Las nerviosas 25
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Volví a dormir en mi cuarto de paredes rosadas. El cuarto propio de mi niñez y adolescencia. El imperio de tres metros cuadrados que construí con propinas de mis tías y mis padrinos.

A veces pienso que lo necesitaba. Separarme de J y volver al Cono por un tiempo. Un territorio familiar donde podía intentarlo una vez más. De cualquier forma, siempre estaba volviendo a nuestra vieja casa con los cerros de fondo.

Tal vez si desandaba el camino recorrido, pensé, podría identificar dónde había tropezado y lograría enmendar mi error.

No ocurrió nada parecido, pero sí asomó la ligera sensación de que hay certezas que permanecen y son más fuertes que la tristeza.

Vi a Elenita silente, con canas. Al Fanático como líder de una jauría de perros callejeros.

La Morena había muerto hacía años, perdida en las tinieblas de su mente.

A la Loca Sofía nadie la volvió a encontrar entre frutas y verduras.

Vi a los demás desquiciados: la Camila, la Buenamoza, el Calato.

Al toparse conmigo, los más cuerdos me saludaban: «Hola, Rosita».

Volví y entre ellos fui, como antes, la loca número ocho.

Mi mamá y mi papá no hicieron preguntas. Mi papá leía los libros que le había llevado desde Magdalena. País de Jauja , Cordillera Negra , Rosa Cuchillo , comentándome en las pausas: «A mí me gustan así, los libros de temáticas andinas».

Mi mamá me seguía con el pensamiento y con la mirada. Cuando no soportaba más el silencio, entraba al cuarto rosado y lanzaba una pregunta: «¿Quieres que te pida algo de comer, Rochi?».

Hay certezas que permanecen y son más grandes y fuertes que la tristeza.

La habitación rosada también fue una oficina.

A pesar del rapto nervioso, conseguí un puesto como reportera en un medio de periodismo de investigación.

Buscar datos y encontrar respuestas irrebatibles me mantenía distraída.

Necesitaba esa clase de ejercicio intelectual para evitar caer en las ilusiones malignas de mi mente.

Reporteaba y escribía textos periodísticos como quien arma rompecabezas.

También escribía mensajes para J. No se los enviaba porque habíamos quedado en recortar nuestra comunicación. Eran mensajes cariñosos, mensajes chistosos, mensajes de reclamo, muchos memes.

Escribía varias notas tontas cada día.

Mucho después supe que él también hacía lo mismo para mí.