Las nerviosas 21
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Según la jerga limeña, soy conera. Son coneros mi madre, mi padre y mi hermano.

Somos coneros porque provenimos de un cono, el Cono Norte.

Los conos —Cono Norte, Cono Sur, Cono Este— son las zonas de Lima que empezaron a expandirse como puntas desde el centro de la ciudad hacia sus márgenes, sobre la década del cincuenta del siglo xx , a partir de una de las olas migratorias del campo a la ciudad.

De ahí su nombre, por la forma punzante y explosiva de su despliegue.

En estos tiempos, la metáfora ha perdido su sentido original. Ahora los conos parecen mantas de retazos que se extienden hasta los cerros más altos y más áridos, como el que hay detrás de la casa de mi familia.

Los conos no aparecen en las guías turísticas de Lima y siguen siendo nombrados como «periferia». Pero su territorio abarca en realidad la mayor parte de la ciudad y su población es la más numerosa. Solo por ello deberían ser innegables.

Conero, por otra parte, aún es un insulto.

Si te llaman «conero» o «conera» quiere decir que pareces una persona de barrio pobre y ascendencia indígena, de mala educación y hasta de mal gusto.

Conero se superpone a la categoría «cholo» o «chola», la persona de ascendencia indígena que vive en la ciudad.

Entonces lo más preciso sería decir que mi familia no solo es conera, sino también chola.

Por suerte hay quienes reivindican la palabra «conero».

Varios de los barrios de los conos fueron fundados por migrantes, sobre todo andinos.

Sus calles albergan las historias de las clases bajas despreciadas por los señores y las señoras de los sitios bien.

La molesta jerigonza económica dice que los coneros somos «emprendedores».

Yo prefiero pensar en el resentimiento y la ambición.

Cuando era niña, nadie quería ser llamado «conero». Tampoco «cholo» o «chola». Principalmente nosotros, los que éramos cholos y vivíamos en los conos.

Recurro a la primera persona del plural porque soy chola y conera.

Pero a mí no me enseñaron a rechazar el barrio.

Mi papá siempre hablaba con orgullo de nuestro primer piso en San Martín de Porres, uno de los distritos populares más antiguos y grandes del Cono Norte.

Había comprado el terreno en los sesenta, con su sueldo de empleado de una zapatería.

Cuando concluyó la obra, llevó a sus padres y a sus hermanas menores a vivir con él.

Esa casa era el principal símbolo de su triunfo como un hombre andino en la capital.

Mi mamá tampoco hablaba con menosprecio de donde vivíamos.

Jamás la oí quejarse de las pistas mal asfaltadas, la basura en las calles, los robos en mototaxis o las pandillas juveniles que se peleaban todos los sábados con piedras y sables de fierro en la esquina de la cuadra.

Nunca nos martirizó con peticiones del estilo «tienen que salir de aquí en busca de otros horizontes».

—Hay que tener mucho cuidado —nada más decía.

Yo quería —quiero— a mi barrio, pero no fue siempre así. En la universidad lo rechacé porque estaba amargada y deseaba parecerme a una de las protagonistas melancólicas de las pe­lículas europeas que había comenzado a ver. Ahora conservo la dirección de mis padres en mi documento de identidad.

Pero no solo sentía cariño, también había agradecimiento. Sus personajes estimularon mi imaginación de escritora en ciernes.

Solo en mi cuadra había al menos siete personas, entre hombres y mujeres, con alguna dolencia mental.

Solíamos hacer el recuento. Elenita, que salía a dar alaridos agudísimos.

El Fanático, que oía música cristiana a todo volumen, pero gritaba «putas» cuando mis amigas y yo nos lo cruzábamos.

La Morena, que se presentaba indistintamente como general, coronel o comandante de la Policía.

De vez en cuando, la Loca Sofía aparecía desnuda en medio de los puestos de frutas y verduras del mercado.

La Camila vendía caramelos y si no le comprabas uno exigía cigarros.

La Buenamoza dejó de salir a la calle cuando fue diagnosticada con esquizofrenia.

El Calato, claro, andaba como vino al mundo y hablaba de caca a los vecinos.

Mi hermano solía bromear con que la octava loca era yo.

En mi salón de clases, en cambio, el entusiasmo no era el sentir popular.

