Las nerviosas 16
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J se fue por un tiempo. Un amigo viajó y le dejó su departamento. «Necesito descansar para poder escribir», me dijo. Yo lo interpreté como «necesito descansar de ti». Me ofendí.

Durante las primeras semanas, mi mamá vino a acompañarme a Magdalena.

No le conté que J y yo estábamos a punto de separarnos o que nuestra relación de años estaba acabada.

Tampoco le dije nada sobre mi crisis depresiva.

Mucho menos le hablé sobre la ilusión del salto y el terror a las llamas. Todavía soy quien intenta protegerla.

Solo le pregunté si notaba los evidentes granos que me habían salido en la cara. Para ella siempre he sido su «niña hermosa». Entonces respondió que no.

De cualquier forma, me cuidó como si supiera.

Seguro lo sabía, por eso que dicen de la intuición de las madres y porque siempre hemos estado juntas en la desdicha.

Llegó con varias bolsas de mercado cargadas de carne, verduras y frutas.

Preparó sopas, estofados, guisos para mí, como cuando yo era niña y ella lloraba sin dejar de cocinar.

Por las tardes y noches, descansaba viendo hasta tarde telenovelas mexicanas y turcas en una tablet, mientras yo dormía. Ahora era una exempleada doméstica. Desde hace años ya no caía inconsciente en una silla.

J y yo hablábamos todos los días. Por decirlo de algún modo.

Uno de los actos más paranoicos de la era digital es tratar de interpretar las conversaciones por chat.

Ahí estaba yo, padeciendo nuestra incomunicación porque sus respuestas eran oraciones simples que no incluían stickers , solo emojis del pulgar arriba.

Pero incluso esas minucias me confirmaban su hastío.

Una mañana, descubrí a mi mamá llorando en la mesa de la sala, frente al desayuno servido. Le pedí que parara.

—No lo hagas, mamá, por favor.

No lo volvió a hacer.

Antes de su partida, comimos pollo a la brasa en el almuerzo. Casi no hablamos. En realidad, no hablamos mucho durante su visita. En nuestro antiguo léxico familiar también había una entrada para el silencio.