Las nerviosas 15
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Apenas se relajaba en alguna silla o sillón, mi madre terminaba dormida con la boca abierta y la cabeza inclinada hacia un lado.

Tenía una mueca horrorosa, como si su rostro se hubiera comenzado a derretir.

Le pasaba muy seguido cuando salíamos a una reunión familiar, en los buses, las dos o tres veces que fuimos juntas al cine.

Cada vez que podía, yo la codeaba en las costillas para despertarla.

—Ya pues, Rosita —renegaba y se volvía a acomodar en su sitio, como un patito que se sacude del agua.

Una tarde fuimos al cine del Megaplaza, el primer centro comercial del Cono Norte.

Ahora los coneros pueden tener su Jockey Plaza, decían.

Elegí Lilo & Stitch y mi mamá no vio la película porque se quedó dormida en la posición más incómoda registrada en las butacas del mundo.

En el micro, de regreso a San Martín de Porres, le conté de qué trataba la historia.

Es casi irresistible contemplar los cuerpos de las personas que trabajan con el cuerpo.

Contemplarlos como quien ve la película de su vida en unos segundos, en uno de esos momentos decisivos.

Es decir, como una revelación. Los movimientos, las taras, los relieves, los volúmenes, las marcas, la fuerza, el deterioro.

Mi papá tenía las uñas carcomidas por los años de trabajo en las chacras de La Pampa, en Áncash.

Cada tanto, regresaba del restaurante con una nueva quemadura en los brazos hecha con una tapa de olla caliente.

El cuerpo de mi mamá era grácil y suave, una silueta de charango que envidié desde muy niña.

Su belleza de chica que no sabe lo hermosa que es fue adquiriendo una tosquedad irremediable.

De esos días de trajín, me quedo con sus manos. De palmas diminutas y dedos que terminan en punta. Eran delicadas pero resistentes y además se sentían tibias. Unas manos curtidas en el trabajo doméstico. Esas son las manos que me inspiran confianza porque las siento familiares.

Perro Pequeño, el narrador de En la Tierra somos fugazmente grandiosos , del escritor Ocean Vuong, evoca de una forma hermosa las manos de su madre, una migrante vietnamita que trabaja como manicurista y se llamaba Rosa.

Dice que le en­señaron del trabajo tanto como de la pérdida.

«Tus manos son horrendas, y odio todo lo que ha hecho que hayan llegado a ser así».

Las compara con «dos peces parcialmente descamados».

Yo recuerdo mucho las manos de mi mamá acariciando mi cara, sus manos, ásperas y agrietadas por los productos de limpieza, repasando mi rostro tan diferente a su rostro de reina de belleza somnolienta.

Por años, tuvo una uña del anular como un acordeón.

Extraño esas manos rascando mi cabeza cuando comencé a enfermar por los mareos.

Sus manitas estiradas sobre la mesa, mientras yo le hacía una manicura que resistiría solo un par de días, pues es imposible conservar las uñas bien pintadas cuando trabajas en casas.

En cada uno de esos episodios de vértigo, me contenían sus manos nerviosas, impregnadas con el olor ácido y dulce del aderezo.