A diferencia de los padres migrantes que se enorgullecían de haber conseguido un lugar en la ciudad, los hijos no habíamos heredado esa épica redentora.

Los más querían escapar del barrio. Vivíamos en una competencia constante para determinar quiénes de nosotros éramos los menos coneros o coneras.

Que no era otra cosa que una competencia por determinar quiénes éramos menos cholos o cholas. Entonces se hacía alarde de cosas como:

«Mi ropa es de Saga»

«Mi papá trabaja en una empresa»

«Yo tengo amigos de Miraflores»

«Estudio inglés en el Británico»

«Mi familia vive en Estados Unidos»

«No soy trigueña, soy blanca»

Quienes no podían afirmar ninguna de estas cosas, eran objeto de burla. Con una insistencia que rayaba con el acoso escolar.

En una actuación por el Día de la Madre, un chiquillo con acento andino participó en un baile de la canción «Torero», caracterizado como Chayanne.

Desde entonces y hasta que terminó la secundaria, su apodo fue «Challanque».

Por los «llanques», las sandalias rústicas usadas por los campesinos de las zonas rurales de los Andes.

Yo no podía jactarme de nada. Mi madre era empleada doméstica, mi padre no había terminado la secundaria. Usaba ropas regaladas o heredadas de algunas primas. Mi ascendencia andina era notoria en mi rostro.

A pesar de todo, nadie se metía conmigo.

Me respetaban porque era la primera de la clase sin llegar a ser una nerd.

Alguna vez, en un partido de fútbol, le pegué a una niña matona de otro colegio, lo que provocó una batalla campal, heridos y una amonestación por agente del caos.

No se atrevían a importunarme porque era fuerte y seria.

Tampoco se animaban a herirme con sus palabras porque en eso yo era la mejor. Podía ser muy cruel.

Mis padres deseaban que fuéramos mejores que ellos, en todo. Para eso no necesitábamos abandonar el Cono, sino ingresar a una universidad que en el futuro nos permitiera conseguir un trabajo y un buen sueldo. El ideal de progreso de cualquier familia migrante como la nuestra.

Mi hermano cumplió las expectativas con creces.

Ingresó al primer intento a la carrera de Economía en la Agraria, una de las universidades públicas más renombradas del país.

En cambio yo, al terminar la secundaria, les dije a mis padres que quería estudiar Literatura en San Marcos y desaté una crisis familiar.

Mi mamá lloró durante días, intentando hacerme entrar en razón, reprochándome que les hiciera eso, que no entendiera de dónde veníamos y a dónde debíamos llegar.

Mis tíos Yacila y Chávez intervinieron, cada quien por su lado.

¿Qué cosa era eso de «Literatura»? Esa carrera de fumones.

Una chica tan inteligente como yo, decían, podía ser doctora, arquitecta, ingeniera o, en el peor de los casos, elegir alguna de esas nuevas profesiones como Negocios Internacionales.

¿No veía que mi madre se «rompía el lomo» por nosotros?

¿No me importaba que mi padre ya no pudiera trabajar más? ¿Quería seguir siendo pobre?

Estoy al tanto de las veces que llevo mencionando mis triunfos académicos y los de mi familia.

Son muchas y me he contenido para no hacerlo más.

Pasa que no hay mucho más de lo que podemos presumir los expobres.

Como no nos creemos el cuento de la meritocracia, podemos jactarnos de nuestra inteligencia.

Como sea, casi siempre nos sentimos extraños.

Quizá mi papá fue el que más sufrió. Yo era muy distinta a lo que él esperaba de una hija y de una mujer. Era rara, enfermiza y belicosa. Al menos era estudiosa pero hasta eso lo eché a perder.

Un día, cuando ya estudiaba esa carrera para fumones, encontré a mi papá leyendo un periódico en la sala.

Recordé que alguna vez tuvo una biblioteca con novelas de Mario Vargas Llosa, Ciro Alegría, Alfredo Bryce Echenique y José María Arguedas que perdió en sus mudanzas. Fue el primer gran lector que conocí.

De repente, alzó la mirada hacia mí y sin razón aparente me dijo:

—Bueno, nadie quita que algún día llegues a ser tan exitosa como la autora de «Larry» Potter. Dicen que es millonaria, ¿no?