Las nerviosas 23
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En una esquina del repostero de la cocina colocó un plato extendido, un plato hondo, un vaso, una taza y un juego de cubiertos.

Todos para ella. En el baño hizo lo propio con su cepillo de dientes.

Lo quitó del vaso de plástico donde colocábamos los nuestros y lo exilió a la ducha, al lado de los jabones y los champús.

—Mucho cuidadito con mezclar lo mío con lo de ustedes —nos advertía muy seguido.

Nosotros la escuchábamos sin prestarle demasiada atención.

Mamá fue diagnosticada con tuberculosis poco después de que yo ingresé a la universidad.

No resistió el espiral de esfuerzo y ansiedad.

Apenas comía. Bajó tanto de peso que los huesos de su cuerpo de pera de agua sobresalían como nunca antes.

Su espalda, de por sí estrecha, lucía todavía más esmirriada.

Sus caderas amplias eran dos cuencos duros y vacíos.

Adquirió un semblante mortecino, como el de una muñeca antigua. Empezó a toser más, compulsivamente.

—Creo que debo ir al médico, ¿no?

Era la segunda vez que le pasaba. La primera vez que contrajo tuberculosis tenía quince años.

Estaba en segundo grado de secundaria y se desvivía en su rol de estudiante aplicada, pero tuvo que abandonar su querido colegio.

Como mis abuelos no tenían recursos para hacerse cargo de su salud, se mudó por un tiempo a Lima para poder ser atendida.

Así fue como la tía América la acogió para cuidar de ella en Pueblo Libre. Vigiló su tratamiento y recuperación. Durante un par de años, la cebó tanto con carnes, verduras, frutas y avena con leche que empezaron a llamarla «Gorda».

Regresó a Piura restituida y rebosante, pero había perdido dos años de clases. Por eso, terminó el colegio con casi veinte años de edad.

Cuatro décadas más tarde, en San Martín de Porres, su cuerpo volvía a sucumbir ante sus propias exigencias.

El primer día del tratamiento la acompañé al hospital.

De nuevo juntas en la enfermedad, como en los viejos tiempos y como siempre.

Tomamos un mototaxi hacia el Cayetano Heredia, un gran hospital público que queda cerca del barrio.

Entramos por la puerta principal en la avenida Honorio Delgado, al lado de carritos emolienteros, de jugo de naranja y quioscos de golosinas.

Fuimos al centro especializado en atención de pacientes con tuberculosis.

Las paredes, como en un salón de clases, estaban adornadas con afiches sobre la enfermedad.

En una esquina, había colgado un cuadro de santa Rosa de Lima, patrona de los tuberculosos.

Una enfermera debía darnos una charla de orientación para el cuidado de pacientes y familiares. Por su amabilidad, parecía una profesora de niños.

—Es importante que separen sus platos, sus cubiertos y su cepillo dental.

Escuchamos ese y otros consejos sobre cómo cuidar la salud de mi mamá y la nuestra.

El resto de la familia debíamos tomar, por unas semanas, unas píldoras para evitar el contagio.

Ninguno de nosotros cumplió. Quizá fue nuestra forma de restarle importancia a la amenaza.

Un intento negligente por demostrar que mi madre no nos parecía peligrosa y que no aceptábamos exiliarla en nuestro propio territorio.

Tomaba once pastillas al día. Iba al Cayetano Heredia de lunes a viernes a recibir su dosis en persona.

Delante de una enfermera, sentada en una silla del centro de atención para pacientes con tuberculosis, engullía una a una las píldoras: algunas redondas, otras largas, algunas chiquitas, otras no tanto.

Al terminar, estampaba su firma en un cuaderno de asistencia.

En Perú, la tuberculosis es un problema de salud pública. Los hospitales y demás centros de salud del Estado ofrecen tratamiento gratuito y se aseguran de que los pacientes lo cumplan.

Las primeras semanas, mi mamá lo pasó muy mal. Sufrió de unos mareos tan intensos que no podía ni caminar. Se apoyaba en las paredes para desplazarse, lloraba y decía que el suelo se movía a su paso.

—El piso tiembla —lloriqueaba.

Las náuseas le provocaban unas arcadas que sonaban a gruñidos de cerdo.

A partir del siglo xviii y hasta inicios del siglo xx , cuenta Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas , la tuberculosis gozó de un halo de romanticismo.

La idea de que el tuberculoso era alguien interesante, gentil, delicado, sensible fue una creencia común en parte alentada por poetas y demás escritores, varios de los cuales padecieron la enfermedad.

En esa época, mi mamá hubiera formado parte del club de Chéjov, Keats, las hermanas Brontë o Kafka.

Pero en el Perú de la primera década del siglo xxi , también mucho antes y hasta hoy, la tuberculosis fue y es la enfermedad de los pobres, marginales, parias, de la gente sucia. Mi madre lo sabía y ser reincidente la avergonzaba el doble.

Una vez al mes, regresaba del Cayetano Heredia con una bolsa con la dotación de víveres que el programa nacional de alimentación para pacientes con tuberculosis le donaba a cada enfermo.

Nunca habíamos recibido ese tipo de asistencia del Estado, quizá nos pesaba ser incluidos en el grupo de los más necesitados.

De todos modos, consumíamos los alimentos día tras día.

El tratamiento duró un año y mi mamá lo cumplió con esmero, como solía hacer con cualquier encargo oneroso. Dejó de saltarse las comidas y recuperó su peso. En otras palabras, se curó.

Volvió a sus labores habituales de cocina, limpieza y lavado.

Pero lo hizo a un ritmo menos ardoroso. Inclusive, si hubiera deseado volver a la rutina frenética de antes no habría podido porque quedó con un mal crónico, la bronquiectasia.

Le provocaba largas temporadas de tos y un silbido en el pecho como viento rugiendo, las heridas de guerra de una trabajadora doméstica.

Durante varios años más, mi madre siguió separando sus cosas personales de las nuestras. Cuando le preguntaba por qué seguía haciéndolo si ya no era necesario, respondía:

—No sé, ya me acostumbré.

Pero yo sabía que no solo hablaba de la costumbre. Hablaba del miedo sin el cual no sabemos cómo vivir.