Las nerviosas 28
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Cuando volví al sexto piso del edificio de Magdalena recordé al doctor Ironman. En especial sus creencias sobre las mujeres de mi familia y la herencia emocional. Me tomé en serio mi investigación sobre las Rosas y el nerviosismo. Busqué a un especialista en reconstrucción de árboles genealógicos.

Por muchos años, había intentado saber de mis antepasados, más allá de mis bisabuelos y bisabuelas, pero mis padres apenas recordaban algunos nombres y apellidos.

—La verdad que no me acuerdo.

—¿No te acuerdas del nombre de tus abuelos?

—No.

—¿Nunca le preguntaste a tus papás cómo se llamaban?

—Sí.

—¿Entonces?

—No me acuerdo.

Habíamos tenido esa clase de diálogo muchas veces. Los escasos conocimientos de mis padres acerca de nuestra genealogía me hacían pensar en nuestra historia familiar como en un arbusto famélico que no daba ni un solo fruto.

Pero siempre hay una historia.

El especialista en reconstrucción de árboles genealógicos tenía un apellido acorde a las circunstancias dolientes: Dolorier.

Era un antropólogo estadounidense-peruano, de unos veintitantos años con un bigote tupido y que usaba sombrero.

Se había vuelto medianamente conocido en redes sociales por haber ayudado a distintas personas a saber más sobre sus antepasados.

Uno de sus casos de éxito fue el de una influencer que, gracias a él, confirmó que su verdadero apellido originario no era español sino quechua.

Sus antepasados habían hecho el cambio décadas atrás, al parecer, para ocultar su origen andino.

A pesar de mi prejuicio por la tierna edad del antropólogo, y su apariencia de miembro de banda indie, le escribí un mensaje por Instagram un domingo por la mañana. Creí que demoraría en contestar pero su respuesta me llegó una hora después.

—Solo necesito los nombres de tus padres, abuelos y bisa­buelos.

También imaginé que reconstruir un árbol familiar le podía llevar días o inclusive semanas. Más aún tratándose de gente «común y corriente», como mi familia, que para colmo no se acuerda de nada y cuya memoria tampoco parece conservarse en ningún archivo.

—Usualmente completo árboles en un lapso de entre una y tres horas.

Para empezar a reconstruir mi árbol genealógico debía pagarle a Dolorier la primera hora de trabajo.

Luego de concluida esa hora, él me avisaría si necesitaba más tiempo.

Pagué el dinero que pedía para ponerse en marcha, me pareció bastante accesible dada la relevancia de su tarea.

Una mera transacción para un evento extraordinario.

Por la noche de ese mismo domingo me volvió a escribir:

—Ya terminé la hora de trabajo. Pero voy a necesitar media hora más para completar toda la información.

Una hora y media. Eso le llevó reverdecer las ramas de mi arbusto y hacer que diera frutos.

Su eficacia me entusiasmó y desanimó a partes iguales: había encontrado datos muy «interesantes», dijo.

Desde el punto de vista narrativo, e incluso periodístico, «interesantes» es mejor que nada.

Pero ¿por qué lo había logrado en tan poco tiempo?

Su velocidad me hizo dudar de la rigurosidad de su método, y, sobre todo, de los escasos rastros que podía haber dejado nuestra historia.

Al día siguiente, por la tarde, hicimos una videollamada de cuarenta minutos.

En ella me explicó lo que había hallado en un par de decenas de documentos.

Tuve que repetir esa grabación muchas veces para revivir lo que pasó.

Me refiero a la revelación. Más allá de los nombres como un puñado de pistas, para mí prevaleció la oportunidad de saber de dónde venía.

En el periodismo de datos dicen que las cifras cuentan historias.

Todo puede ser un relato. Yo regreso a las palabras de Andrew Solomon: nombrar y describir un problema equivale a contenerlo.

Contener, abarcar, dominar, domar una historia.

Dolorier había trepado por las ramas de nuestro árbol hasta el siglo xix . Tanto por el lado de los Chávez como por el de los Yacila. Sus hallazgos me conmovieron.

