Las nerviosas 26
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El nuevo psicólogo no era nuevo en mi vida. Me había tratado muchos años antes, cuando empezaba a estudiar Literatura. En esa época, no pude conectar con la pregunta que el nuevo-viejo psicólogo ahora me hacía al inicio de cada sesión:

—Cuéntame qué ha ido bien en la última semana.

En mis veintes ese comienzo me parecía un distractor.

Yo quería hurgar en mis pesares, diseccionarlos en pedacitos que explicaran por qué me sentía abatida y enojada con las personas y con la vida.

Quería hablar del Cono, de mi papá y de mi mamá, pero sobre todo quería hablar de ella y de nuestro nerviosismo.

Para eso no necesitaba un enfoque terapéutico novedoso, sino el clásico método de escarbar en el pasado y revisitar los dramas de la familia.

Quería meterme de cabeza dentro de mi cabeza, destruirme y renacer con un nuevo relato.

Dejé de verlo y me introduje en el psicoanálisis por varios años.

Mi psicoanalista era una mujer de unos cincuenta años que siempre usaba faldas o vestidos largos y llevaba un peinado batido a lo Farrah Fawcett. Con su guía logré comprender por qué sentía culpa por el nerviosismo, la enfermedad y las secuelas físicas de mi madre.

Pero con el paso del tiempo, nuestra conversación se tornó predecible, como comer el mismo plato de comida todos los días.

Había obtenido varias respuestas, pero me seguía sintiendo desatada y vulnerable.

Poco a poco, me fui convenciendo de que el psicoanálisis no me ofrecía ninguna herramienta para afrontar mis episodios depresivos.

En eso coincido con Solomon: enfrentar la depresión con el psicoanálisis es como intentar frenar la marea con la ráfaga de una metralleta.

La psicoanalista, además, solía entrecerrar los ojos mientras yo le hablaba.

Nunca supe si lo hacía para concentrarse mejor en mi relato, para imaginarlo con precisión o si es que se estaba quedando dormida.

La idea de que esto último fuera cierto me ofendía muy hondamente, no como su paciente, sino como narradora.

Entonces, durante mi separación de J, decidí ir contra mi fallo de fábrica.

O sea, ya no quería rumiar mis malos pensamientos hasta descalabrarme.

Me animé por primera vez en mi vida a mirar lo bueno o, por lo menos, a tratar de encontrarlo.

Quise darle una nueva oportunidad al nuevo-viejo psicólogo.

Este trabajaba con un enfoque llamado Terapia Breve Centrada en Soluciones o TBCS, un método que comenzó a desarrollarse a finales de los setenta en la ciudad estadounidense de Milwaukee.

Antes que diseccionar las penas pasadas en interminables sesiones, la TBCS propone que la persona se concentre en el problema actual y se perciba capaz de remediarlo.

En un tiempo breve, como su nombre difícil de memorizar lo sugiere.

—Cuéntame qué ha ido bien en la última semana.

Si a los veinte años la pregunta del psicólogo nuevo-viejo me irritaba, a los treinta me ofreció la posibilidad de cambiar el punto de vista de mi relato. Después de todo, yo ya tenía demasiada narrativa tremebunda sobre mí misma.

La TBCS también tiene una técnica llamada «la pregunta del milagro». Consiste en imaginar tu problema resuelto, pensar cómo sería ese escenario ideal y qué lo haría posible. Imaginar el milagro de sentirse mejor.

También busqué a otra psiquiatra, la doctora M.

Trabajaba en el mismo centro de psicoanálisis que el Papá Noel bohemio, pero no era una idiota.

No usó ningún cuestionario veloz para diagnosticarme, no comía durante la consulta.

Después de conversar, me recetó una pastilla de escitalopram al día, y una pastilla sublingual de clonazepam, solo si la ansiedad era insoportable.

Durante la consulta me llamaba «hija». Por eso le puse la doctora M, por lo maternal.

Mi pelo comenzó a crecer de nuevo, los granos de mi rostro se secaron.

Podría elaborar teorías intrincadas sobre cómo así pude intentarlo otra vez.

Podría ser cínica como suelo ser con los hombres, por prevención, y con las personas que más amo, porque a veces no soporto querer.

O podría decir que lo hice por mí y solo por mí, como quien ofrece una razón digna y de manual para justificar su superación personal.

Me gusta decir, en cambio, que fue por la complicidad.

La recuperación imposible —el milagro— se la debo a mi complicidad con J. Porque hay complicidades estrambóticas, un poco retorcidas, que una no quiere echar a perder.

Varios meses después, le escribí por chat, contándole mis progresos con el nuevo-viejo psicólogo y la psiquiatra maternal. Él respondió.

Entonces empezamos a enviarnos los mensajes que nos debíamos.