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Mi madre se llama Graciela. Mis abuelos le pusieron el mismo nombre de la primera de sus doce hijos, la hermana mayor.
Cuando mi mamá nació, mis abuelos sospechaban que ya no volverían a procrear, para entonces mi abuela tenía cuarenta y cinco y mi abuelo, cincuenta.
Les pareció original clausurar el ciclo de su progenie de la misma forma en que lo inauguraron.
La primera Graciela Yacila murió a los dieciocho años; según algunos familiares, tras un cuadro de diarreas inexplicables que ningún remedio casero o tratamiento hospitalario pudo sanar. Mi madre no llegó a conocer a la mayor de sus hermanas.
Un día le pregunté qué sentía al llevar el mismo nombre de su hermana muerta.
—Creo que sí me parece un poco raro… No sé, no me había puesto a pensar en eso.
Con una infancia pobre que después se convirtió en una adultez pobre; entre ollas, sartenes, ropa sucia, productos de limpieza, un marido y dos hijos, mi mamá no ha podido pararse a pensar en el asunto de los nombres. Pero la pregunta que realmente corresponde hacerse es ¿por qué debería?
La repetición de los nombres en las familias es una decisión popular. Una forma de homenajear a los antepasados o de perpetuar sus historias. De tratar de prolongar sus legados o inclusive de reconducir sus caminos.
Para su documental The Sweetest Sound , el cineasta Alan Berliner logró reunir en un mismo salón a los doce Alan Berliner que existían en el mundo. Quería saber si compartían rasgos en común. Cómo había influido en ellos, y en él mismo, llevar ese nombre y apellido.
Yo fantaseaba con un objetivo más humilde: juntarme con todas las Rosas de mi familia materna, incluida mi abuela muerta, Rosa Candelaria, el fuego que nunca se apaga. He identificado a siete Rosas hasta ahora: mi bisabuela, mi abuela, una tía, una prima, una sobrina, una sobrina nieta y yo.
No quería preguntarles por sus ocupaciones, sus colores favoritos, qué música oyen, como lo hizo Alan Berliner a los demás Alan Berliner.
Quería escuchar si ellas también intuyeron de niñas el agotamiento y el hastío de sus madres y sus padres sin decir nada.
Si trabajaron hasta enfermar y enfermaron a sus hijas e hijos.
Quería saber qué las aterra, qué las inquieta, qué las pone tristes, si están tristes; qué palabras aún no pueden pronunciar.
A mí me importaba saber si, una vez instalada cierta bonanza, también les sobreviene el miedo a que todo vuelva a ser como antes.
Si tienen pesadillas, al menos una vez al mes, con que están a punto de desaprobar una asignatura en el colegio y de perder la media beca sin la cual no podrán terminar la secundaria ni ir a la universidad y, por lo tanto, no superarán la maldición del no tener.
Si creen que caminan rápido pero se alejan de la meta, si siempre están a un paso de la ruina.
Deseaba conocer todo de las Rosas, mujeres guapas de ojos grandes y caderas amplias. ¿Sus madres también les hablaron del nerviosismo? ¿Ustedes también son nerviosas?