¿Cómo se llamaban?

Ellas: Rosa, Elisa, Eleodora, Barilda, Gertrudis, María, Guadalupe, Micaela, Ninfa, Isidora, Tiburcia, Marina, Mercedes, Rafaela, Ángela, Manuela, Juliana, Bernardina, Victoria.

Ellos: Tomás, Baldomero, Fradel, Simón, Manuel, Gerardo, Leandro, Dionisio, Evangelista, Pascual, José, Felipe, Juan, Agustín, Ramón, Rafael, Pedro, Jacinto.

¿Qué hacían?

Ellos: agricultores, carpinteros, albañiles, sastres.

Ellas: «ocupación: su casa», empleadas domésticas.

Gente del campo, de pueblos chicos que trabajó con sus manos y sus cuerpos.

Pienso una vez más en las geografías corporales que cuentan en un instante el paso de una vida.

¿Quiénes eran? Los curas de la época —quienes decidían las razas de los bautizados o los casados— dijeron que los Chávez eran indios y mestizos. De los Yacila también dijeron: indios, mestizos. Pero además que fueron zambos, mulatos en libertad.

¿Cómo murieron? De tuberculosis, de insuficiencia renal, de «pérdida de la razón», de causas naturales.

—Ahora tú puedes completar este árbol con la información que tengas y la que vayas consiguiendo en adelante —me dijo Dolorier, antes de despedirnos.

Contener, abarcar, dominar, domar nuestra historia. ¿Yo sería capaz de hacerlo?

La mayoría de familias de clase media alta y alta goza de mantener la memoria de su estirpe.

Han contado con la estructura para dar cuenta de sus actos.

Han producido y almacenado documentos y relatos, para luego heredarlos, de generación en generación, como se traspasan las propiedades.

Gracias a sus ventajas, han podido desarrollar un sentido de identidad y de pertenencia, porque se han narrado a sí mismos u otros los han narrado.

No importa si sus historias son mediocres, de alguna forma logran perdurar en el tiempo y trascender.

En algunas novelas y cuentos peruanos que leí de niña, y que, temo, moldearon por buen tiempo mi sensibilidad, las clases altas eran retratadas como criaturas espléndidas y atormentadas. Inclusive si eran imbéciles, tenían algo de deseables.

En cambio, la mayoría de los hijos, los nietos, los bisnietos de los nadies no sabemos qué nos pasó.

Sin pasados ilustres, sin supuestas proezas, casi sin ficciones, fuimos confundidos en un sujeto colectivo y anónimo que desempeña el papel de extra en la trama principal de la Historia.

Para que nos miren, debemos ser excepcionales o estrafalarios. Y mantener cierto espíritu de servicio.

Recién cuando entré a la universidad leí textos como la autobiografía de Gregorio Condori Mamani, un hombre que­chua que a los cuarenta años migró desde una comunidad rural a la ciudad de Cusco para trabajar cargando bultos.

La paradoja es que él no escribió el libro porque no sabía ni leer ni escribir.

Una pareja de antropólogos tradujo y estructuró su relato.

Siempre me quedé pensando en cómo se habría contado a sí mismo el propio Gregorio.

Después de mi encuentro con Dolorier, me dediqué a enviar mensajes a todo el mundo. Quería que mis amigas y amigos supieran de mi descubrimiento. Estaba realmente movilizada porque, según yo, ahora iba a poder comprenderlo todo.

Varios me felicitaron, otros mostraron una curiosidad que parecía auténtica, hubo quienes me pidieron el contacto de Dolorier para seguir mi ejemplo. Así como yo, querían recomponer sus árboles.

Entre todos, hubo un solo amigo que me preguntó:

—¿Pero hay un hecho importante?

Quería saber si mis antepasados habían participado de algún momento histórico relevante, una guerra, una revolución, un descubrimiento, por lo menos de un crimen.

—No hay ninguno —le respondí, aunque sabía que no era cierto.