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Decía que yo necesitaba un enamorado. Cuando estaba por salir de su consultorio, una habitación que olía a papeles guardados, el doctor Martínez se paraba frente a mí, me tomaba por los hombros y me sacudía con cariño, como si su gesto fuera a reacomodar mis pensamientos.
—Te voy a presentar a mi hijo soltero, Rosita —decía mientras yo me preguntaba si ese hijo le habría heredado la panza redondísima y la costumbre de teñirse el pelo y los bigotes de negro intenso.
Me zarandeaba como si yo fuera un perro al que estima mucho pero nunca dejaría entrar a su habitación.
Bromeaba sobre ofrecerme su camada masculina porque había confianza y por sus sinceras ganas de verme superar, de una vez por todas, mis episodios depresivos. Suscribía la antigua creencia de que una mujer es «histérica» por falta de sexo.
El doctor Martínez me parecía un buen tipo.
Lo conocí a los diecisiete años, cuando era un neurólogo muy reconocido en el Instituto Nacional de Ciencias Neurológicas, uno de los hospitales públicos especializados en los males del cerebro.
Mi mamá me llevó hasta allí por recomendación de una vecina que se enteró de mis mareos.
Había terminado la secundaria con unos mareos permanentes que mermaban mi concentración.
Cuando escribo «mareos permanentes» quiero decir todo el tiempo.
El único momento en el que no me sentía mareada era cuando dormía.
Aun así, logré terminar el colegio con el «premio excelencia».
A la distancia, ese logro se me hace un disparate propio de una neurótica como yo.
No son pocos los que dudan de la veracidad de mi testimonio sobre mi año entero de mareos. Creen que se trata de un recuerdo magnificado por mi memoria de tendencias dramáticas. Se equivocan. Los mareos que duran semanas, meses o varios años sí existen.
El instituto neurológico, en el vetusto jirón Áncash en el Centro de Lima, fue fundado en el siglo xvii para atender a mendigos, desahuciados y gente sin familia. Era un hospital de pobres y olvidados, una especie de albergue marginal. Por eso llevaba el nombre de Refugio de los Incurables.
Unos siglos después, mi madre y yo, otra estirpe de incurables, nos aparecimos en sus instalaciones, ahora dedicadas a la investigación de los avatares del cerebro.
Llegamos con toda mi historia clínica bajo el brazo, las decenas de pruebas en las que, a lo largo de los años, mi madre había invertido su apretado sueldo de empleada doméstica.
Nos unimos a la comparsa de gente en busca de remedio para sus males.
Ancianos trastabillando, jóvenes en sillas de ruedas, mujeres con vendas en la cabeza y niños frágiles.
Muchos de ellos hablaban con acento andino o amazónico.
El doctor Martínez nos recibió en su oficina, sonaba una emisora de música clásica. Después de revisar con atención mis resonancias y tomografías traídas desde el Cono Norte, se paró frente a mí, me sacudió por los hombros y me dijo sonriendo:
—Vas a ver que esto que te daré te pondrá bien.
Quizá porque era una adolescente deprimida que llevaba tiempo clamando por mejoría, esa fue la primera y la última vez que creí en una afirmación tan ambiciosa.
Yo estoy casi segura de que el doctor Martínez nunca mencionó las palabras «depresión» o «ansiedad», pero a partir de ese día, y en la siguiente década, fue el médico que me recetó el kit de supervivencia, la medicación para el ánimo. Y novios.
Salimos del consultorio animadas. Para celebrar que no tenía un tumor cerebral, fuimos por unas hamburguesas. Comimos mirando hacia las casas multicolor del cerro San Cristóbal, coronado con una cruz.
El antidepresivo era sertralina. El ansiolítico, clonazepam.
Es sabido que los antidepresivos empiezan a funcionar recién a las semanas de iniciado el tratamiento.
Así que no sé si fue el efecto placebo más contundente que he experimentado o la potencia pura de las benzodiazepinas, pero mejoré a los pocos días.
No de todos los sentimientos opacos que ya se habían asentado en mi interior, pero los mareos dejaron de ser permanentes.
Solo volvían esporádicamente, para recordarme que seguía siendo la misma.