Las nerviosas 24
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No probó nunca más ningún postre o bebida por debajo de la «temperatura ambiente», demasiado «fresco», como los jugos cítricos. Mi mamá está segura de que así se protege de un nuevo contagio.

—Yo he tenido dos veces esa enfermedad —me repite cada tanto, como si yo que soy su hija no lo supiera.

Así le dice mi mamá a la tuberculosis, «esa enfermedad».

Ya se lo expliqué varias veces, pero no me cree. La temperatura fría de las bebidas no provoca males respiratorios. «No lo he inventado yo, mamá, hay estudios científicos». Cuando se lo digo, ella me mira sin interés y añade un chorro de agua caliente a su vaso, por si acaso.

Toma bebidas calientes incluso durante los meses de verano. Solo por diversión, me gusta ofrecerle cubos de hielo en los almuerzos.

—Estás loca, será para que me muera.

No la culpo por el miedo. A razón de una vez cada dos años, sufre un episodio agudo por la bronquiectasia y, cada vez que ocurre, piensa que, ahora sí, se ha vuelto a contagiar.

Durante uno de esos episodios, comenzó a botar chispitas de sangre por la boca y ambas pensamos que había llegado el momento.

No nos pueden culpar por el miedo.

Cuando el pecho le comienza a silbar, mi mamá se apura en preparar el inhalador. Tiene que hacer inhalaciones tres veces al día con una aerocámara. Todos los días, de por vida. Cuando se pone el aparato sobre el rostro parece un elefante que busca atrapar el aire con la trompa en alto.

Mi mamá se curó y aprendió a ser más amable consigo misma.

Pero nunca se curó del miedo. Ahora el cansancio ya no es físico, yo diría que es una suerte de cansancio retrospectivo.

Un resabio atávico, una huella que no sabe cómo borrar.

A veces lo intenta con terapias psicológicas o con los antidepresivos que ha vuelto a tomar.

Pero el sentimiento sigue ahí, enfrentando una amenaza inexistente, como cuando entre la vigilia y el sueño damos una patada inútil para no caer al vacío.