19
Hace casi una década, empecé a escribir El mar dentro de mi cabeza .
Un libro de memorias sobre los mareos. Nunca lo terminé.
Pero mientras investigaba para el proyecto, llegué hasta un escritor estadounidense víctima de mareos por largas temporadas.
Su nombre es Brian Platzer y acababa de publicar un ensayo sobre su condición en The New York Times .
Para ese entonces, llevaba cinco meses mareado.
Decidí contactarlo. «Hello, Brian. My name is Rosa Chávez Yacila, I’m a Peruvian journalist. I thought I was the only one with this condition». Quedamos en hablar otro día por chat.
—What can I help you with? —me escribió una tarde.
Gracias a Platzer confirmé cuán distinto puede resultar enfermar en el «primer mundo».
La primera vez que sufrió de fuertes mareos había fumado marihuana.
En todo ese tiempo, me dijo, distintos médicos le habían dado diagnósticos imprecisos como el de «migraña vestibular» y había tomado una serie de medicamentos poco efectivos.
Su último diagnóstico era el de persistent postural perceptual dizziness o PPPD.
Jamás en mi trayecto médico por Lima había oído mencionar alguno de esos males.
Por entonces, ni siquiera encontré la traducción al español del PPPD.
Hoy se reconoce como mareo postural perceptual persistente.
Se trata de una condición cuyo principal síntoma son los vértigos prolongados.
Su clasificación y estudio llevan apenas un par de décadas y aún hay más preguntas que respuestas sobre sus causas.
En líneas generales, es definido como un trastorno vestibular crónico, es decir, un problema en el oído interno, cuyos ínfimos canales con líquidos y sensores permiten mantener el equilibrio corporal.
Sin embargo, el PPPD tiene importantes asociaciones con la migraña, la ansiedad y la depresión.
Contra el mareo, Platzer había tomado Zoloft, Xanax, Elavil, Klonopin, Serzone, Prozac, Pamelor, Lexapro, muchos de los cuales yo también había consumido desde adolescente. También le habían prescrito antiepilépticos, pastillas para la hipertensión e incluso inyecciones de bótox.
¿Qué era lo que más extrañaba de su vida sin estar mareado?, le pregunté. Entre otras cosas, respondió que pasar tiempo de calidad con su familia y amigos, pensar con claridad, escribir más y beber alcohol.
Durante algún tiempo, envidié a Platzer. Si bien compartíamos un historial de frustraciones clínicas, al menos él había recibido respuestas novedosas y podía conocer hallazgos médicos recientes. En cambio yo me había conformado con el doctor Martínez.
Visité su consultorio hasta los veintiocho años.
Iba cada seis meses, a veces me ausentaba por más tiempo.
Fue la década de la automedicación. Mi mamá conocía a una farmacéutica en una botica del barrio que aceptaba vendernos antidepresivos y ansiolíticos sin receta médica.
La señorita Mary, una mujer grande, gorda y morena, de anteojos y alisado permanente, también nos ayudaba a conseguir muestras gratuitas de los medicamentos.
A veces pienso que tomé antidepresivos y ansiolíticos sin pausa durante esos años para evitar la sensación de las descargas cerebrales.
Las brain zaps que experimentaba a los pocos días de abstinencia.
Un cosquilleo dentro de la cabeza, de unos cuantos segundos, tan molesto que hacía que me mordiera un poco la lengua.
Entonces regresaba donde el doctor Martínez para renovar la receta, para ver si podía darme una combinación de pastillas más potente, pero siempre me ofrecía lo mismo.
Volvía con el rabo entre las piernas, como la hija pródiga depresiva.
«Ay Rosita, Rosita», me decía. Y, como siempre, me tomaba por los hombros, me miraba a los ojos y prometía conseguirme un novio.