Las nerviosas 22
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Mi padre también fue empleado doméstico. Al menos lo fue por un par de años, durante su niñez y adolescencia. Según sus palabras, trabajó como «el muchacho» para algunas familias.

Pero ese nunca fue el plan.

A inicios de la década del cincuenta era el mejor alumno en la primaria de La Pampa.

Al salir de clases, iba a trabajar la tierra de las chacras de la familia y a dar de comer a sus pocos carneros y vacas.

Volvía en la oscuridad de la noche, por caminos desolados y pedregosos.

De vez en cuando se tropezaba. Mi padre tiene muy maltrechas las uñas de los pies.

En el pueblo le decían «El Gran Papacho» por sus altas capacidades como estudiante y en las labores del campo.

Por consejo de sus profesores, a los doce se mudó a Lima para cursar la secundaria.

Pero solo pudo estudiar un par de años: tuvo que abandonar la escuela para ponerse a trabajar. Empezó limpiando casas.

Vivía en un garaje de Breña con mi abuelo y otros parientes.

Luego se mudaron a un cuarto alquilado en una barriada al pie del río Rímac, adonde llegaron mi abuela y mis tíos.

Trapeaba los pisos, iba a comprar los mandados, cuidaba a los niños de sus patrones siendo él un niño más.

Cuando lo enviaban por demasiadas cosas al mercado, prefería caminar que ir en bus porque le daba vergüenza ser visto como «el serranito» que cargaba bolsas para los otros.

Por unos meses, trabajó limpiando la casa de un comerciante que tenía un negocio de golosinas en un bazar cercano llamado Pimpón.

Una vez el señor se olvidó de unos paquetes y mi papá tuvo que llevárselos.

Al llegar, vio una figura familiar en la puerta.

Era su patrón. A sus pies, había una mantita extendida sobre la que se ofrecían las golosinas.

En realidad, el hombre trabajaba como vendedor ambulante a las afueras del bazar. ¿No era el dueño de Pimpón? ¿Un vendedor ambulante puede ser también un patrón? Lima le pareció ancha, ajena. Y sobre todo confusa.

No dijo nada. Entregó los paquetes, se despidió y regresó a pie.

Para explicar a mi papá, podría parafrasear al poeta peruano Luis Hernández: «Yo hubiera sido Premio Nobel de Matemáticas, pero la migración, la cerveza, el río, la barriada, los amigos y la nostalgia me lo impidieron».