfianza, arrugando la nariz.
Piura, región norteña ubicada entre el desierto y el mar, esconde un antiguo romance con el petróleo.
Se cuenta que en la época prehispánica los tallanes, esos pueblos antiguos que vivían en la costa norte peruana, empleaban la brea para sus quehaceres diarios.
Le decían «copé». Más adelante, a mediados del siglo xix , en La Brea y Pariñas, donde los tallanes habían hecho sus exploraciones artesanales, se perforó uno de los primeros pozos de petróleo de Latinoamérica.
Y en la segunda década del siglo xx , en Talara, se instaló la primera refinería petrolera del país.
Los asentamientos aledaños a las compañías petroleras se convirtieron en pueblos, luego en ciudades.
Piura, con «P» de petróleo, se erigió por un buen tiempo como el centro del «oro negro» del Perú.
Mi abuelo Tomás, carpintero y músico, fue uno de los tantos obreros que por décadas puso el cuerpo para alentar esa prosperidad.
Nació a inicios del siglo xx en Amotape.
No se sabe bien cuándo ni por qué, pero en algún momento de su niñez o adolescencia se mudó a Lobitos.
No terminó la primaria. Aunque eso no le impidió conseguir trabajo en la compañía petrolera del pueblo.
No dejaría esta industria hasta el fin de su vida laboral.
Como es costumbre en mi familia, solo supo trabajar.
Cuando podía, tocaba el violín o la trompeta en fiestas con un grupo de amigos músicos.
Parada al frente del que fue quizá antiguo hogar, mi mamá recuerda haberlo visto varias veces con los bordes de los labios enrojecidos, luego de tocar la trompeta por muchas horas.
Quizá esa fue una de las pocas señales de fragilidad de aquel hombre que ayudó a construir puentes en varios pueblos.
En Lobitos, al lado del mar, él y mi abuela concibieron a varios de mis tíos y tías.
Luego, mientras trabajaba para el petróleo en El Alto, nació mi madre.
Para entonces, el viejo estaba a punto de jubilarse.
Cuando por fin se retiró, compró una casita en Sullana.
Para allá se fue con mi abuela Rosa y el par de hijos que aún debía mantener.
Tomás Yacila trabajó entre el petróleo y la madera durante décadas. Ganó un sueldo modesto, muy justo. Mantuvo como pudo a sus doce hijos. Tocó el violín y la trompeta hasta ver sus labios arder.
¿Ese podría ser su epitafio?
Mi madre nunca supo del auge petrolero en El Alto. Ella solo sabe que de niña usaba los zapatos hasta que le empezaban a apretar. Cuando ya no soportaba el dolor, mi abuelo les cortaba las puntas. Entonces los dedos de mi mamá sobresalían, libres, por las nuevas ranuras.
Mientras caminamos por la plaza principal, Graciela recuerda que cuando era muy pequeñita la enviaban a comprar sola al mercado.
Mi abuela Rosa no desconfiaba porque era un pueblo chico y todos se conocían.
Además, mi mamá era fácilmente distinguible porque solía vestir una chompa roja que resaltaba entre la multitud.
—Ahí está el mercado, por ahí iba con mi chompita —me cuenta señalando hacia un puesto alargado de madera, cerrado y vacío.
También recuerda las máquinas. Esos caballos o pájaros de metal que hacían brotar el petróleo debajo de la tierra. Su movimiento envolvente, el sonido que emitían. Era molesto, pero se sentía como algo vivo, en movimiento.
Algunos de los extractores aún siguen funcionando, suben y bajan con lentitud. Otros están quietos, llenos de herrumbre, son los rastros de un pasado floreciente que cada vez es más difícil imaginar.