Las nerviosas 29
85%

29

Cuando algún conocido o amigo me cuenta que ha recibido «un anticipo de herencia», yo pienso «¿qué es eso? No me suena». Como nunca me tocará una bondad parecida, prefiero hablar de las herencias inmateriales de las familias, por ejemplo. Llevo años meditándolo.

La pobreza puede heredarse. En economía existe una teoría que lo sustenta y se llama las «trampas de la pobreza».

Los países pobres permanecen pobres porque sus precariedades se retroalimentan y se ven inmersos en una emboscada de la cual parece imposible escapar.

Así pasa también con muchas personas en la pobreza o en la pobreza extrema.

Son como el uroboro, la serpiente o el dragón que se muerde la cola, y que simboliza el eterno ciclo de la vida y de la destrucción.

La depresión, por otro lado, también puede «heredarse».

O, más bien, se replica. En la neurociencia se habla de predisposición y vulnerabilidad genética por la depresión.

Es decir, cuanto más cercano sea el parentesco que guardes con una persona con depresión, mayor será tu probabilidad de desarrollar la enfermedad en algún momento de tu vida.

Bisa­buelos, abuelos, padres, hijos se pueden pasar la posta del tormento interior.

Por supuesto que no es propiamente una condena, un destino inevitable. Pero si tu árbol genealógico tiene varias ramas depresivas, puede que tú también termines siendo una de esas ramas, vamos a decir, especiales.

La poeta y escritora estadounidense Melissa Broder, en sus memorias So Sad Today , cuenta que su nacimiento se dilató dos semanas.

Algo que ella interpreta como una temprana resistencia a habitar esta tierra.

Traer a un bebé al mundo sin su consentimiento no es ético, escribe.

Broder hubiera preferido quedarse por siempre en ese «nirvana» cálido más allá del tiempo y el espacio que es el útero.

Pero el vientre materno, al contrario de lo que decía Broder, no es un paraíso caliente ajeno a la realidad.

Para bien o para mal, la estancia en el útero marca la futura salud emocional de una persona.

El médico y escritor Gabor Maté y el compositor y letrista David Maté lo explican en uno de los capítulos de El mito de la normalidad .

Suspendido en ese supuesto caldo apacible, el feto recibe información del exterior a través de la circulación, las hormonas y los nutrientes de la mamá.

Un exterior que puede ser muy bueno, bueno, malo o peor.

Un bebé en la panza siente el estrés de su madre.

Según el libro de los Maté, los fetos de las embarazadas estresadas o deprimidas tienen ritmos cardíacos y movimientos distintos a los de niños de madres relajadas y sanas.

Después del nacimiento, esos chiquillos podrían presentar dificultades en el desarrollo y el comportamiento, así como una mayor vulnerabilidad en su salud mental.

Son personas que tendrán que bregar por apaciguar los suplicios de su cabeza. Unos nerviosos.

El útero no aísla de la realidad, la comunica como un mensajero puntual. No es un escudo, es una coladera. El útero materno no es el jardín de las delicias, es una casa con la puerta abierta, en una calle muy concurrida.

Los descubrimientos sobre las implicancias de descender de ciertas personas, provenir de ciertos entornos y haber vivido tales experiencias. Es eso, fundamentalmente, lo que me interesa. «Voy a recibir un anticipo de mi depresión» es el tipo de legado que me importa.