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A veces la ayudaba limpiando el baño, baldeando los pisos o fregando calzones.
En días como esos, la seguía en su atribulado andar entre los dos pisos.
Ella iba de arriba a abajo como un equeco con balde, escoba, plumero, guantes de limpieza y una radio de plástico para sintonizar Radio Felicidad, la emisora de música de la nueva ola cuyo lema era «Me siento bien».
Por entonces yo era una chiquilla que hallaba un goce insólito en el ejercicio de las labores de limpieza.
Llegar a los rincones, ordenar las cosas, exprimir los trapos hasta que no escurran más, desaparecer la mugre.
Aprendí a combinar el agua con la lejía sin salpicar ninguna gota sobre mi ropa, lo cual requiere de una pericia muy bien estudiada.
A envolver ropa vieja en un palo de escoba para obtener un trapeador.
A preparar el jaboncillo para las prendas íntimas, pues su delicadeza merece un trato especial.
Todas estas son tareas que si las haces de buena gana dan una ilusión de poder sobre la realidad.
El poder de transformar lo malo en bueno.
Un ensayo del control del mundo en miniatura, que es al fin y al cabo cómo funciona una casa.
Ahora pienso que limpiar se parece mucho a escribir. En ambos oficios, elegimos lo que se queda y lo que se va frente a lo que se acumula. Además, el esfuerzo real detrás de un hogar limpio o un texto terminado se hace casi siempre en soledad.
Mi ocasional disfrute adolescente por la limpieza doméstica se mezcló con algo de remordimiento en la adultez.
Resulta que ese es mi tic nervioso sin cura: sentirme culpable.
Cuando me mudé con J, decreté que no le pagaríamos a nadie para que se haga cargo de nuestras suciedades.
Elegir lo contrario me parecía ocioso e inmoral.
En el fondo, prefería limpiar yo misma para parecerme más a mi mamá.
Y, según quién sabe qué mecanismo mental retorcido, saldar mi «deuda» con ella.
Me entusiasmaba el acto de desempolvar los muebles y enjuagar los trapos porque así me sentía un poco menos la tontita que escribe y más la mujer que vuelve la suciedad en limpieza.
Al final de cada jornada, sentía mis manos más preparadas. Un poco más aptas para las acciones esenciales de la supervivencia humana. Tampoco puedo negar que al terminar me ponía a escribir. Limpiar un baño podía inspirarme cosas como esta:
Manual de limpieza de los servicios higiénicos
Barre el piso con diligencia y atención.
¿Recuerdas cuando tu mamá limpiaba las casas de otras familias?
Tenía una uña enferma y las palmas cuarteadas por el cloro.
Recoge los pelos con las manos. Rocía el quitasarro en el lavamanos, el inodoro y la ducha, y espera quince minutos.
Todos los días se quejaba en voz alta: «¿Acaso yo tengo vacaciones?
». Restriega las mayólicas con una esponja pequeña, tan pequeña como para terminar usando tu propia piel.
Y decía: «Yo no sé a dónde voy a ir a parar».
Pasa los estropajos por el lavadero y el inodoro, enjuágalos y repite la operación.
O decía: «Lo único que yo puedo darles son sus estudios».
La ducha requiere un tratamiento especial: haz movimientos rápidos y sin cálculos, como para rasguñarte, golpearte, rasgarte.
No sabías qué hacer para aliviar su cansancio, entonces estudiabas.
De ser necesario, echa más quitasarro sobre las paredes, hasta que su olor cáustico te haga toser y estornudar.
Y fuiste la mejor alumna durante once años.
O lloraba durante las noches de insomnio.
Pero a las seis de la mañana estaba de pie para poner a hervir el agua.
A veces iban a comer un helado al Megaplaza.
Echa chorros con la manguera y mira la suciedad desaparecer por el desagüe: por ahí también se escurre algo de ti. Acaricia tus manos rotas. Descansa.
Más temprano que tarde me di cuenta de que J y yo éramos incapaces de mantener nuestro departamento limpio.
La porquería se acumulaba por todas partes y no podíamos evitarla.
El polvo y la mugre eran más rápidos que nosotros.
No teníamos tiempo, había que confiar nuestra suciedad y desorden a alguien más.
O de eso me convencí para aplacar la culpa que sentía por querer pagarle a alguien para que limpie nuestro departamento.
Las hijas y los hijos de los obreros que fuimos a la universidad nos mudamos del barrio, conseguimos trabajos muy distintos a los de nuestros padres, trabajos considerados «mejores», tendemos a sentirnos como unos traidores. Y además petulantes. Tránsfugas del origen.
Unos cuantos versos del poema «No era fecha religiosa» de la escritora argentina Silvina Giaganti resumen este sentimiento: «Alguna vez me dijo que yo le gustaba como era / porque me defendía / de lo que él no pudo. / Ahora gano más que su jubilación y me da una / vergüenza enorme».
A veces, no obstante, esa culpa me parece un regodeo encubierto.
Un acto veladamente narcisista. ¿Con quién se quiere congraciar la mujer que se confiesa culpable por el trabajo de empleada doméstica de su madre?
¿Con su madre trabajadora del hogar? ¿Con quiénes honran a sus madres obreras?
¿Con quiénes se creen moralmente superiores?
¿Con los otros, los pudientes? ¿Con Dios?
Hay una necesidad de quedar bien. O, peor aún, un deseo de ser percibido como una buena persona.
Como ocurre con las víctimas, pareciera que los pobres solo pueden ser intachables.
Ahora alguien viene todos los viernes a limpiar. Me la recomendó mi madre que, desde hace muchos años, tampoco limpia su casa.