20
Volvió, pero no quiso entrar al departamento. En su lugar, me pidió que bajese. Allí, al nivel del patio, que yo miraba fijamente desde la ventana durante los días de la ilusión del salto y el terror a las llamas, J me dijo que no podía seguir a mi lado.
—¿Ves esta foto?
Éramos nosotros, el protector de pantalla de su celular. Nos la tomaron sin que nos diéramos cuenta, hace como un año atrás, en un bar antiguo del Centro de Lima. Salíamos rodeados de luces de neón, espejos y mesas de plástico. Nos mirábamos y parecía como si nos estuviéramos riendo de los demás.
—Se nos veía bien juntos, ¿no?
—…
—No creo que pueda sentir esto nunca más.
Pero el día de la foto que él tanto añoraba fue doloroso para mí.
Había amanecido fatal, me ardía el vientre, me la pasé meando sin parar.
De la cama al wáter, uno de mis caminos domésticos más recorridos.
Orinaba en los dos baños, porque era la perrita desesperada por reconocer su nuevo hogar, nuestro hogar.
Esa noche, J me obligó a ponerme ropa limpia, lavarme la cara y salir.
Una pareja que recuerda el mismo instante con sentimientos opuestos. Puede ser el comienzo o el fin de cualquier relación sentimental.
Sin mirarme a los ojos, J dijo que no quería seguir siendo el testigo de mi desgracia.
Al inicio no me había tomado tan en serio.
Es decir, cuando empezamos a salir años atrás y le advertí: «Quiero que sepas que no estoy bien».
Pensó que era una veinteañera con aires de manic pixie dream girl.
Una posera que debía estar un poco loca, como muchas mujeres lo están a los veinticinco años.
Además y no menos importante: ¿hay conera o conero que quede bien parado tras experimentar la cacareada movilidad social?
¿Qué perdemos en ese tránsito? ¿No conservamos con nosotros cierta basura mental, algún escombro interior con el que aprender a vivir?
Él lo sabía. Después de todo, era parecido a mí.
Los últimos años, sin embargo, había visto de cerca el verdadero potencial de mi barbarie y no pudo resistirlo.
Los dolores, la suciedad, el sarcasmo exagerado, la falta de amor propio, el desinterés por el sexo.
Toleró, durante un tiempo, la convivencia con una persona que arroja petardos contra sí misma y los demás.
Pero un día aceptó que él no deseaba un hogar kamikaze.
Siempre fue más entusiasta que yo y creímos que su entusiasmo valdría para los dos.
—Ya no puedo sentirlo —dijo mirando al suelo, con el teléfono entre las manos.
Quedamos en que esta vez yo saldría del departamento. Me mudaría de vuelta donde mis padres en San Martín de Porres. Él se quedaría con Leticia, hasta que supiéramos bien qué hacer con ella y con todo lo demás. Aprender a desbaratar una casa, eso nos correspondía.
Ahora no lo culpo. Ningún cuerpo, salvo el del propio enfermo, sostiene con tamaña capacidad la aversión. Pero entonces yo no lo entendía y lo odié. Lo odié por desertor.
Cuando conocí a J me atrajo porque no me tuvo miedo. Hasta entonces, la mayoría de los tipos con los que había salido me hacían sentir incómoda. Y yo los percibía incómodos, me temían. Siempre había una brecha entre ellos y yo. Una distancia originada por la intimidación y el paternalismo.
No es que me urgiera contarles mi vida, pero a veces era inevitable.
Cuando me preguntaban de qué barrio era, dónde había estudiado, qué hacían mis padres, aparecía la grieta.
De pronto, surgía en ellos la necesidad de excusarse ante mí, de decir con palabras o con actos «lo siento», como si les estuviera pidiendo que enmendaran las desigualdades del mundo.
Era ridículo. Yo podía oír sus vivencias con curiosidad; pero cuando me tocaba hablar a mí, recibía torpezas.
Y cuando no eran torpes, eran indiferentes. Nuestras conversaciones se volvían monólogos en los que sus vidas eran fábulas complejas. Si me tocaba hablar a mí, se quedaban en silencio o cambiaban de tema. El que no es pobre tiene derecho a una historia, cuenta una hazaña, el pobre solo se queja.
Una noche, en cierta fiesta, conocí al típico hijo de la élite intelectual limeña.
Un nepobaby de las ciencias sociales que fungía de galancito en las fiestas alternativas de la capital.
Compartíamos anécdotas de nuestras infancias en los noventa, hasta las más vergonzantes.
No recuerdo bien qué fue lo que dije. Quizá conté que no tuve televisión por cable hasta que entré a la universidad.
Tal vez que la ducha de mi baño se estropeó y pasaron años hasta que mi hermano consiguió un trabajo y pudimos por fin repararla.
El nepobaby intelectual se acercó a mí, me acarició el hombro y me dijo al oído: «lo siento, bebé, no te preocupes, yo entiendo».
J, en cambio, nunca pidió perdón. Nos conocimos en una fiesta y yo lo saqué a bailar toda la noche. Cuando comenzamos a hablar de quiénes éramos, quiénes nos precedían, no hubo silencios ni resquemores. Había ganas de seguir conversando. Fue simple y se sentía bien.
Nos reconocimos semejantes. Como yo, J había crecido en un barrio popular: primero en un asentamiento humano y, luego, en el Cono Norte.
Su madre era vendedora en una ferretería; su padre, carpintero.
Había estudiado en un colegio nacional y, después, en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la misma a la que fui yo.
Gracias a su inteligencia y disciplina, ingresó a la cofradía del periodismo literario peruano y no paró hasta convertirse en una de las promesas de la crónica en Latinoamérica.
Yo le digo complicidad de clase. Una clase social con la que compartes referentes, símbolos, sentimientos similares y con la que te sientes acogido.
En nuestro caso, complicidad de la clase baja tildada de «emergente».
Nuestra idiosincrasia de élite inversa. Una vez que te mueves del barrio, esa solidaridad es un tanto difícil de encontrar.
Hallar a alguien con quien puedes conversar sobre tus vivencias barriales y familiares sin despertar incomodidad ni conmiseración.
Uno que no sea tu adversario. Incluso en los círculos progresistas de escritores y periodistas en los que ambos habíamos recalado, y entre los que encontrábamos muy pocos coneros, solo dos caminos parecían posibles para abordar el asunto en primera persona: no hablarlo o hacerlo desde el cinismo, como alguien indiferente o desafectado de la propia experiencia.
El tercer camino, el de la psicoterapia o el psicoanálisis, no cuenta porque está resguardado por el secreto profesional.
Entre J y yo había amor y odio por las mismas cosas. ¿Por qué quería renunciar ahora a nuestra preciosa aguja en el pajar de las estupideces ajenas? En mi mente dañada, lo vi como uno más de esos hombres intimidados por mis relatos de vida.